El capataz y cofrade marchenero abrió su corazón ante un templo de San Juan Bautista abarrotado, en un discurso conducido como una procesión imaginaria que recorrió todas las hermandades e imágenes de la localidad, con el recuerdo permanente de su madre fallecida como alma del pregón
Marchena vivió este domingo de Pasión un pregón que los presentes no olvidarán fácilmente. Alberto López Bermúdez, graduado social de profesión y capataz de la Hermandad de Nuestra Señora y Madre de la Soledad, pronunció el pregón oficial de la Semana Santa de Marchena 2026 ante la Iglesia Matriz de San Juan Bautista, abierta desde las 10:30 de la mañana y prácticamente llena cuando aún faltaba más de una hora para el inicio del acto.
El pregón, presentado por su amigo de infancia José Enrique Díaz Conejero, arrancó con la interpretación de la marcha Amarguras a cargo de la Banda de Música Castillo de la Mota, bajo la dirección de José Miguel Troncoso. Fue la primera vez desde 2012 que sonaba música en directo en el pregón de la Semana Santa de Marchena, y quizás la novedad más celebrada de la jornada. La elección de esa marcha, compuesta en 2007 por Víctor Manuel Ferrer Castillo y dedicada a la Virgen de la Amargura de Granada, no era caprichosa: el pregonero revelaría al final de su intervención que era la marcha favorita de su madre. Toda una declaración de intenciones.
El capataz que guió palabras en lugar de costaleros
Fiel a su naturaleza y a sus más de treinta años de vida cofrade, Alberto López construyó su pregón como si de una procesión real se tratara. Tomó el llamador que reposaba sobre el atril —el mismo instrumento con el que ha guiado durante años a los costaleros de su hermandad— y lo convirtió en la herramienta con la que fue marcando el ritmo de su discurso, intercalando chicotadas, levantadas y llamadas imaginarias entre cada uno de los bloques dedicados a las imágenes y hermandades de Marchena. No guiaba hombres bajo unas trabajaderas, sino palabras. Pero el estilo era el mismo: preciso, emotivo, con autoridad y con el corazón por delante.
Un recorrido por todas las hermandades
El pregonero inició su particular estación de penitencia con Nuestro Padre Jesús de la Paz, la imagen bajo cuyas trabajaderas fue costalero durante muchos años y a la que describió como su norte y refugio: «Señor de la paz, de quien fui tantos años tu guardián, eres mi norte, mi refugio y felicidad.» Pintó con detalle su andar racheado el Domingo de Ramos, el movimiento de sus costaleros en perfecta sintonía con la Banda de la Palma, y el momento en que los pies del paso tocan el suelo al llegar al dintel del templo.
Con una chicotada imaginaria se trasladó al Señor de la Humildad, al que definió como ese padre al que le contamos las penas bajito, entre el rasar de los costaleros y el sonido de las cadenas de los nazarenos. Reflexionó sobre su capacidad para transformar el dolor: «Sin darnos cuenta nos está cogiendo de la mano para enseñarnos a cada uno a caminar por la vida con el peso de nuestra propia cruz.»
Sorprendiendo al público, que esperaba quizás un recorrido más cronológico, el pregonero giró el guion para acercarse a continuación a la Virgen de la Palma, la virgen niña de San Agustín, a la que dedicó unos versos llenos de ternura: «Virgen niña de Marchena, solo con tu rostro por nuestra calle repartes júbilo.» Destacó la pureza de su rostro, el palio de malla que le tejieron los ángeles mercedarios para que el sol llegara directamente a su cara, y ese momento de la madrugada en que el sonido de sus bambalinas sustituye al canto de los pájaros.
En un fragmento de honda profundidad, reclamó un mayor protagonismo de los niños en la vida cofrade, pues «ellos no son el futuro, sino el presente de la Semana Santa de Marchena.»
Para hablar del Dulce Nombre de Jesús, el niño que sale cada Jueves Santo, recuperó la imagen de la infancia y la inocencia: ese niño que carga una cruz desde tan pequeño sin merecerlo y que representa a todos los que sufren injusticia en el mundo. Cada niño de Marchena, dijo, lleva en su interior al Dulce Nombre de Jesús.
Se detuvo solemnemente ante el Padre Jesús Nazareno, al que definió como el padre de Marchena, ese al que le confesamos las penas en voz baja. «El amor de un padre en Marchena tiene un color morado», proclamó, antes de describir la devoción que genera su besapié cada viernes santo, la centuria de personas que acuden a él en busca de salud, y la fuerza de sus nazarenos que saben pregonar el alma de Dios.
Fue también muy emotivo el pasaje dedicado al Santísimo Cristo de San Pedro, imagen ante la que confesó haber vivido una experiencia transformadora. Cuando la Hermandad de la Soledad tuvo que cambiar de sede provisionalmente por obras en el tejado, Alberto llevó el paso del Santo Entierro hasta aquel templo. Antes de pasar por el dintel, entró a rezarle: «Aquel semblante de dolor, ese cuerpo malherido y castigado que ya en un madero aparece muerto, hizo que mi interior se detuviera. Le recé un Padre Nuestro y me fui pensativo.» Desde entonces, dijo, este Cristo entró de lleno en su corazón.
