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La muerte de la emperatriz Isabel y el juramento de Borja: la escena que cambió una vida… y fundó Santa Isabel de Marchena

En la historia de los grandes imperios hay momentos que no se deciden en un campo de batalla, sino en el silencio de una sala cerrada. En mayo de 1539, el Imperio español se detuvo durante unos días por un hecho íntimo y devastador: la muerte de la emperatriz Isabel de Portugal, esposa de Carlos V. Tenía 35 años. Estaba embarazada por séptima vez y, tras enfermar en el tercer mes de gestación, sufrió complicaciones graves y dio a luz a un niño sin vida. Dos semanas después, el 1 de mayo, falleció. La noticia dejó al emperador quebrado, y durante casi dos meses buscó refugio en la soledad y la oración, incapaz incluso de acompañar el féretro hasta Granada.

Carlos V delegó entonces en su hijo Felipe y en Francisco de Borja, cuarto duque de Gandía, una misión que parecía protocolaria y terminó siendo un terremoto espiritual: escoltar el cuerpo de la emperatriz desde Toledo hasta la Capilla Real de Granada. El 18 de mayo, al llegar a la ciudad, se abrió el féretro para verificar su identidad antes de depositarlo definitivamente en el sepulcro. Y allí ocurrió lo impensable: la descomposición avanzada por los días de camino y el calor de la primavera desfiguró el rostro de la soberana hasta hacerla irreconocible. Borja, impactado por lo que la muerte había hecho con aquella belleza imperial, se vio obligado a pronunciar una frase que se volvió célebre en la memoria de España: no podía jurar que aquel cuerpo fuese el de la emperatriz, pero sí juraba que ese cadáver era el que había sido custodiado desde Toledo.

Ese instante —la corte congelada, el hedor, el golpe seco de la realidad— es el que recreó con maestría José Moreno Carbonero en su óleo “La emperatriz Isabel de Portugal, que yace en su ataúd, y el lloroso Francisco de Borja, duque de Gandía”. El pintor convierte la escena en teatro moral: el ataúd blanco en diagonal atrapa la mirada, un personaje se tapa la nariz por la pestilencia, un gorro noble yace en el suelo como símbolo de dignidad derrumbada, y cada rostro de la sala reacciona distinto, entre el llanto, el asombro y la frialdad clerical. El cuadro no representa solo una muerte, sino un corte biográfico: el día en que un duque entendió que todo señor humano acaba cayendo.

Porque, según recoge la tradición histórica vinculada a Francisco de Borja, aquel horror íntimo marcó un antes y un después. “Nunca volveré a servir a señor que se me pueda morir”, se le atribuye haber comentado tras aquellas exequias. Y aunque la vida todavía lo retuvo un tiempo en el mundo, su camino ya estaba torcido hacia lo religioso. Años después, al enviudar de Leonor de Castro —dama portuguesa cercana a la emperatriz—, Borja dio el paso definitivo: ingresó en la Compañía de Jesús y, con el tiempo, alcanzó la santidad.

Y aquí es donde la historia, de pronto, se vuelve Marchena.

Porque el mismo Borja que lloró ante el cadáver irreconocible de Isabel de Portugal es el nombre que aparece ligado a uno de los grandes capítulos culturales y religiosos de la localidad: la fundación del Colegio de la Encarnación, origen del posterior complejo jesuita que marcó durante siglos la vida espiritual y artística de la villa. Diversas fuentes históricas y divulgativas —incluyendo investigaciones y documentos institucionales vinculados al propio centro educativo heredero de aquel legado— sostienen que fueron los duques de Arcos, Luis Ponce de León y María de Toledo, quienes solicitaron a San Francisco de Borja, como superior de la orden, impulsar esa fundación en Marchena.

No se trató de una obra menor. El Colegio de la Encarnación fue uno de los focos más relevantes de la Provincia Bética de la Compañía de Jesús en los siglos XVI y XVII y dejó una huella patrimonial que todavía hoy explica parte del mapa monumental del centro histórico: una arquitectura ligada al Renacimiento andaluz y un programa artístico en el que participaron nombres de primera fila.

Así, lo que en Granada fue un juramento roto por la descomposición, en Marchena terminó siendo una semilla. El miedo a la muerte, la certeza brutal de lo efímero y la caída de lo humano se transformaron, con el paso de los años, en un impulso espiritual que también se materializó en piedra, en aulas, en retablos y en una forma de entender la fe como disciplina y como cultura.

La escena del féretro no quedó encerrada en el palacio imperial: viajó, con Borja, hasta la geografía íntima de Andalucía. Y si hoy Marchena conserva un legado jesuita que merece contarse mejor fuera de sus fronteras, quizá sea porque aquel día de 1539 no solo murió una emperatriz. Aquel día nació otro Borja. Y, con él, comenzó a escribirse una parte esencial de la historia religiosa y artística de esta villa.