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La Décima: Una métrica olvidada en España y popularizada en América

En el Siglo de Oro español, un rondeño inventó la décima, una forma poética cuya estructura, rigor y musicalidad la destinarían a una longevidad y olvidada en España alcanzó una expansión geográfica por toda América hasta nuestros días. Esta estrofa, conocida como la décima espinela, es una creación atribuida al poeta, músico y sacerdote rondeño Vicente Gómez Martínez-Espinel (1550-1624). Espinel fue contemporáneos de Cervantes, Lope de Vega y Góngora que le profesaban una profunda admiración. 

La estrofa que se extinguió como forma popular e improvisada en casi toda su tierra natal, España —sobreviviendo a duras penas y en declive en las Islas Canarias, su último bastión —, conquistó un continente y se convirtió en la espina dorsal poética de múltiples naciones.

La presencia de la décima se extiende por todo el continente, siendo una tradición viva desde México hasta Chile y Argentina, pasando por Panamá, Colombia, Venezuela, Perú y Brasil. 

Jorge Drexler y Alexis Díaz-Pimienta invitan a los iberoamericanos a crear Décimas

El músico uruguayo Jorge Drexler, uno de sus grandes popularizadores modernos, ha señalado que en cada país donde la décima está arraigada, existe la convicción popular de que es una invención propia, hablándose de la «décima peruana» o la «décima chilena» como si fueran formas autóctonas. La canción de Drexler «La Milonga del Moro Judío», escrita en décimas tras un desafío de Sabina, es un ejemplo paradigmático de este fenómeno. 

La décima aparece por vez primera e su poemario Diversas Rimas (1591), donde la espinela vio la luz por primera vez en forma impresa.  La arquitectura de la espinela es a la vez rigurosa y elegante, un «bello diamante» para el poeta popular.  Aunque su origen es culto, su popularización fue extraordinariamente rápida, gracias a un vehículo de difusión masiva: el teatro barroco. Los grandes dramaturgos de la época, como Lope de Vega, Quevedo y Calderón de la Barca, la adoptaron con fervor, convirtiéndola en la estrofa más utilizada. Este uso teatral fue el verdadero motor que transformó la décima de «poesía oculta» a «poesía popular». Lope de Vega, integró la décima en sus obras, familiarizando a las clases populares —aquellas que llenarían los barcos hacia el Nuevo Mundo— con su ritmo y cadencia.

Su principal puerta de entrada a América fue el Caribe. En estos espacios festivos, como el fandango, la poesía, la música y el baile se fundieron, y la décima encontró un terreno fértil para arraigar, incorporando nuevas sonoridades y palabras en el proceso de mestizaje.    Su estructura de diez versos le otorgaba una capacidad expresiva que la humilde copla de cuatro versos no podía igualar. 

Una figura central en este universo es Alexis Díaz Pimienta (n. 1966), un polifacético escritor, investigador y uno de los más virtuosos repentistas del mundo. Como director de la Cátedra Experimental de Poesía Improvisada y autor del «Método Pimienta» para la enseñanza de la improvisación, encarna la fusión entre la práctica artística al más alto nivel y el estudio académico riguroso.  

 

En Puerto Rico, la décima es el fundamento lírico de la música tradicional de la montaña, cantada sobre las melodías del seis o el aguinaldo. El acompañamiento instrumental característico lo proporcionan el cuatro puertorriqueño, la guitarra y el güiro. Para el   jíbaro, el campesino de la montaña, la décima es «cultura», «puro pensamiento y acción». Sus temas son los grandes universales: el amor, la belleza del paisaje, el honor y la condición humana. A menudo, la interpretación vocal se adorna con el  le-lo-lai, un melisma o floreo característico que algunos estudiosos conectan con antiguas exclamaciones del norte de África.  

En la región del Sotavento, en el estado mexicano de Veracruz, la décima se integra en un complejo cultural más amplio: el son jarocho. Este género musical, fruto del mestizaje colonial entre influencias hispánicas (barrocas), indígenas y africanas, cobra vida en el fandango. El sonido característico del son jarocho proviene de un conjunto de instrumentos de cuerda: la jarana jarocha (de distintos tamaños), el requinto jarocho (melódico) y el arpa jarocha.

Hoy, el círculo parece completarse. El viaje de vuelta de la décima a través de la experiencia de troveros como ‘Candiota’, su revitalización a través de la música popular de artistas como Drexler, y su estudio y difusión global por académicos-practicantes como Díaz Pimienta, señalan una nueva era de convergencia y diálogo.

En Brasil, la décima es el alma del repente, un duelo poético improvisado que aún se escucha en plazas, ferias y festivales del nordeste. Allí, los repentistas —cantores populares que improvisan acompañados de la viola caipira— convierten el verso en un arma de ingenio. En estados como Pernambuco o Paraíba, los combates verbales entre trovadores siguen emocionando al público rural con temas que van desde el amor y la política hasta el absurdo y lo filosófico.

Maestros como Otacílio Batista o Zé Limeira llevaron este arte a la radio y a los teatros, pero su esencia permanece en las raíces campesinas, donde el repentismo no es espectáculo sino herencia.

La payada criolla, alma de la llanura argentina

En Argentina, la décima vive en la garganta de los payadores, trovadores de la Pampa que se enfrentan en payadas: duelos poéticos con guitarra que se remontan al siglo XIX. Cada contrincante responde en décimas, siguiendo el ritmo, la rima y el sentido del poema anterior.

Aunque la figura del payador ha perdido visibilidad mediática, en festivales rurales y encuentros gauchescos la décima resurge con fuerza. Autores contemporáneos como Wilson Saliwonczyk han revitalizado el género con temáticas sociales y políticas, manteniendo vivo el legado que alguna vez encarnó José Hernández en Martín Fierro, obra escrita mayoritariamente en esta forma métrica.

Uruguay: entre el gaucho y el militante

En Uruguay, la décima se entronca con la poesía gauchesca, pero también ha encontrado un cauce en la poesía social y comunitaria. Más allá de las payadas tradicionales, donde la estructura sigue siendo la décima espinela, el país ha promovido su uso en escuelas rurales, centros culturales y espacios de memoria colectiva.

Autores como Juan José de Mello o el profesor Washington Benavides han demostrado que la décima no es solo un vestigio folclórico, sino una herramienta viva para pensar, decir y resistir. En ella, la voz del pueblo se ordena en diez versos que, sin perder belleza, afilan su capacidad crítica.