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Cultura

Argentina pone en valor a Fray Luis Bolaños, el marchenero que protegió y potenció la cultura indígena guaraní

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Este documental realizado por el Obispado de Zárate (Argentina) sigue el camino que realizó el marchenero Fray Luis Bolaños hace mas de 400 años.
Este franciscano fue un defensor de los aborígenes, creador de la grafía guaraní y fundador de Baradero, Argentina, entre muchos otros pueblos de Paraguay y Argentina. El documental se realizó con ocasión de los 400 años de la fundación del pueblo de Baradero y su parroquia, Santiago Apóstol con la colaboración de Marchena Secreta-Saber Mas en la cesión de imágenes del pueblo natal de Bolaños.
Actualmente se sigue proceso de beatifiación en Roma de Fray Juan Bernardo uno de los colaboradores directos de Bolaños.
Tanto Bolaños como Bernardo son conocidos y estimados por el Papa Francisco.

BOLAÑOS EN LA CULTURA POPULAR ARGENTINA

El Relato «Milagro» de Manuel Múgica Laínez cuenta el momento en que el marchenero Fray Luis de Bolaños recibe en Buenos Aires la noticia de que su compañero de juventud al que conocio en su etapa formativa en Espartinas, convento de Loreto, Francisco Solano, ha muerto.  De esta forma se muestra lo presente que está el fraile franciscano marchenero en la cultura popular.

Resultado de imagen de tumba fray luis de Bolaños

Además el 4 de junio se ha iniciado proceso de beatificación de Fray Juan Bernardo quien fue discípulo de fray Luis de Bolaños, creador de la grafía guaraní, fundador de Caazapá, protagonista del milagro del Ykua Bolaños”, entre otros.

El relato Milagro forma parte del libro Misteriosa Buenos Aires es una obra de ficción del escritor argentino Manuel Mujica Láinez compuesta por 42 relatos breves cuya acción está centrada en la ciudad de Buenos Aires, desde su primera fundación en 1536 hasta el año 1904. El libro fue llevado al cine en 1981.

Los cuentos de la colección pertenecen en su mayoría al género realista, aunque los hay también fantásticos y maravillosos. Se combinan en el libro personajes reales y ficticios en una prosa sumamente lírica y ornamentada, característica del autor. El cuento forma parte del espectáculo teatral “La cama china”, un tributo a Mujica Lainez”.

Manuel Mujica Lainez, como buen historiador, escribe sobre personajes reales.
San Francisco Solano, misionero franciscano, nació en Montilla (Córdoba- España), en 1549 y murió en Lima (como dice el cuento), en 1610. Catequizó Chile, Panamá, Argentina y especialmente Perú y fue canonizado en 1726. Fray Luis de Bolaños (su más fiel seguidor), está enterrado en la Iglesia de San Francisco en la esquina de Alsina y Defensa de la Ciudad de Buenos Aires.

Relato; MILAGRO -1610.  De Manuel Múgica Laínez.

El hermano portero abre los ojos, pero esta vez no es la claridad del alba la que, al deslizarse en su celda, pone fin a su corto sueño. Todavía falta una hora para el amanecer y en la ventana las estrellas no han palidecido aún. El anciano se revuelve en el lecho duro, inquieto. Aguza el oído y se percata de que lo que le ha despertado no es una luz sino una música que viene de la galería conventual. El hermano se frota los ojos y se llega a la puerta de su habitación. Todo calla, como si Buenos Aires fuera una ciudad sepultada bajo la arena hace siglos. Lo único que vive es esa música singular, dulcísima, que ondula dentro del convento franciscano de las Once Mil Vírgenes. El portero la reconoce o cree reconocerla, mas al punto comprende que se engaña. No, no puede ser el violín del Padre Francisco Solano.

