La Plaza Vieja acoge la segunda edición de un evento que crece en propuesta cultural y reúne a expositores de toda la comarca sevillana
Las murallas de Marchena olieron este viernes a cerveza de trigo, a hierbas de monte, a lana recién tejida y a miel antigua. Frente al arco de la Rosa, en la Plaza Vieja —llamada también Plaza Alvarado—, el mercado medieval encendió su segunda edición con una tarde de animación que la lluvia quiso interrumpir, aunque sin conseguirlo del todo.
La organizadora, Maica Martínez, explica que el evento nació de una demanda real de los propios vecinos, que echaban de menos los mercados medievales que antaño recorrían el casco histórico. «Hoy día eso es casi inviable porque es muy costoso», reconoce, «así que decidimos hacer un mercado de artesanía y aprovechamos la riqueza artesana que hay en Marchena para unirlo a lo medieval». El resultado, desde su primera edición, ha demostrado tener vida propia: puestos llenos, familias paseando entre telas y quesos, y una Plaza Vieja que recuperó por unas horas la temperatura de otros tiempos.
Los artesanos, protagonistas
A un lado del recinto, los puestos de Marchena. Al fondo, junto al arco de la Rosa, los de fuera. La geografía del mercado es también una declaración de intenciones: lo propio y lo foráneo conviviendo bajo el mismo cielo —gris, caprichoso, de abril.
Vanessa Segura trajo bollería y repostería casera, con una propuesta que se ha convertido en novedad de esta edición: una tarta de queso inspirada en la torta de manteca de miel, ese dulce tan de Marchena. «Le hemos hecho un almíbar de miel casero y la tortita de queso es supercremosa», cuenta con orgullo. Las palmeras, los crambers con chocolate y los croasanes con nata y fruta fresca completaban una oferta pensada también para quienes tienen que vigilar el azúcar.
El puesto de los dulces del convento de Santa María de Marchena congregaba a los más golosos: carne de membrillo, pasta, chulapillas —trocitos de dulce de almendra con azúcar glass—, empanadillas, bizcochos y las inevitables yemas de Santa Clara, esa bomba de huevo y azúcar que Marchena lleva perfeccionando siglos.
Enrique Carmona, responsable de la herboristería Piedra de Luna, en la calle Santa Clara, llevó al mercado velas de cera natural para peticiones, palo santo purificador y antorchas de salvia. «La salvia es la planta salvadora», explica, mientras hace sonar uno de sus cuencos tibetanos, cuyo eco se pierde entre los tambores que retumban de fondo. Naturópata de formación, Enrique lleva años viendo cómo Marchena se abre poco a poco a la medicina natural y la terapia holística.
Desde Ibros, un pequeño pueblo de la campiña de Jaén, llegó la familia de Plantacar con sus hierbas recolectadas en Cazorla, cuatro generaciones de oficio a sus espaldas. Para bajar los picos de azúcar, para equilibrar el sistema nervioso, para lo que el cuerpo pida.
Ismael Mena, ganadero y quesero de Morón de la Frontera, regresaba por segundo año consecutivo con sus quesos de cabra madurado: en manteca, en pimentón, en vino dulce y con corteza de romero, todo 100% natural, sin conservantes.
Justo al lado la almazara del Pinalejo, el aceite de Álvaro García, también de Morón, producido en una finca con pendientes de más del 26%, olivos centenarios de hasta cuatrocientos años y recolección a mano. «Quiero respetar un poco el patrimonio que tenemos», dice con la convicción de quien sabe que está haciendo algo que merece la pena.
Lola Roncel exhibía su telar artesanal de bajo lizo, una técnica que podría encontrarse en cualquier taller del siglo XV y que hoy sobrevive en apenas cinco talleres activos en toda Andalucía. Chales, bufandas, bolsos, piezas únicas en lino, lana, algodón y seda pura. «Es un oficio en peligro de extinción», advierte, «pero también es una forma de vida, una conciencia». Junto a ella, sus alumnas —amigas también— demostraban que el ganchillo y el punto gran pueden aprenderse a cualquier edad.
Alicia Ballestero, de Utrera, presentaba velas aromáticas de cera de soja y las llamadas wax melts, unas tabletas perfumadas de aroma intenso —caramelo, vainilla, fresa con nata, brisa marina— que cada vez encuentran más público.
Y desde Sevilla capital, del barrio de Triana, llegó Álvaro Sevilla con su colección de minerales y piedras semipreciosas: lapislázuli, aguamarina, turquesa, turmalinas, ámbar. El setenta por ciento de sus clientes, dice, le pregunta por las propiedades de cada piedra. «Les debe funcionar, porque me lo piden muchísimo».
Teresa Morales cerraba el recorrido con sus fofuchos y bolígrafos personalizados en goma eva: figuras para comuniones, bodas, bautizos y graduaciones, hechas a partir de fotografías enviadas por WhatsApp. Artesanía del siglo XXI, en definitiva, que no renuncia al trabajo manual.


