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50 años de Nuevo día: cuando Lole y Manuel abrieron la ventana del flamenco

Hubo un instante —Sevilla, 1975— en que el aire cambió. En los tocadiscos de medio país empezó a girar una portada sobria, la mirada baja de Lole Montoya sobre un negro profundo, y sonó una voz distinta que abría el disco con una promesa: “El sol, joven y fuerte…”. Aquel Nuevo día no fue un título bonito: fue un parte meteorológico del arte jondo. Cincuenta años después, el debut de Lole y Manuel sigue siendo un umbral: un flamenco que respiraba poesía contemporánea, arreglos inesperados y una espiritualidad luminosa que no negaba la hondura, la afinaba. Es el disco que muchos señalan como piedra de toque del llamado Nuevo Flamenco.

LOLE y MANUEL   (Nuevo Día 1976)

No salió de la nada. Manuel Molina venía de encender mechas en Smash —uno de los gérmenes del rock andaluz— y Lole traía en la sangre la escuela de La Negra y Juan Montoya. Juntos encontraron un punto de equilibrio entre lo antiguo y lo por venir, con letras del poeta Juan Manuel Flores —muchas veces no acreditadas por decisión del propio autor— y un diseño de portada de Máximo Moreno que, visto hoy, parece una declaración estética: sobriedad frente al exceso. 

En lo musical, Nuevo día fue una caja de sorpresas para 1975: guitarra flamenca y eléctrica, bajo y teclados, y, por primera vez en una grabación flamenca, un mellotron que tiñe de atmósfera temas como “Un cuento para mi niño”. El sevillano Carlos Cárcamo, del grupo Granada, lo hizo sonar como un colchón de cuerdas que dialoga con la voz de Lole y el compás de Manuel. Aquel atrevimiento técnico y de arreglo —grabado bajo el paraguas de Movieplay-Serie Gong— ayudó a que el flamenco entrara, sin complejos, en los paisajes sonoros de su tiempo. 

Este disco también dejó una de las encrucijadas más hermosas de la música andaluza: “Todo es de color”, compartida ese mismo año con Triana pero con alma distinta en cada versión. En Lole y Manuel es plegaria y alegato fraterno (“que grite la flor y que se calle el cardo”), un himno que aún hoy vuelve cuando Andalucía necesita recordarse a sí misma. En términos estrictos, la letra y el enfoque cambian, y ahí está parte del milagro: una misma semilla y dos flores.

El impacto cultural fue inmediato. Crítica y público vieron algo nuevo sin ruptura impostada: bulerías que respiran, tangos que miran al barrio y una “Sevilla” convertida en metáfora de amor en “El río de mi Sevilla”. Con el tiempo, canciones de Nuevo día saltaron a la pantalla —de Deprisa, deprisa a la emotiva Carta a mi madre para mi hijo de Carla Simón, que recurre a “Un cuento para mi niño” como nana de la memoria— y el propio álbum ha merecido un documental de título homónimo emitido por Canal Sur, que reconstruye la figura iconoclasta de Manuel Molina y el alcance de esta obra. 

¿Quién produjo aquel sonido? La respuesta, como casi siempre en los discos legendarios, es coral. Nuevo día se publicó en la Serie Gong de Movieplay, con Gonzalo García-Pelayo como productor al frente del sello y protagonista del empuje de aquel “muro de sonido” jondo; junto a él, Ricardo Pachón, figura capital del Nuevo Flamenco, aparece en los créditos como asesor/dirección de producción y es citado de forma unánime por la historiografía musical como artesano decisivo del resultado. Dos miradas complementarias empujando la misma puerta. 

Cincuenta años después, Nuevo día no ha perdido filo. Su tracklist —de “Nuevo día” y “Tangos canasteros” a “Todo es de color” y “Por primera vez”— funciona como un pequeño tratado de estilo: compases reconocibles, palabras nuevas, arreglos que no se exhiben, sino que sostienen. Quizá por eso el disco envejece bien: porque no buscó epatar, sino decir con verdad. Y porque Lole canta como si levantara la persiana de una casa y dejara pasar la mañana.