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El Padre Solano está ahora en Lima, a más de setecientas leguas del Río de la Plata. ¡Y sin embargo…! El hermano hizo el viaje desde España en su compañía, veinte años atrás, y no ha olvidado el son de ese violín. Música de ángeles parecía, cuando el santo varón se sentaba a proa y acariciaba las cuerdas con el arco. Hubo marineros que aseguraron que los peces asomaban las fauces y las aletas, para escucharlo mejor, en la espuma del navío. Y uno contó que una noche había visto una sirena, una verdadera sirena con la cola de escamas y el cabello de líquenes negros, que escoltó por buen espacio a la flota, balanceándose en el oleaje a la cadencia del violín.

Pero esta música debe ser otra, porque el Padre Francisco Solano está en el Perú, y para bajar del Perú a Buenos Aires, en las tardas carretas, se necesita muchísimo tiempo. ¡Y sin embargo, sin embargo…! ¿Quién toca el violín así en esta ciudad? Ninguno. Ninguno sabe, como Solano, arrancar las notas que hacen suspirar y sonreír, que transportan el alma.

Los indios del Tucumán abandonaban las flechas, juntaban las manos y acudían a su reclamo milagroso. Y los jaguares de las selvas también, como esos tigres de las pinturas antiguas que van uncidos por guirnaldas a los carros triunfales. El hermano portero ha sido testigo de tales prodigios en San Miguel del Tucumán y en La Rioja, donde florece el naranjo plantado por el taumaturgo.

Es una música indefinible, muy simple, muy fácil, y que empero hace pensar en los instrumentos celestes y en los coros alineados alrededor del Trono divino. Va por el claustro del convento de Buenos Aires, aérea, como una brisa armoniosa, y el hermano portero la sigue, latiéndole el corazón.
En el patio donde se yergue el ciprés que cuida Fray Luis de Bolaños, el espectáculo de encantamiento detiene al hermano lego que se persigna. Ya avanza el mes de julio, pero el aire se embalsama con el olor y la tibieza primaverales. Todo el árbol está colmado de pájaros inmóviles, atentos.

El portero distingue la amarilla pechuga del benteveo y la roja del pecho colorado y el luto del tordo y las plumas grises de la calandria y la cresta del cardenal y la cola larga de la tijereta. Nunca ha habido tantos pájaros en el convento de las Once Mil Vírgenes. Los teros se han posado sobre un andamio, allí donde prosiguen las obras que Fray Martín Ignacio de Loyola, obispo del Paraguay y sobrino del santo, mandó hacer. Y hay horneros y carpinteros entre las vigas, y chorlos y churrinches y zorzales y picaflores y hasta un solemne búho. Escuchan el violín invisible, chispeantes los ojos redondos, quietas las alas. El ciprés semeja un árbol hechizado que diera pájaros por frutos.

La música gira por la galería y más allá el hermano topa con el perro y el gato del convento. Sin mover rabo ni oreja, como dos estatuas egipcias, velan a la entrada de la celda de Fray Luis de Bolaños. Cuelga entre los dos una araña que ha suspendido la labor de la tela para oír la melodía única. Y observa el hermano portero que las bestezuelas que a esa hora circulan por la soledad del claustro han quedado también como fascinadas, como detenidas en su andar por una orden superior. Ahí están los ratoncitos, los sapos doctorales, la lagartija, los insectos de caparazón pardo y verde, los gusanos luminosos y, en un rincón, como si la hubieran embalsamado para un museo, una vizcacha de los campos. Nada se agita, ni un élitro, ni una antena, ni un bigote.

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Apenas se sabe que viven por el ligero temblor de los buches, por un rápido guiño. El hermano portero se pellizca para verificar si está soñando. Pero no, no sueña. Y los acordes proceden de la celda de Fray Luis. El lego empuja la puerta y una nueva maravilla le pasma. Inunda el desnudo aposento un extraño clamor. En el medio, sobre el piso de tierra, se recorta la estera de esparto que sirve de lecho al franciscano. Fray Luis de Bolaños se halla en oración, arrobado, y lo estupendo es que no se apoya en el suelo sino flota sobre él, a varios palmos de altura. Su cordón de hilo de chahuar pende en el aire. Así le han visto en otras oportunidades los indios de sus reducciones de Itatí, de Baradero, de Caazapá, de Yaguarón. En torno, como una aureola de música, enroscan su anillo los sones del mismo violín.

