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El Llamador de Plata a Luis Carlos Pérez, homenaje a un cofrade de toda la vida

La entrega del Llamador de Plata 2026 a Luis Carlos Pérez Crespo cerró en la Sala Carrera una de esas tardes en las que Marchena no solo mira su Semana Santa, sino que se reconoce en ella. Tras el Pregón Juvenil de Ángel Núñez Verdugo, la tertulia cofrade El Llamador de Plata abrió la segunda parte del acto para homenajear a un cofrade cuya vida ha quedado íntimamente ligada a la Hermandad de la Borriquita y, por extensión, a varias décadas de trabajo callado en la Semana Santa marchenera.

La semblanza corrió a cargo de Rafael Pérez Becerra, elegido por el propio galardonado como presentador. Su intervención combinó humor, memoria y emoción, apartándose del tono solemne más rígido para construir una evocación cercana de la figura de Luis Carlos. Antes de entrar en el retrato biográfico, se recordó públicamente la razón esencial del reconocimiento: su vinculación continuada con la Borriquita desde prácticamente sus orígenes, su papel como capataz de los dos pasos, el de Nuestro Padre Jesús de la Paz y el de María Santísima de la Palma, sus años al frente de la corporación como hermano mayor y su participación activa tanto en juntas de gobierno como en el Consejo de Hermandades y Cofradías de Marchena.

La presentación dejó además una imagen muy nítida del perfil humano del homenajeado. Rafael Pérez lo retrató como un hombre serio, constante, de pocas palabras pero firme en sus compromisos, alguien para quien la hermandad no fue nunca una ocupación puntual, sino una forma de estar en el mundo. El relato se apoyó en una anécdota que sirvió de arranque a toda la semblanza: el momento en que Luis Carlos le comunicó, en mitad de una mañana lluviosa, que había sido designado Llamador de Plata 2026 y que quería que él fuese su presentador. Esa escena, contada con el coche como escenario improvisado, con Radio María sonando de fondo y con el tono entre confidencial y providencial que da la amistad verdadera, marcó el carácter de todo el homenaje.

A partir de ahí, la intervención fue reconstruyendo una biografía sentimental y cofrade. Según se recordó en el acto, Luis Carlos Pérez Crespo nació el 24 de noviembre de 1958 en la plazuela de Jesús. Aunque en su casa la tradición familiar estaba más vinculada a la Soledad, fue inscrito siendo apenas un recién nacido en la joven Hermandad de la Borriquita por su hermano Antonio, uno de sus fundadores, en aquellos años en que la corporación comenzaba a echar a andar y hacía falta “arrimar a todo el mundo”. La presentación insistió en ese detalle como símbolo de una pertenencia que no fue sobrevenida ni circunstancial, sino nacida con él.

La semblanza recordó también su formación en el entorno de San Agustín, su paso por los Padres Mercedarios, su primera comunión en ese ámbito y la huella que aquel espacio dejó en su vida. Más tarde llegarían los estudios fuera de Marchena, primero el COU en Zaragoza y después Ingeniería Industrial en Cádiz. Pero esa salida al exterior no debilitó el vínculo con su pueblo ni con su hermandad. Al contrario, el texto insistió varias veces en la fidelidad de Luis Carlos a Marchena incluso en los años de desplazamientos, estudios y responsabilidades.

Uno de los tramos más relevantes del homenaje fue el dedicado a su etapa de gobierno en la Borriquita. Rafael Pérez evocó, a través de recuerdos propios y testimonios de otros cofrades, que durante aquellos años se consolidaron elementos decisivos en la vida de la hermandad: la continuidad del palio, la ejecución de la candelería, la bendición de la capilla, el impulso del coro, la buena sintonía con los Mercedarios, la celebración del cincuentenario con salidas extraordinarias y actos señalados, así como un periodo de intensa vida interna en San Agustín. No se presentó, por tanto, a Luis Carlos solo como un cargo, sino como una pieza importante de un tiempo de crecimiento.

También aparecieron rasgos menos institucionales, pero muy reveladores. Se habló de su disposición permanente a servir donde hiciera falta, de su paso por la cruz de guía, de su etapa como capataz entre 1990 y 1993 y de nuevo en 1996, de su compromiso incluso cuando estudiaba fuera y llegaba justo para salir, y de su capacidad para formar familia sin desligarse jamás de la hermandad. Su mujer, Josefita, y sus hijos, Luis Carlos y Reyes, quedaron integrados en esa historia como parte inseparable de su vida cofrade.

El momento más cálido de la tarde llegó precisamente cuando la tertulia quiso hacer visible ese papel de la familia. Josefita fue llamada al escenario y recibió un ramo de flores como reconocimiento a esa otra parte silenciosa de toda trayectoria cofrade: la de quienes sostienen, comprenden y acompañan. No fue un gesto menor. La propia presentación subrayó que detrás de tantos años de entrega a la Semana Santa había también una casa que había sabido compartir esa pasión.

Cuando tomó la palabra, Luis Carlos Pérez respondió con la sobriedad de quien no quiso apropiarse del homenaje. Su discurso fue breve, pero muy elocuente. Dijo que aquel reconocimiento no era solo suyo, sino de muchas personas: de los Mercedarios, de todos los que formaron parte de sus juntas de gobierno, de los hermanos mayores con los que compartió años de trabajo y, de un modo especial, de los “sufridores”, es decir, de su mujer y sus hijos, a quienes quiso representar como símbolo de tantas familias que sostienen desde la sombra la Semana Santa de Marchena. Fue una intervención sin adornos, directa, en la que se reconocía mejor el temple del homenajeado que en cualquier elogio externo.