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El calor extremo convierte los árboles de Marchena en una cuestión de salud pública

Marchena afronta el inicio del verano con un debate que ya no pertenece solo al paisaje urbano, sino a la salud, la sombra y la capacidad del municipio para adaptarse a un clima cada vez más duro.

La llegada en los próximos días de la primera ola de calor del verano de 2026 a España, con especial incidencia prevista en el valle del Guadalquivir, vuelve a colocar el arbolado urbano en el centro de la conversación local, después de años de denuncias por talas, podas severas y falta de reposición de árboles en distintas zonas del casco urbano.

La Agencia Estatal de Meteorología define una ola de calor como un episodio de al menos tres días consecutivos en los que una parte significativa de las estaciones analizadas supera sus umbrales de temperatura máxima. Ese criterio permite medir no solo los días de calor intenso, sino la duración, la extensión territorial y la anomalía térmica de cada episodio. Y la evolución de la última década deja poco margen a la duda: España y Andalucía no solo tiene más calor, sino olas de calor más largas, más extensas y más frecuentes.

Entre 2016 y 2025, la AEMET ha documentado una sucesión de veranos extremos. El año 2017 fue el que más olas de calor registró en la serie peninsular reciente, con cinco episodios. El verano de 2022 fue especialmente severo, con 41 días bajo ola de calor, el máximo de la serie histórica analizada por AEMET.

Le siguieron años como 2023, con 25 días, y 2025, que volvió a situarse entre los veranos más duros desde que hay registros modernos, con episodios prolongados que afectaron a la España peninsular, Baleares y Canarias. La lectura general coincide con el diagnóstico del Ministerio para la Transición Ecológica: las olas de calor son cada vez más intensas, prolongadas y recurrentes.

En Marchena, este contexto climático se cruza con un debate local que viene de lejos. Las fuentes consultadas permiten identificar al menos tres grandes episodios de denuncia pública o conflicto por tala de arbolado en los últimos años. El primero se produjo en torno a la ciclosenda y al entorno de la finca El Parque, entre 2020 y 2021, cuando colectivos vecinales y ecologistas denunciaron la eliminación de numerosos árboles y la amenaza sobre el eucalipto centenario de la carretera de los Poyetes.

Se denunció entonces que la tala de más de un centenar de árboles vinculada a la obra de la ciclosenda de la carretera de Los Poyetes no figuraba en la documentación enviada a la Junta, según la respuesta de Fomento, y que la administración promotora y responsable de la actuación era el Ayuntamiento de Marchena. Aquella controversia terminó con el corte del eucalipto centenario, y otros árboles de la zona pese a las propuestas de desvío o saneamiento planteadas como alternativa.

El segundo gran episodio documentado se produjo en 2023, cuando El Taller Verde reclamó la reposición inmediata del arbolado caído por los temporales  y pidió evitar podas abusivas. Esta denuncia no hablaba únicamente de árboles retirados, sino de una forma de gestionar el verde urbano que, según el colectivo, debilitaba ejemplares y reducía la sombra en un momento de aumento de las temperaturas.

El tercer caso llegó en febrero de 2024, con la barriada de San Ginés. El Taller Verde, integrado en Ecologistas en Acción, denunció la tala de casi medio centenar de árboles adultos por parte del Ayuntamiento. En su comunicado, el colectivo señaló que el 14 de febrero habían comenzado los trabajos sobre 38 árboles adultos, algunos podados y otros cortados desde la base, en calles que habían perdido ejemplares de más de veinte años.

En enero de 2026, El Taller Verde localizó 244 alcorques vacíos en el casco urbano de Marchena y reclamó al Ayuntamiento que ejecutara la moción de protección y fomento del arbolado aprobada por unanimidad en el Pleno. La moción asumía la necesidad de proteger los ejemplares existentes y aumentar las plantaciones, entendiendo los árboles como una infraestructura básica frente al cambio climático, las altas temperaturas y la mejora de la calidad de vida.

La cuestión de fondo es que, en una localidad de la Campiña sevillana, donde los veranos son largos y las calles acumulan calor durante el día y la noche, cada árbol adulto tiene un valor que no se puede medir solo por su coste de mantenimiento. Da sombra, enfría el pavimento, mejora la calidad del aire, reduce la radiación sobre peatones y viviendas, y ofrece refugio a aves y biodiversidad urbana. Cuando desaparece un árbol de veinte, treinta o cien años, no se sustituye de forma real plantando un ejemplar joven en otra calle. Se repone una intención, pero no la sombra perdida.

El debate local, por tanto, ya no consiste solo en saber si una tala concreta estaba justificada por seguridad, obra pública o enfermedad del ejemplar. La pregunta principal es otra: cuánta sombra puede permitirse perder Marchena en una década en la que las olas de calor se han convertido en uno de los principales riesgos climáticos para la población. Los datos estatales muestran una tendencia clara y las denuncias locales revelan que el arbolado urbano se ha convertido en un asunto de planificación, transparencia y salud pública.

Marchena dispone ahora de un punto de partida: una moción aprobada, un listado de alcorques vacíos, un colectivo ecologista activo desde hace décadas y una ciudadanía cada vez más consciente de que el árbol no es un adorno, sino una defensa cotidiana frente al calor. La cuestión pendiente es si esa conciencia se traducirá en una política municipal sostenida, con inventario actualizado, criterios técnicos de poda, protección de ejemplares maduros, reposición efectiva y plantaciones capaces de dar sombra real en las calles donde más falta hace.