El hermano portero cae de hinojos, la frente hundida entre las palmas. De repente cesa el escondido concierto.

Alza los ojos el hermano y advierte que Fray Luis está de pie a su lado y que le dice:

-El santo Padre Francisco Solano ha muerto hoy en el Convento de Jesús, en Lima. Recemos por él.

-Pater Noster… -murmura el lego.

El frío de julio se cuela ahora por la ventana de la celda.

Al callar el violín, el silencio que adormecía a Buenos Aires se rompe con el fragor de las carretas que atruenan la calle, con el tañido de las campanas, con el taconeo de las devotas que acuden a la primera misa muy rebozadas, con las voces de los esclavos que baldean los patios en la casa vecina. Los pájaros se han echado a volar. No regresarán al ciprés de Fray Luis hasta la primavera.

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Cultura

Cuando las costumbres francesas invadieron las ferias andaluzas

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Las ferias de finales del siglo XIX eran muy distintas a las de hoy. Al amanecer las ganaderías tomaban el real, los turistas buscaban a las Cigarreras y a las gitanas como algo exótico y las modas francesas desplazaban a los trajes andaluces. 

Grupo de mujeres en la Feria de Abril, Sevilla

La moda de Francia había invadido la moda y hasta el habla andaluza: «Oiga usted, señorita, ¿me hace usted el favor de cantar una petenera?. «Avec beaucoup de plaisir», dice la niña que habla muy mal francés y canta peor flamenco. «Donne moi un cigarrete».

Suena veces la guitarra pero va dominando el piano y aunque no están vedadas las malagueñas ni las sevillanas, suelen  oírse cuplets franceses en la feria de Sevilla según el relato de Más y Pratt.

Cinco mujeres y una niña en la Feria de Sevilla

Al alba del primer día de feria de Sevilla, el Prado de San Sebastián es tomado  por los ganaderos de Marchena, Écija, Lora, Carmona, Mairena, Morón, Estepa.

Los feriantes andaluces suelen llevar  a remolque sus familias, principalmente el tratante gitano. Las filas de carretas entran en El Prado produciendo un sonido original que procede de los crujidos de las llantas.

Los que llevan ganado boyar suelen ir al paso de sus carretas preparadas para la excursión con todos los aditamentos necesarios con toldos o tejidos de palma y bajo el tablón el cántaro de agua fresca.

Hilera de caballos y público en la Feria de Sevilla

Las caballerias llegan al Prado levantando nubes de polvo, la sangre del corcel andaluz se enciende con la fatiga y sus elásticas piernas se fortifican.

Se levantan tiendas provisionales, se amontona el ato de que forma parte la manta y la alforja, que han de servir de colchón y de almohada y se coloca en el lugar más seguro la bota de vino.

Caballos y grupos de hombres en la Feria de Sevilla

Los gitanos comienzam la tarea de los tratos, que para ellos es siempre fructuoso, corriendo como chispas eléctricas por todas partes con la faja mal compuesta, la chaquetilla arremangada, el pantalón a media pierna y el sombrero bailando sobre la coronilla.

Oiga usted excelencia, dicen a un señorito del pueblo con chaqueta de terciopelo. Tengo un tronco alazano que es el mismo que llevó al cielo el coche de San Elías.  El feriante le responde, que más bien parece propio de coche fúnebre de tercera clase, y se despide con un «que usted se alivie».

Explanada del Real de la Feria de Sevilla

Después de que se ha valido de todos los subterfugios imaginables para engañar al feriante, metiendo a los caballos agujas en la oreja para que se avispe,  saca de su petaca un cigarro y le dice con exquisita finura: por estas cruces de Dios se lleva usted el bicho mejor de la feria.

Jinete en la Feria de Sevilla

Los ingleses y franceses que vienen a Sevilla por feria quieren ver la Fábrica de Tabacos y la calle San Fernando cuando salen a bandadas como las golondrinas las cigarreras que dejan la faena muy temprano y se dirigen al Real luciendo sus mantones de manila y sus peines altos y enroscados sobre la coronilla. La Cigarrera no es gitana ni flamenca sino un compuesto de ambas.

