Ayer salí del cine Panelles con la sensación de haber asistido a una obra monumental, como si una ola de realidad, de poesía y de belleza me acabase de atravesar. Y utilizo la palabra monumental sin miedo, aun sabiendo que los monumentos van más allá del tiempo. Monumental no por sus dimensiones, ni por sus nombres, ni siquiera por la ambición evidente de Javier Calvo y Javier Ambrossi. Monumental porque hay obras que trascienden su tiempo, como sin duda será ésta.
Creo que habrá que verla al margen, incluso, de las consideraciones ideológicas que inevitablemente provocará. Se podrá estar más cerca o más lejos de su mirada sobre nuestra historia, discutir sus decisiones, sus excesos o sus símbolos. Pero reducir La bola negra a una película ideológica sería empobrecerla. Porque antes que ninguna otra cosa es belleza y poesía.
Cine como materia visual. Como música. Como cuerpos iluminados en mitad de la oscuridad. Como belleza que aparece precisamente donde no debería quedar belleza alguna. La pelicula empieza con brutales escenas de guerra. Transmite el miedo y la angustia de las cárceles y de los muertos que aparecen en primer plano, muertos tan reales que nos obligan a desviar la mirada. Hay una verosimilitud tan evidente que nos obliga a cuestionar nuestra mirada sobre la realidad.
Pero también hay amor, y a veces una mirada —da igual con qué forma, con qué cuerpos o con qué connotaciones— una mirada de amor basta, una mirada para derrotar durante unos segundos a toda una era de odios y enfrentamientos que pasaron y volverán.
Federico García Lorca dejó sin terminar una obra titulada La bola negra. Apenas cuatro páginas sobreviven de aquel proyecto. Los directores, junto al dramaturgo Alberto Conejero, han tomado ese hueco y han puesto lo demás.
No para terminar a Lorca, algo que sería imposible, sino para preguntarse qué ocurre con las historias que alguien no pudo terminar. Qué pasa con los poemas que quedan en un cajón. Con las cartas que nadie entrega. Con los hombres que no pudieron decir a quién amaban. Con las vidas interrumpidas.
Un preso guarda en su bolsillo un poema. Un carcelero vigila su celda. Fuera continúa una guerra empeñada en decidir quién puede vivir, quién puede hablar, quién puede amar y hasta quién puede ser. El carcelero arrastra además su propia contradicción. Procede de un mundo que quedó al otro lado del frente, pero ha aprendido a disfrazarse para sobrevivir. La guerra convierte a los hombres en papeles que deben interpretar para no morir. Uno aparenta ser quien no es. Otro espera una muerte que sabe cercana. Y entre ambos aparece algo que ningún ejército sabe administrar. La ternura.
Hay en La bola negra una pregunta que no deja de regresar: ¿qué habría sucedido con todas aquellas vidas si no hubiese existido la guerra?. Futuros asesinados, libros no escritos. Obras de teatro que no llegaron a estrenarse. Amores que nunca pudieron pasear tranquilamente por una calle. La guerra no mata únicamente hombres. Mata posibilidades.
Quizá por eso una frase pronunciada en la película se queda flotando mucho después de terminar la escena: el travestismo es la fantasía de la posibilidad; la guerra, exactamente lo contrario. Pocas definiciones más hermosas podrían encontrarse. Porque vestirse de otro, imaginarse otro, representarse de otra manera significa admitir que podemos ser muchas cosas. La guerra, en cambio, obliga a ser solo una. Amigo o enemigo. Rojo o franquista. Hombre o mujer. Bola blanca o bola negra.
Penélope Cruz aparece convertida en una vedette que entretiene a las tropas, pero su personaje no queda reducido al artificio del espectáculo. En medio del desastre representa precisamente aquello que la guerra intenta destruir: el deseo de vivir. Bailar cuando todo se hunde. Ponerse unos zapatos aunque sean los zapatos de una muerta. Seguir imaginando Madrid.
Lo que unos solamente pudieron imaginar, otros intentan vivirlo décadas después. El tiempo cambia los escenarios, pero algunas heridas viajan de generación en generación. Hay un abuelo fusilado, que conoció a Lorca y se enamoró de él y que que se atrevió a vivir con valentía. El nieto es escritor de teatro.
Antes de morir, Rafael Rodríguez Rapún deja una petición que atraviesa la película como una corriente subterránea: que aquellos textos lleguen algún día a su destino, que la obra pueda sobrevivir a quienes quisieron destruir a su autor.
Publicar lo que quedó escrito. Terminar simbólicamente aquello que las balas dejaron sin terminar.
Dar sentido a la muerte evitando la segunda muerte, que es el olvido. Si los hombres son memoria de un pasado cierto, qué mejor manera de salvarlos que contar su historia. Si quieren que algo muera, déjenlo quieto. Por eso andamos siempre a vueltas con los recuerdos. Un manuscrito escondido. Un nombre pronunciado muchos años después.
Parece poco. Pero quizá toda nuestra civilización se sostiene precisamente sobre esas pequeñas cosas que alguien decidió guardar.
Ahí está quizá uno de los grandes logros de La bola negra: conseguir que una historia profundamente vinculada a la experiencia homosexual termine hablando de algo reconocible para cualquiera.
Conviene dejarse llevar por sus imágenes, por sus silencios, por la música, por el rostro de los actores y por esa sensación extraña de que estamos contemplando constantemente dos tiempos a la vez: el pasado que pudo haber sido y el presente construido sobre aquellas vidas que no pudieron ser. La guerra quiso colocar una bola negra dentro de la urna.
El cine acaba de devolverla convertida en luz.
Si después de todo eso piensan que se trata de propaganda comunista y mariconeo, no vayan a verla. Sigan alimentando así el odio y la irracionalidad en vez de la belleza y el amor. Pero no se quejen de que a alguno de sus hijos le saquen una bola negra en el futuro.