Icono del sitio Marchena Noticias. Marchena Secreta. Marchena Turismo. El tiempo en Marchena. Sucesos Marchena. Turismo en Marhena. Marchena Noticias

El Corpus barroco de Marchena, cuando la villa entera se convertía en escenario

Hubo un tiempo en que el Corpus de Marchena era la gran fiesta del año. La calle se transformaba en escenario, la religión se mezclaba con la música, la danza, el teatro, los toros, la pólvora y la imaginación barroca. Participaban la Iglesia, el Ayuntamiento y la Casa Ducal, y la villa se preparaba como si todo el pueblo tuviera que representar, por un día, el triunfo de la fe sobre el desorden del mundo.

En las vísperas salía la Tarasca, una especie de dragón que simbolizaba el pecado vencido. En Marchena está documentada desde 1568 y salía acompañada por diablillos llamados mojarrillas, 

En 1603, Cristóbal Díaz hizo una de estas figuras. En 1667, el carpintero Francisco Martín cobró 600 reales por fabricar otra. Y en 1656 el sastre Hernando Padilla hizo los trajes de aquellos diablillos y mojarrillas que acompañaban al monstruo por las calles.

Pero el Corpus barroco de Marchena también se bailaba. El Ayuntamiento contrataba grupos de danzantes locales desde 1578. Había danzas de turcos, danzas de gitanos, danzas de cascabeles y danzas de mojarrillas. En torno a 1600 aparecen documentados maestros de danzas como Diego López, Bartolomé del Olmo, Urbano Benítez, Diego Fernández y Pedro de Aguilar.

También figuran maestros y danzantes gitanos como Sebastián García, Beltrán Bustamante, Diego Salguero, Francisco Heredia, Baltasar de los Reyes, Nicolás Montoya y María Parla. 

Se contrataban grupos de danzas, muchos de ellos gitanos, que cobraban parte de su salario en especies: vino, carne, zapatos y otros bienes. Las danzas más populares eran las de cascabel, acompañadas por guitarras, pandero, castañuelas, tamboril y flauta. También se citan danzas de espadas, chacona, morisca, zarabanda, danza del negrillo, danzas de gitanos y danzas de diablillos. La chacona fue una de las grandes danzas del siglo XVII; la zarabanda, muy popular entre el pueblo, llegó a ser perseguida por las autoridades por considerarse indecorosa.

Y junto a la danza, la música. En 1673 se pagaba a los ministriles de la Iglesia Mayor de San Juan para tocar en la noche de la víspera desde el balcón principal del Ayuntamiento, mientras se disparaban fuegos artificiales. Las luminarias encendían la ciudad con barriles y lebrillos llenos de pez y virutas, hachas de luz en las fachadas principales y plazas iluminadas. Aquella Marchena nocturna, barroca y devota, debía oler a cera, pólvora, madera caliente y calle recién preparada para la procesión.

El gasto municipal confirma la importancia de la fiesta. En el Corpus de 1667, el Ayuntamiento gastó 5.626 reales en trabajos relacionados con la celebración, según documentación del Archivo Municipal de Marchena, legajo 103. En esa partida se incluían el alquiler de vestidos para las danzas, la cera para los capitulares, el traslado de cera y ropas, y especialmente el pago a los grupos de danzantes. Solo el grupo de Nicolás de Montoya recibió 2.500 reales, la mayor cantidad de esa partida.

El Corpus también tenía toros. En 1656 ya está documentada en Marchena una corrida de toros vinculada al Corpus. Era tradicional contratar encierros de vacas, toros de cuerda, toros de fuego y toros enmaromados, que podían terminar en capeas improvisadas, con sacrificio de los animales y reparto o venta de carne. No hay que imaginar el Corpus barroco como una ceremonia silenciosa, sino como una fiesta total donde lo sagrado y lo popular convivían bajo las reglas de otra época.

Y había teatro. Marchena tuvo procesiones con carros alegóricos, una forma de teatro sobre ruedas en la que comediantes representaban escenas de las Sagradas Escrituras con un aparato escénico complejo. La calle era el escenario. El paso procesional, el carro, la música, el disfraz, el sermón visual y la fiesta pública formaban parte de una misma dramaturgia. Antes de que la modernidad separara la religión, el teatro, la música, los toros y la calle, el Corpus lo reunía todo.

Aquella fiesta fue desapareciendo poco a poco. En 1765, el rey prohibió en toda España los grupos de danzas, la Tarasca, los diablillos, las mojarrillas y los toros dentro del Corpus, al considerar que restaban devoción y seriedad a la celebración. Con esa prohibición se apagó una parte esencial del Barroco popular: la Marchena de los dragones simbólicos, los danzantes gitanos, los ministriles en el balcón del Ayuntamiento, los fuegos de víspera, los carros teatrales y los toros del Corpus