Grupo ante una caseta en la Feria de Sevilla

Las tiendas aristocráticas aparecen cercadas de macetas de porcelana con musgos y begonias, con colgaduras de Damasco, cubiertas de alfombras, llenas de jardineras y espejos, y a la puerta de su sencilla balaustrada, butacas escaños y elegantes mecedoras donde dormitan los señores de clase media.

La alta sociedad sevillana estos días se permite usar la falda corta de raso y la calada peineta de concha, la mantilla de encaje y el corpiño ajustado de la flamenca, comen jamón dulce y pavo trufado, emparedados y pastas de vainilla y beben Jerez y manzanilla.

Pareja junto a una mesa en la Feria de Sevilla

Mas alla hay tascas de feria con carteles de vino y caracoles, menudo,  taberna, buñuelos y aguardiente. Alli se ven las hermosas gitanas de pura sangre. La flamenca, suele aparecer allí cantando por todo lo alto y ostentando todas las gracias de sus especies.

La gitana no se pone el pañuelo terciado con los flecos en la tierra sino que se envuelven el mantón y golpea las tablas haciéndoles crujir bajo sus plantas.

Dos mujeres en la Feria de Abril, Sevilla

En las buñolerías, estos gitanos apuran todo el caudal de su ingenio para formar adornos y pabellones, puede decirse que en el recinto se pone las bordadas enaguas de las gitanas y sus sábanas de novia al entrar.

Grupo en una caseta en Sevilla

Texto: Mas y Pratt en La Ilustración española y americana. 22/4/1888. Fotos: Salvador Azpiazu. 1890.

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Isabel Barrera, una vida entregada a los demás

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Dos paradenses adolescentes se encuentran en Sevilla en una zona de copas. Uno de ellos era nieto de Isabel Barrera. El otro al conocer este dato, se arrodilló ante él y le dijo que su abuela había ayudado mucho a su familia.

Isabelita Barrera Pastor (1926-2000) fue una vecina de Paradas que toda su vida la dedicó a ayudar a los demás de forma desinteresada por encima de banderas, ideologías y épocas y en 1999 recibió la medalla de plata al mérito del trabajo a petición del Ayuntamiento de Paradas, donde trabajó toda su vida como funcionaria. Dicho ayuntamiento aprobó rotular el nuevo edificio de Asuntos Sociales llevará el nombre de Isabel Barrera cuando se construya.

Era católica, devota de la Virgen del Carmen, predicaba con el ejemplo, y ayudada con la práctica. «Ella era muy cristiana y practicaba la caridad cristiana, pero luego tenía genio y carácter, era una persona honrada, sincera y justa y tenía una gran seguridad en sí misma.  Veía las cosas con mucha claridad y mucha justicia. Era una persona alegre y se venía abajo muy pocas veces» explica su hija Isabel Barrera.

Nació en una familia de labradores de Paradas. Su madre murió y por eso la criaron y la ayudaron las monjas Carmelitas de Paradas. Allí se educó y aprendió el ejemplo que más tarde seguiría en su vida, el de ayudar a los demás, algo que según su familia hizo durante toda su vida. También eligió morir en esta casa asilo a la que tanto quiso y tanto ayudó.

La medalla de plata al trabajo fue solicitada por el Alcalde Alfonso Muñoz-Repiso y a su insistencia durante una década.

Se casó con Eladio Rodríguez Suárez, Eladio el cartero y tuvieron cinco hijos estableciéndose en una casa de la calle Huertas, Carrera y finalmente Larga.

Pronto entró a trabajar como funcionaria en el Ayuntamiento de Paradas, primero como interina y luego con plaza fija después de superar las respectivas oposiciones y acabó ocupando la plaza de administrativa y secretaria del Alcalde. Un puesto que le permitía cierto poder y libertad de acción. Pronto se hizo indispensable para todo en el Ayuntamiento y numerosas personas acudían en su ayuda para pedirle  favores que ella accedía a cumplir de buen grado.