Dedicó un fragmento de especial belleza a la Virgen de las Angustias, comparando su dolor de madre con el de todas las madres del mundo: «Te prometo abrazarte cada noche de viernes santo, porque nunca sabremos cuándo será el último abrazo que a una madre daremos.» Invitó a los marcheneros a no perder el tiempo, a dar a sus madres cada día el abrazo y el amor que merecen. «Virgen de las Angustias, aquí te entrego al mío, porque mi madre ya me mira desde tu balcón», dijo, en uno de los momentos más desgarradores de la tarde.
Rindió un homenaje muy personal a la Virgen de los Dolores, imagen de su barrio de Santa Clara. Recordó cómo siendo niños él y sus amigos dejaban el balón de fútbol cada martes santo para colarse en la capilla a colocar flores en el paso. Aquel primer año acabó en castigo porque sus padres los buscaron por todo el barrio sin saber que estaban en la iglesia. Al siguiente ya avisaron, y les dejaron subir a la escalera para poner los frisos de claveles blancos. «Aquello se convirtió en tradición. Sentíamos a ella como la madre de los niños del barrio.»
Para la Virgen de las Lágrimas, reina de San Miguel, evocó esa fotografía inmortal de una gota de lluvia cayendo sobre el rostro del Señor de Marchena, captada por el fotógrafo Antonio Calle. Las lágrimas de esta imagen y las de todas las madres de Marchena se fundieron en un instante de honda emoción.
Al llegar a la Virgen de la Esperanza, el pregonero utilizó una de las imágenes más poderosas de su discurso. Habló de los pasillos de hospital, de las salas de UCI donde solo se puede ver a los seres queridos unos minutos, de los padres que cargarían ellos mismos ese madero para que su hijo enfermo no lo sufriera. «En tus manos un mundo se encomienda cuando ya nada queda. Ya todo falta, menos tú.» Fue su marinero durante años, confesó, y bajo sus trabajaderas vivió emociones que nunca olvidará.
Con una solemnidad especial habló del Santísimo Cristo Yacente del Santo Entierro, aquel al que considera su privilegio haber guiado como capataz durante una década. «Marchena no entierra un hombre. Nosotros custodiamos la semilla de la resurrección.» Describió cómo, al tenerlo cerca, la mirada queda perpleja en su rostro, en su cuerpo, en sus heridas, y un temblor invade el alma. Fue mandando el paso de este Cristo la última vez que utilizó el martillo antes de despedirse de él, y fue ese mismo martillo el que llevó en la mano la tarde en que despidió a su madre.
El momento más esperado: Nuestra Señora y Madre de la Soledad
Si toda la tarde había sido emocionante, el tramo final del pregón dejó sin palabras a quienes llenaban las bancas de San Juan. Al llegar a Nuestra Señora y Madre de la Soledad, su titular más querida y la imagen de la que es capataz, Alberto López dejó el texto escrito y habló directamente desde el corazón. Lo que siguió fue un desahogo de amor, dolor y gratitud que muy pocos en la iglesia pudieron escuchar sin que se les quebrara la voz.
Confesó públicamente que tras la muerte de su madre hubo un tiempo en que fue incapaz de entrar en la capilla de la Soledad, que pasaba de largo, que en ocasiones fue su fiel compañero de cuadrilla Tilly quien tuvo que coger los mandos de la salida procesional cuando él no encontraba fuerzas. Reconoció haber estado enfadado con la Virgen. Y pidió perdón delante de su pueblo.
El vínculo entre su madre terrenal y la Madre celestial alcanzó su punto culminante cuando narró el día de la coronación de la Virgen, el 28 de septiembre de 2024. Planeado en muchos momentos desde la habitación de un hospital, aquel día llegó cargado de significado. La marcha que sonó fue, naturalmente, Amarguras, la favorita de su madre. Describió ese instante como algo mágico, en que sintió que su madre se posaba sobre él como una estrella. Y ya sin poder más, se dirigió a ella directamente:
«Mamá, has sido mi pregonera todos los días de mi vida. Solo espero, para despedirme de este atril, que mi voz haya sido tu alma y mis palabras tu orgullo, pues mi corazón y mi pregón serán siempre tuyos.»
Antes de ese desenlace, el pregonero también tuvo palabras para el Señor de la Veracruz, al que describió con el reloj detenido a su paso por el barrio de San Juan; para la Virgen de la Piedad, de luminosa mirada; y para el Señor de la Veracruz nuevamente, convirtiendo Marchena en el mismo Calvario cada Jueves Santo.
No olvidó tampoco el Domingo de Resurrección, tradición que reivindicó con fuerza: «Que no se pierdan las tradiciones que construyeron nuestros mayores. Marchena debe recoger ese testigo y dar vida a sus calles.» Defendió igualmente la pervivencia de las moleeras y el cante de los cantadores gitanos a la Virgen de la Soledad cada sábado santo, calificándolo como la bendición del costalero.

