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La corte renacentista de los Ponce de León: un foco de humanismo en Marchena, Arcos y Rota

 Marchena fue durante el siglo XV y buena parte del XVI algo más que una villa señorial. Fue corte y foco de poder militar y político, sí, pero también de cultura, poesía y espiritualidad renovada, una plataforma privilegiada del Renacimiento andaluz, donde confluyeron soldados de la guerra de Granada, poetas humanistas y músicos. La muerte del humanista italiano Antonio Geraldini en Marchena en 1488 no fue una anécdota aislada, sino la muestra del refinado círculo intelectual que por entonces respiraba entre los muros del Palacio Ducal.

El esplendor de esta corte se vivió bajo el largo influjo de Rodrigo Ponce de León (1443–1492). Desde aquí salieron campañas hacia Zhara y Alhama (1482), Axarquía (1483), Sierra de Cádiz y Ronda (1483–85), Vélez y Málaga (1487), hasta culminar en Granada en 1492.  En 1485, los Reyes Católicos visitaron el Palacio Ducal de Marchena procedentes de Rota, en un gesto de reconciliación entre las casas enfrentadas de Ponce y Guzmán en Sevilla. 

Ese ambiente cultísimo y vibrante no se detendría con la muerte de Rodrigo. Al contrario, sus descendientes —Luis Cristóbal Ponce de León (1528–1573), embajador en Francia y capitán de la Armada de Flandes, y Rodrigo III, virrey de Valencia y Nápoles (1545–1630)— mantuvieron y proyectaron el prestigio de la familia más allá de Andalucía, consolidando su cercanía con Carlos V y Felipe II. Fue entonces cuando floreció una de las figuras poéticas más notables del Siglo XVI: Juan de Quirós, también conocido como Juan de Rota.

Un poeta entre duques y salmos: Juan de Quirós

Nacido en Rota hacia 1487, Juan de Quirós fue mucho más que un clérigo culto. Fue el poeta más célebre de su tiempo en Sevilla, según testimonio de su discípulo Benito Arias Montano. Cura del Sagrario de la Catedral hispalense desde 1546 hasta su muerte en 1562, supo convertir su púlpito en una trinchera del humanismo cristiano.

Fue maestro del propio Arias Montano —políglota, teólogo, editor de la Biblia Regia y figura clave de la Contrarreforma—, quien recordaba cómo su maestro recitaba los Salmos con sobrecogedora belleza y le transmitió una visión íntima y devocional del cristianismo.

Arias Montano fue, de hecho, el principal transmisor del legado de Quirós. Nos conservó seis versos en latín de dos poemas heroicos hoy perdidos, pero fundamentales para entender su talla: uno dedicado a Pedro Ponce de León, célebre caballero de la lanza y hermano del primer duque de Arcos, y otro compuesto con ocasión de la llegada a Sevilla en 1550 de Pedro de la Gasca, tras su victoria sobre Gonzalo Pizarro en Perú. En ese mismo año, Quirós apadrinó a una hija del médico Nicolás Monardes, otro miembro insigne del círculo sevillano.

Fue también un intelectual conectado con las corrientes reformadoras del cristianismo: se le vincula con figuras como el cardenal Bartolomé de Carranza y el doctor Constantino Ponce de la Fuente, reformistas afines a la espiritualidad paulina y evangélica que buscaban renovar la Iglesia desde dentro, y que tuvo que defender su propia obra ante el Santo Oficio.

La Cristopatía, primera epopeya renacentista castellana

Pero la cima literaria de Juan de Quirós fue sin duda su obra Cristopatía, escrita en 1547 y considerada la primera epopeya renacentista compuesta en castellano. Esta obra monumental, en línea con la devotio moderna, esa corriente que predicaba una religiosidad afectiva, interior y alejada de los formalismos vacíos.

Polidoro Virgilio y Francisco de Támara.

En plena Reforma y Contrarreforma, un humanista italiano Polidoro Virgilio, nacido en Urbino hacia 1470, escribió una de las obras de erudición más influyentes del Renacimiento: De rerum inventoribus, un vasto compendio sobre los orígenes de las cosas, desde el fuego hasta la Iglesia, desde el calendario hasta la pólvora. Y aunque Polidoro jamás pisó suelo andaluz, su legado terminó vinculado, de forma inesperada, a la casa ducal de Arcos, con sede en Marchena, gracias a un traductor gaditano olvidado por siglos: Francisco de Támara.

Támara, catedrático en Cádiz y hombre de letras, tradujo al castellano el De rerum inventoribus y logró que su versión viera la luz en Amberes en 1550, uno de los grandes centros editoriales de Europa. Pero lo más significativo fue a quién decidió dedicar su traducción: a don Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos y capitán general de la Armada de Flandes.

Diego López de Cortegana, nacido en 1455 en Huelva, fue canónigo de Sevilla, capellán de Isabel la Católica y fiscal de la Inquisición. Más tarde abrazó el humanismo, influido por Erasmo. En 1513 tradujo El asno de oro de Apuleyo, marcando un hito en la novela picaresca. En 1520 publicó traducciones de obras de Erasmo y Piccolomini, dedicándoselas al I duque de Arcos, Rodrigo Ponce de León, protector de los círculos humanistas sevillanos. Murió en 1524, dejando un legado vinculado al erasmismo y la renovación espiritual. El clérigo Cristóbal de Arcos le dedicó una traducción como muestra de admiración.

Miguel Nardino de Sebenico, humanista dálmata formado en Italia, llegó a Marchena en los años 1520 y entró al servicio del duque Rodrigo Ponce de León, componiendo poemas en latín en su honor. Fue acogido por la red humanista de Sevilla, gracias a Juan de Quirós y Pedro Núñez Delgado. Tras la muerte del duque en 1530, desaparece de Andalucía y reaparece como estudiante de medicina en Montpellier, ejemplo de la movilidad de los humanistas del Renacimiento en busca de mecenazgo. Su paso por Marchena refleja el papel de la villa como foco de atracción cultural mediterráneo.

Diego Jiménez de Ayllón (c. 1530–c. 1590), natural de Arcos de la Frontera, fue el primer poeta gaditano en publicar en lengua castellana. Regidor de su ciudad, vivió en el entorno cultural de la Casa de Arcos, bajo la influencia de los Ponce de León. Su obra principal, Los famosos y heroicos hechos del Cid, publicada en Sevilla en 1589, exalta los valores del heroísmo y la lealtad, en sintonía con el ideal nobiliario que encarnaban los Ponce. También escribió sonetos dedicados a figuras del ejército imperial. Su producción, de estilo renacentista y épico, conecta la tradición caballeresca con la literatura culta del Siglo de Oro.