En un ambiente de solemnidad y recogimiento, el Cristo de la Providencia ha salido hoy desde la iglesia de Santa Isabel, recorriendo por primeravez el corazón de la Semana Santa de Marchena: la calle San Francisco. Este cambio en el recorrido ha marcado un momento significativo, situando al Cristo de la Providencia en el epicentro de la devoción local a las puertas de la Esperanza, la puerta de lo eterno.
Al avanzar por la calle San Francisco, el Cristo de la Providencia, traído por niños y monjas franciscanas se encontró en un momento de introspección al pasar frente a la capilla de la Vera Cruz.
Hubo un instante de silencio y vacío en el interior de la capilla, como si el Cristo en la calle buscara reflejarse en la imagen del Cristo de la Vera Cruz, que aguardaba en el interior o tal vez quiso entrar dentro, pero no lo hizo. Sin embargo, el Cristo de la Providencia siguió su camino, dejando a la capilla en un respetuoso silencio, como si la propia capilla esperara un nuevo Viernes de Dolores y un Jueves Santo.
La calle San Francisco, con su antigua muralla, su convento de blanca espadaña y su anhelo de días grandes, se convirtió en el escenario perfecto para este Via Crucis. Además, la presencia de la fraternidad franciscana en la calle San Francisco, representada por el Cristo de la Providencia, que parte del colegio regentado por monjas franciscanas llegadas de Antequera hace un siglo, y el Cristo de la Vera Cruz, profundamente crucero y franciscano, añaden una capa más de significado a este acertado recorrido.
Este Via Crucis ha dejado una estampa imborrable, una conexión entre lo eterno y lo terrenal, entre el pasado y el presente, y un recordatorio de que la Esperanza y la fe siguen vivas en cada rincón de esta histórica calle.
Un cambio acertado de recorrido que ha traído a los jovenes franciscanos al corazón de su ser, la calle San Francisco, la calle de la Semana Santa de Marchena donde todo comenzó hace quinientos años. La calle de los silencios que hablan a la Esperanza.
La calle que viene del campo, que une presente y pasado, donde todo parece cercano y, sin embargo, aún no ha llegado. Un instante suspendido en el aire en el que el alma presiente algo que no termina de tocar. Parece que es la hora… y no lo es. Parece que todo está dispuesto… y aún falta lo esencial. Y en ese hueco, en esa espera, el corazón se ensancha.
Así camina el hombre cuando busca a Dios. Lo presiente en la luz que no termina de amanecer, en la voz que lo sobresalta sin decir palabra, en esa presencia que se acerca y se escapa al mismo tiempo. Como una aurora que no termina de romper, como una certeza que no se deja apresar, pero que llena el pulso de un latido nuevo.
Mañana será de nuevo viernes de Dolores, y solo ahora se entiende que no todo consiste en ver, sino en esperar. Que hay una verdad que no se posee, pero que se anuncia. Que hay una presencia que no se toca, pero que transforma.
Porque cuando el corazón ya late con ese latido… ¿qué será cuando por fin llegue?. ¿Qué será cuando la mirada encuentre lo que ha buscado sin saberlo?. ¿Qué será cuando la cruz deje de ser pregunta y se convierta en respuesta?
Estos niños de hoy serán los hombres de mañana, y tal vez entiendan al pasar por la Veracruz que hay quien busca a Dios en palabras, pero otros lo encuentran en el silencio centenario de un convento que fue y de un santo que fue hace setecientos años en Asis. Alli fue Francisco en el campo abierto, en la lluvia que cae sin ruido, en el viento que no se ve pero se siente. En lo sencillo. En lo que no necesita explicación.
En la Veracruz hay un Dios a la manera de Francisco, que no impone, que no castiga, que no grita. Un Dios que espera. Que corrige sin herir. Que levanta cuando uno cae.
Y así, paso a paso, el alma aprende que la fe no siempre es certeza, sino camino. Que no siempre es luz plena, sino claridad que se abre paso entre sombras. Por eso seguimos caminando y en eso consiste la verdadera Esperanza.
Porque aunque parezca que no llega, llega. Aunque parezca que no está, está. Aunque parezca que la perdemos, es entonces cuando más cerca tenemos a la Esperanza. Y cuando al fin se manifieste… cuando el rostro de Ella se haga presencia viva en la noche… cuando la cruz deje de ser símbolo y se vuelva encuentro… entonces todo lo esperado tendrá sentido. Y comprenderemos que nunca fue ausencia, sino Esperanza.


