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El oficio de tinieblas y otros rituales perdidos de la Semana Santa

La liturgia romana de Semana Santa conserva todavía símbolos muy visibles, como el rojo del Domingo de Ramos, el morado penitencial o los crucifijos velados, pero a su alrededor han desaparecido o se han atenuado ceremonias que durante siglos marcaron el paso de la gloria a la Pasión.

Entre ellas figuran el golpe ritual a las puertas del templo en la procesión de Ramos, los oficios de Tinieblas con apagado progresivo de cirios o el uso de ornamentos penitenciales hoy casi desaparecidos. Documentos oficiales y estudios históricos permiten reconstruir ese lenguaje simbólico que ayudó a leer la Pasión de Cristo con los ojos, los colores y los gestos.

En el actual Misal Romano, el color rojo se usa en el Domingo de Ramos de la Pasión del Señor y en el Viernes Santo, mientras que el morado se reserva para la Cuaresma como color penitencial. Esa distinción cromática ayuda a entender la dramaturgia litúrgica de estos días: el rojo subraya a Cristo en su Pasión y en su realeza sufriente, mientras el morado remite al tono austero de preparación, penitencia y duelo que domina la Cuaresma.

Uno de los gestos que mejor resumía ese tránsito del triunfo al sacrificio fue el antiguo rito del Domingo de Ramos anterior a la reforma de 1955. En la procesión, al llegar a las puertas cerradas de la iglesia, se cantaba el Gloria laus et honor y el subdiácono golpeaba el portal con el asta de la cruz procesional antes de que se abriera. Diversas fuentes litúrgicas describen este gesto como una representación del acceso de Cristo, Rey victorioso, a la Jerusalén terrena y celestial. La reforma de Pío XII simplificó esa ceremonia y eliminó ese momento de gran fuerza simbólica.

Otro de los signos que sigue vivo, aunque de manera opcional, es el velo sobre cruces e imágenes. El Misal y la instrucción Paschalis Sollemnitatis permiten cubrirlas desde el quinto domingo de Cuaresma: las cruces permanecen veladas hasta el final de la celebración de la Pasión del Señor el Viernes Santo, y las imágenes hasta el comienzo de la Vigilia Pascual. El sentido es doble: intensificar la sobriedad de la Pasión y preparar visualmente el descubrimiento progresivo del misterio pascual.

El velo morado que cubre crucifijos e imágenes —especialmente desde el quinto domingo de Cuaresma— introduce un cambio radical en el aspecto de los templos. No se trata de un elemento decorativo, sino de un recurso simbólico que oculta lo sagrado para acentuar su posterior revelación en la Pascua.

Aún más intenso son los antiguos oficios de Tinieblas, una de las ceremonias más impresionantes de la Semana Santa occidental. La tradición describía el apagado gradual de cirios durante maitines y laudes de los últimos días de la semana, hasta dejar casi toda la iglesia en oscuridad. Al final llegaba el strepitus, el estruendo que evocaba la conmoción de la muerte de Cristo. Aunque hoy sobreviven celebraciones inspiradas en ese modelo, el antiguo esquema romano dejó de ocupar el lugar central que tuvo durante siglos.

El rito se desarrollaba en la tarde o noche del Miércoles, Jueves y Viernes Santo, aunque litúrgicamente correspondía a los días siguientes. En el altar se disponía un candelabro triangular, conocido como tenebrario, con quince velas encendidas. A medida que avanzaba el rezo de los salmos y las lecturas, cada una de estas luces se iba apagando, sumiendo progresivamente el templo en la oscuridad.

El simbolismo era directo: la desaparición de la luz representaba el abandono de Cristo por sus discípulos y la entrada del mundo en las tinieblas de la Pasión. Solo permanecía encendida la vela superior, símbolo de Cristo, que al final se ocultaba sin apagarse, indicando que la luz no se extingue definitivamente, sino que queda velada.

El momento culminante llegaba con el llamado strepitus, un estruendo producido en el templo que evocaba el temblor de la tierra tras la muerte de Jesús. Con la iglesia casi a oscuras, el silencio posterior reforzaba la sensación de vacío y duelo.

Este rito, documentado en la tradición litúrgica romana durante siglos, perdió protagonismo tras las reformas del siglo XX, aunque en algunos templos y comunidades se sigue celebrando de forma parcial. Su fuerza visual y simbólica lo convirtió en una de las expresiones más intensas del tránsito de la luz a la oscuridad en la liturgia cristiana.

El uso de la carraca, instrumento de madera que sustituía a las campanas en los días centrales de la Semana Santa, fue durante siglos una práctica habitual en la liturgia cristiana. Su empleo, especialmente entre el Jueves y el Sábado Santo, simbolizaba el luto por la muerte de Cristo, aunque su uso se redujo tras las reformas litúrgicas del siglo XX.

La carraca —también conocida como matraca— se utilizaba tradicionalmente a partir del Gloria del Jueves Santo. En ese momento, las campanas dejaban de sonar en señal de duelo, y eran sustituidas por este instrumento de sonido seco y repetitivo, empleado para convocar a los fieles a los oficios.

Su uso se extendía durante el Viernes Santo y el Sábado Santo, marcando un tiempo litúrgico caracterizado por la ausencia de música festiva y por la sobriedad extrema. El sonido áspero de la carraca evocaba el ambiente de la Pasión y la muerte de Cristo, reforzando el carácter penitencial de estos días.

El texto del Lunes Santo gira en torno a una escena muy concreta del Evangelio: Jesús en Betania, en casa de Lázaro. Allí, María (su hermana) hace algo que, a simple vista, parece exagerado: rompe un perfume carísimo (nardo), unge los pies de Jesús y los seca con su cabello. Judas dice algo que suena razonable: “Ese perfume se podría haber vendido y dar el dinero a los pobres”. Jesús defiende a María y dice algo muy fuerte: “Déjala, lo tenía guardado para el día de mi sepultura”.  Ese gesto es una anticipación de la muerte de Cristo.

Los Evangelios del Lunes y Martes Santo, centrados en la unción de Betania y el anuncio de la traición de Judas, continúan reflejándose en la simbología de las hermandades, que trasladan estos pasajes a través del incienso, la estética y el tono progresivamente sobrio de la Semana Santa.

El gesto de María al ungir con nardo los pies de Cristo ha encontrado su continuidad simbólica en el uso del incienso y en la riqueza ornamental de los pasos procesionales. Ambos elementos expresan la idea de una entrega sin medida, donde lo valioso se ofrece a Dios como acto de adoración, manteniendo vivo el sentido de la ofrenda que recoge el Evangelio.