Todos los partidos e ideologías que han gobernado el municipio paradense la nombraron como responsable de asuntos sociales, desde la Falange al Partido Comunista pasando por el PSOE haciendo bueno el dicho de que una persona vale más que una bandera. Además fue responsable local de Cáritas y Cruz Roja y concejal de Asuntos Sociales por el PSOE tras su jubilación en 1992-93.

En el Ayuntamiento ayudaba a la gente que tenía un problema laboral o social, también ayudó con la tramitación de la documentación a montar cooperativas o la residencia de ancianos. Fuera del Ayuntamiento ayudaba desinteresadamente a las familias más necesitadas de varias formas incluyendo la entrega de dinero de su propio bolsillo.

«En la posguerra ayudó a mucha gente a salir de la miseria. Les arreglaba los papeles para solicitar pensiones no contributivas. Ella hablaba con el Alcalde y les ayudaba a solicitar las pensiones, etc» recuerda su hija Isabel Barrera.

Entre los casos de personas a las que ayudó está la familia de un cabrero apodado Faltriqueras que enfermó  y no tenía forma de sacar adelante a su mujer y dos hijos. Isabelita Barrera habló con el alcalde y el secretario y le concedieron un quiosco -quiosco Manolita- en la puerta del colegio Miguel Rueda en La Glorieta donde vendía chucherías y cervezas y así su viuda Manolita pudo sacar adelante a su familia.

Además de favores administrativos hacía favores personales en su casa. Ayudaba a gente económicamente con dinero que salía de su propio bolsillo algo que hizo hasta sus últimos días. Era famoso el hecho de que la gente que necesitaba su ayuda lo pedía a través del cierro de la ventana, una vez jubilada incluso cuando tenía sus facultades mentales mermadas.

A cambio su familia recibía en navidades todo tipo de regalos, principalmente comida y bebida en agradecimiento.

Ayudó a crear  gestionando la documentación e insistiendo ante las autoridades una cooperativa de costura industrial, además de muchas cooperativas.

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Cultura

Muere en Hollywood el bailaor marchenero Raul Martín

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La muerte en Holywood a los 92 años del bailaor flamenco marchenero Raúl Martín a la edad de 92 años pone fin a una vida de aventuras y amor por el flamenco que se inició en 1926.

Vivía en Hollywood desde hace 60 años donde se instaló después de recorrer América del Sur bailando flamenco.  Se despidió de su pueblo natal en 2014 cuando presentó su biografía escrita por el periodista Nicolás Salas hijo.

Salió de Marchena para instalarse en Sevilla con nueve años, en plena Guerra Civil y su carrera flamenca fue impulsada por grandes del flamenco marcheneros como Pepe Marchena y el guitarrista Melchor.

Se instaló con sus padres en la calle Reyes Católicos de Sevilla y con seis años pudo ver cómo un grupo de comunistas intentaron quemar su casa con gasolina, solo por tener dinero sus padres, según sus memorias.  Impactado, al día siguiente se apuntó a la Falange en la calle Rioja y toda su vida presumió de ser falangista. Además, bailó dos veces ante Franco. Pero además fue buen amigo de Rafael Alberti, conocido comunista.  Cuando llegó a EEUU apoyó y votó a Bush y abrazó la democracia y luego apoyó a Obama.

Comienza su carrera como bailarín en el teatro San Fernando de Sevilla en 1939 y luego pasa a Madrid, con la compañía de Manolo Caracol y Lola Flores en el teatro Maravillas, en 1943. En 1948 bailó para Francisco Franco en el Palacio del Pardo.  Franco le regaló un reloj de oro que más tarde empeñó para comprar un pasaje con destino a Buenos Aires.

