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Agosto, el mes en que el olivar se juega su futuro: cuidar el árbol manteniendo viva la tierra

En el olivar de secano, las altas temperaturas y la ausencia de lluvias ponen a prueba las reservas acumuladas durante el invierno. La conservación de la humedad, la vigilancia de la aceituna y la protección del suelo resultan decisivas para llegar al otoño con posibilidades de obtener una cosecha de calidad

Agosto parece un mes inmóvil en el olivar. Bajo el sol, los árboles permanecen en silencio, las hierbas se han secado y la tierra se resquebraja. Sin embargo, en el interior del olivo continúa desarrollándose un proceso fundamental. La aceituna ya ha superado, por lo general, el endurecimiento del hueso y comienza a prepararse para una etapa decisiva: el crecimiento final del fruto y la acumulación de aceite.

En el olivar andaluz de secano, dependiente casi por completo de las lluvias, cada reserva de agua cuenta. Entre junio y septiembre, las precipitaciones no suelen cubrir las necesidades del cultivo. El árbol sobrevive entonces gracias a la humedad que el terreno logró almacenar durante el invierno y conservar durante la primavera. Por eso, aunque es importante conocer los entresijos del olivo, su fisiología, sus plagas y sus necesidades, lo verdaderamente fundamental es que la tierra permanezca sana.

El suelo no es un simple soporte sobre el que crecen las raíces. Es un organismo vivo, un depósito de agua y nutrientes y la primera defensa del cultivo frente al calor, la erosión y la pérdida de fertilidad. Cuando se degrada, se compacta o queda completamente desnudo, disminuye su capacidad para infiltrar y almacenar las lluvias. El problema no termina en agosto: se manifiesta también cuando llegan los primeros aguaceros otoñales y el agua, en lugar de penetrar, corre por la superficie llevándose la capa más fértil.

Conservar la última humedad

En agosto no se puede fabricar el agua que no ha llovido, pero sí evitar que se pierda más rápidamente. Los estudios técnicos recogidos por el Ministerio de Agricultura señalan que, durante el verano, los suelos protegidos por los restos de una cubierta vegetal pueden alcanzar temperaturas más bajas y reducir la evaporación. Después del verano, estas parcelas pueden conservar más humedad que aquellas sometidas a determinados sistemas de laboreo.

Esto no significa dejar crecer una cubierta viva sin control durante los meses secos. En un olivar de secano, una vegetación todavía activa puede competir con el árbol por el agua. La eficacia del sistema depende de que la cubierta haya sido manejada y segada en el momento adecuado, normalmente a finales del invierno o durante la primavera. Una vez seca, sus restos pueden permanecer sobre el terreno como una protección frente al sol y la erosión.

La experiencia agronómica demuestra que las cubiertas vegetales son compatibles con el olivar de secano, incluso en años secos, siempre que se elijan correctamente el tipo de cubierta, el sistema de siega y la fecha de manejo. No se trata, por tanto, de aplicar una receta idéntica a todas las fincas, sino de observar la pendiente, la profundidad del suelo, su textura, la pluviometría y el estado de cada plantación. Así lo recoge la documentación técnica sobre cubiertas vegetales y contenido de agua publicada por el Ministerio de Agricultura.

El peligro de remover una tierra exhausta

Las labores profundas durante agosto pueden acelerar la pérdida de humedad, alterar la estructura del suelo y dejar la superficie desprotegida ante las futuras tormentas. En pendientes, además, una tierra pulverizada queda más expuesta a ser arrastrada por la escorrentía.

El manejo debe orientarse a conservar la estructura, favorecer la infiltración y mantener el mayor contenido posible de materia orgánica. Los restos vegetales, cuando están sanos y correctamente gestionados, ayudan a amortiguar las temperaturas extremas y alimentan poco a poco la vida microbiana. Las raíces, los hongos, las bacterias y la fauna del suelo intervienen en la transformación de la materia orgánica y en la disponibilidad de nutrientes para el árbol.

El manual sobre suelo, riego, nutrición y medioambiente del olivar de la Junta de Andalucía insiste en que el manejo correcto de las cubiertas no tiene por qué reducir la producción y puede aportar beneficios agronómicos. La clave vuelve a estar en una gestión adaptada a cada parcela.

La aceituna comienza a decidir su rendimiento

Agosto constituye también la antesala del periodo en el que se intensifican el crecimiento del fruto y la formación de aceite. Si el árbol llega excesivamente debilitado, con pocas reservas y sometido a un estrés hídrico extremo, puede reducirse el tamaño de la aceituna y verse afectado su rendimiento graso.

El olivo posee una extraordinaria capacidad para resistir la sequía, pero resistencia no significa ausencia de daño. Ante la falta de agua, el árbol regula su actividad, reduce la transpiración y ralentiza determinados procesos. Puede sobrevivir, aunque no necesariamente producir en las mejores condiciones.

La documentación agronómica del Ministerio señala que el olivo vuelve a ser especialmente sensible al déficit hídrico al final del verano y durante el otoño, cuando aumenta el crecimiento de la aceituna y se intensifica la formación de aceite. De ahí que la salud del suelo y su capacidad para retener las escasas reservas disponibles resulten tan importantes.

Vigilar la mosca sin tratar a ciegas

El endurecimiento del hueso marca también el comienzo de una etapa de especial vigilancia frente a la mosca del olivo. La Red de Alerta e Información Fitosanitaria de Andalucía recomienda controlar su actividad mediante trampas alimenticias o de feromonas y observar directamente los frutos para comprobar si existen picaduras.

Las condiciones no son iguales en todas las zonas. Las temperaturas muy elevadas y la baja humedad pueden frenar la actividad de la mosca, mientras que los olivares más frescos, las zonas de sierra, las parcelas con riego o los periodos de moderación térmica pueden favorecerla. Por eso no resulta adecuado realizar tratamientos de manera automática ni basándose únicamente en el calendario. La decisión debe apoyarse en los muestreos, los umbrales establecidos y el asesoramiento técnico.

La plaga puede afectar tanto al rendimiento como a la calidad del aceite. En la aceituna destinada a mesa, la exigencia es aún mayor, porque un fruto picado puede quedar descartado. La información actualizada puede consultarse en la Red de Alerta e Información Fitosanitaria de Andalucía.

Agosto no es un mes para abandonar el campo

Cuidar el olivar durante agosto no significa necesariamente multiplicar las intervenciones. En muchas ocasiones consiste precisamente en no remover innecesariamente el suelo, no eliminar la protección vegetal seca, evitar el paso reiterado de maquinaria y observar con atención lo que está sucediendo.

Conviene revisar el estado de las aceitunas, detectar ramas secas o síntomas anómalos, comprobar la presencia de plagas mediante métodos de seguimiento y reconocer posibles zonas de erosión o compactación. Ese recorrido permite preparar las decisiones del otoño y comprender cómo está respondiendo cada parcela al verano.

Porque el olivar no empieza en la copa, sino bajo nuestros pies. Un árbol puede mostrar durante años una apariencia resistente mientras el suelo que lo sostiene va perdiendo materia orgánica, porosidad y capacidad de retención. Cuando esa degradación se hace visible, recuperarla requiere tiempo.

Agosto pone al descubierto esa realidad. Frente al calor y la sequedad, el olivo vive de lo que la tierra ha sido capaz de guardar. Proteger esa reserva, mantener la fertilidad y llegar al otoño con un suelo preparado para recibir la lluvia es una de las tareas más importantes del agricultor. La cosecha futura no depende únicamente de lo que cuelga de las ramas: comienza en una tierra sana, protegida y viva.