La tarde del Jueves Santo se abrió en Marchena con esa luz limpia que sólo tienen los días grandes, cuando el pueblo parece salir entero a la calle y el azul del cielo cae de lleno sobre la plaza del Dulce Nombre. Allí, en el corazón de San Sebastián, la Hermandad del Dulce Nombre volvió a poner en movimiento una de las escenas más reconocibles de la Semana Santa marchenera.
No era una tarde cualquiera. Era uno de esos jueves que la memoria popular insiste en decir que lucen más que el sol, y esta vez no era sólo un dicho. La luz llenó desde primera hora un ambiente de pueblo encendido, con los templos abiertos durante la mañana, las visitas a los pasos ya montados y ese ir y venir de vecinos que convierten el Jueves Santo en una liturgia que comienza mucho antes de la primera levantá.
Desde la parroquia de San Sebastián comenzó a asomar, poco a poco, una cofradía en claro crecimiento. No es una impresión vaga. Era el peso visible de los tramos, el movimiento continuo dentro del templo, la sensación de que aún quedaban nazarenos por salir cuando el cortejo ya se derramaba por la plaza. El incremento del 16% en el número de nazarenos respecto al año anterior, no es una cifra fría, sino una evidencia hecha túnica crema y antifaz burdeos, hecha infancia, familias y relevo generacional.
El primer gran latido de la tarde lo puso el Dulce Nombre de Jesús. Salió buscando la puerta con esa mezcla de precisión y temblor que tienen las primeras chicotás. La Agrupación Musical Dulce Nombre de Jesús le puso sonido a ese instante con una secuencia de marchas que dio a la salida un aire de ceremonia mayor, enlazando los compases con el himno y con ese pulso propio que en Marchena ya es sinónimo de Jueves Santo.
La Guardia Romana, reorganizada y visible ya desde la plaza, añadió al conjunto una estampa de especial fuerza visual. Este año la formación romana aguardó en la propia plaza por falta de espacio dentro del templo, un detalle que también se interpretó como signo del crecimiento de la corporación.
Había, además, novedades en el paso del Niño. La nueva disposición de los candelabros para realzar mejor la imagen y acercar la luz a la altura de la piña barroca, una de las piezas más singulares del conjunto. Y un exorno floral, alejado de los tonos más clásicos de otros años para adentrarse en una gama de rosas, malvas y matices suaves que daban al paso una delicadeza distinta. No era un simple cambio ornamental. Era una manera de decir que la hermandad también se piensa a sí misma en los detalles, que cuida cómo quiere ser mirada en la calle.
Pero si algo definió esta salida fue la presencia de los niños. Pocas hermandades muestran con tanta claridad su cantera como el Dulce Nombre, que nació en el siglo XVI como la hermandad de los niños. Ahí estaba, quizá, una de las claves profundas de la tarde. No sólo salía una cofradía. Salía una manera de transmitir la Semana Santa de abuelos a nietos, de padres a hijos, de ir enseñando el compás, la espera y la fe desde la infancia.
Luego llegó la Virgen. Y la tarde cambió de registro sin perder intensidad. María Santísima de la Piedad fue avanzando desde el interior de San Sebastián con ese tono íntimo que precede a los grandes momentos. Antes de alcanzar la puerta, dejó una de las estampas más delicadas de la noche al girarse hacia la capilla y rezarse un Ave María ante la Virgen de los Desamparados y el monumento sacramental montado por la propia hermandad.
Cuando la Piedad cruzó el dintel, la plaza ya no era sólo una plaza. Era un espejo encendido con una petalada caída sobre la Virgen mientras sonaba Reina del Jueves Santo, y ya no era el sol quien más lucía aquella tarde. Era ella. La Virgen apareció magníficamente vestida, fiel a esa línea romántica que la hermandad viene trabajando desde hace años en el paso de palio, con flores de cera, una estética cada vez más reconocible y ya asumida en el paisaje cofrade local como una propuesta con personalidad propia.
Destacó el debut de Jesús Osuna como primer capataz de la Virgen, en una salida marcada por levantás recias, al cielo, de esas que hacen crujir las bambalinas y levantar la respiración de la gente. Junto a ello, la cobertura recordó el vínculo ya consolidado de la Banda Villa de Marchena con la cofradía, una relación de más de una década que volvió a sentirse en los compases que acompañaron la salida y la revirá hacia Orgaz.
Y así fue tomando forma el Jueves Santo en el barrio de San Sebastián: entre el bullicio de la plaza, las órdenes de los capataces, la música enlazada con la emoción y un pueblo entero asomado a sus aceras. Las calles estaban llenas: la noche prometía seguir larga y Marchena, lejos de sentir que la Semana Santa se acababa, asumía que en realidad empezaba entonces su tramo más intenso.
Lo que quedó tras esta primera gran salida del Jueves Santo fue una impresión nítida: la Hermandad del Dulce Nombre atraviesa un momento de fuerza, de crecimiento y de clara afirmación estética y devocional. Crece en nazarenos, en presencia infantil, en pulso de calle y en conciencia de sí misma. Y mientras el Niño abría la tarde y la Piedad la volvía más honda, Marchena volvió a reconocerse en uno de esos ritos que se repiten desde hace casi cinco siglos.