En la capital argentina trabaja en el Teatro El Globo durante dos años. El mítico local bonaerense era frecuentado por artistas y famosos de la época: allí conoció a Ramón Sender y Rafael Alberti. En ese tiempo la mayor parte de los países Suramericanos estaban gobernados por dictadores y bailó frente a todos.  En 1951 se suma a la compañía de Carmen Amaya en Argentina y recorre toda Suramérica hasta llegar a Colombia, donde decide establecerse. Allí monta una escuela de flamenco, y una televisión le propone representar El Sombrero de Tres Picos.

Buscando compañera de baile se acerca a un ensayo del Ballet Nacional de Moscú en Bogotá. Allí conoce a Nora Álvarez, bailarina argentina de ascendencia española, que le impresionó y a la que convenció para que hiciera el papel de la molinera. Se hizo su pareja y luego su esposa y compañera de toda su vida.  En 1957, estando en Puerto Rico, se incorporó al ballet de Roberto Iglesias, recorriendo con él el continente americano durante 1958 y 1959.

Juntos se fueron a Miami donde bailaron en el tablao El Toreador en 1960. Justo al mes del debut, un empresario de Nueva York le ofreció un contrato de dos años para giras por todo el país. “Al finalizar el contrato decidió quedarse en Nueva York, donde nació su primera hija, Gabriela, en el 123 de la calle 44 esquina con Broadway.

En Los Ángeles, trabaja durante tres meses en  Casa Madrid como bailarín y, más tarde, de cocinero. Nace su segundo hijo, Alejandro, y decide comprar un viejo estudio de cine de la Paramount en Sunset Boulevard que convierte en su primer restaurante con ‘tablao’ flamenco que bautiza como El Cid porque se acababa de estrenar  la película de Charlton Heston quien asistió a la inauguración.

Los clientes eran estrellas de Hollywood como Gregory Peck, Lana Turner y Peter Ustinov. Solía ir a Mimi’s Pizza, regentada por un viejecito italiano que le convenció para que se la comprara.Tuvo que declarar ante el FBI porque el propietario del local era de la  banda de Al Capone.

Monta una fábrica de muebles, que vende al poco tiempo; abre un concesionario de coches al que llama Sevilla y en el que graba el nombre Marchena en todas las matrículas. En 1985 vende El Cid para vivir de las rentas; posee cinco mansiones en Hollywood. Nace Adriana y decide adoptar a una pequeña coreana.

Fue amigo de Marlon Brando, Peter Ustimov y Ava Gardner y trabajó para las grandes productoras de cine. El 28 de febrero de 2012 recibió la medalla de oro de Andalucía que otorga el Ayuntamiento de Marchena y el título de Marchenero del Año.

 

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Cultura

La ruta de Martínez Montañés por el centro de Sevilla

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El Archivo Histórico Provincial de Sevilla tiene localizados en sus depósitos más de 40 documentos sobre la vida y los trabajos del escultor  Juan Martínez Montalés, a quien Velázquez retrató hacia 1635 en la cúspide de su trayectoria trabajando en el modelado en cera de una cabeza del rey Felipe IV. No se puede descartar, sin embargo, que aparezcan otros en el futuro. «Es un artista muy estudiado, pero son millones las escrituras notariales que conservamos en nuestras dependencias. Es probable que algún investigador pueda hallar un día nuevos datos sobre él», explica la directora del centro, Amparo Alonso.

Retrato de Martínez Montañés ejecutado por Velázquez hacia 1635. (Foto: Museo del Prado)

Los documentos dan cuenta de la vida del artista de Alcalá la Real (Jaén) desde el 1 de enero de 1588, fecha del acta de su examen como escultor, hasta el 19 de abril de 1655, cuando ya su viuda, Catalina de Salcedo Sandoval, otorga por poder testamento y últimas voluntades. Entre una y otra fecha, los legajos contienen datos de compra y alquiler de inmuebles, de los contratos de aprendizajes de sus discípulos -incluido Juan de Mesa, el más brillante de la veintena que tuvo- y del encargo de obras, entre ellas el Cristo de la Clemencia -hoy, en la Sacristía de los Cálices de la Catedral hispalense- y el retablo mayor del monasterio de San Isidoro del Campo, en Santiponce.

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Precisamente, la carta de examen acredita la prueba de maestría a la que se sometió Montañés en Sevilla, donde recaló hacia 1582 tras pasar unos años en Granada alistado en el taller del imaginero Pablo de Rojas. Ante los maestros Gaspar del Águila y Miguel Ádan, el entonces aspirante tuvo que dar respuesta a «todas las preguntas y rrepreguntas necesarias a los dichos artes» y realizar dos pruebas prácticas: en el ámbito escultórico, se le obligó a que «hiziese obra de figuras una desnuda y otra bestida» y, en el campo arquitectónico, tuvo que hacer «planta y montea de un tabernáculo y el ensanblaje del según lo manda la hordenança y labrado de talla romano».

Una vez superadas las pruebas, al examinado le bastaba con pagar unos derechos e inscribirse en el libro de maestros para ejercer el oficio. Dicho libro permanecía al cuidado del alcalde del gremio, quien lo guardaba en un arca bajo tres llaves. Sin embargo, en busca de las máximas garantías, Montañés certificó el protocolo ante el Oficio Público, concretamente en la escribanía de Juan Bernal de Heredia. Con esta práctica, muy común en la época entre los nuevos maestros, el imaginero andaluz pretendía garantizarse el acceso a su nuevo estatus profesional. Este acta notarial fue hallado hacia 1928 por Celestino López.

Pero hay muchos más rastros de Montañés en el Archivo. Así, custodia el encargo de cuatro guanteros -vecinos en la calle Francos- de un «San Xhristoval con un Niño Jesús puesto en el honbro izquierdo del dicho santo…». En el momento de rubricar el contrato el 19 de agosto de 1597, el escultor tiene 29 años y, según sus condiciones, está obligado a emplear pino de la sierra jiennense de Segura y ahuecar las tallas por dentro con el doble propósito de que la madera no se abra y de que pesara menos a la hora de sacarlo en procesión. Asimismo debía estar terminado a comienzos de mayo del año entrante, requisito que cumplió al estrenarse el día del Corpus de 1598.

Unos años después, en 1603, realizó el Cristo de la Clemencia o de los Cálices por encargo del canónigo Mateo Vázquez de Leca. Su particular iconografía responde a las condiciones recogidas en el texto del contrato, donde se especifica que «el dicho Christo crucificado a de estar bibo, antes de auer espirado, con la cabeça inclinada sobre el lado derecho, murando a qualquiera perssona que estuviere orando a el pie de él, como que está el mismo Christo hablándole y como quexándose que aquello que padece es por lo que está orando, y assí a de tener los ojos y rostro con alguna seberidad y los ojos del todo abiertos».

Estatua dedicada al escultor en la plaza del Salvador de Sevilla.

Por el trabajo del tallado de la imagen, cuya policromía ejecutó Francisco Pacheco, el escultor declaró que aceptaba sólo trescientos ducados y dos cahíces de trigo, aunque en el contrato se valoraba en quinientos. El Cristo de la Clemencia permaneció en oratorio privado de Vázquez de Leca hasta 1614, cuando se deposita en el monasterio de Santa María de las Cuevas de Sevilla. Ya en el siglo XIX, a causa de la desamortización, la escultura fue trasladada al Real Alcázar hasta su definitiva ubicación en la Sacristía de los Cálices de la Catedral de Sevilla.

Por último, entre los documentos en torno a a Montañés, destaca el acuerdo de ejecución del retablo mayor del monasterio de San Isidoro del Campo, tarea que ocupó al maestro entre 1609 y 1613. Su arquitectura consta de banco, dos cuerpos y ático, con las entrecalles ocupadas por registros rectangulares en los que se ven relieves alusivos a la vida de Cristo, ocupando el ático un relieve de la Asunción. De estos relieves, los de la Natividad y la Epifanía están considerados como los mejores realizados por el escultor. La imagen del titular es un magnífico estudio del natural en el que reelabora el San Jerónimo que hiciera en barro Torrigiano en el primer tercio del siglo XVI.

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