A pesar de la inestabilidad anunciada, la Asociación de la Merced mantuvo firme la salida: “La Virgen sale”, decidieron por la mañana. Y a las 17:30, cuando el sol empezaba a aflojar, se abrieron las puertas de San Agustín y Marchena echó a andar detrás de Nuestra Señora de la Merced.
El paso tomó el Pasaje Sergio Rodríguez y, desde ahí, Sevilla, Cruz y Madre de Dios fueron sucediéndose como cuentas de un rosario urbano. Mariano López Goytía, Miguel Hernández y Huerta de la Cruz aguardaron engalanadas; Puebla de Cazalla, Paradas y Utrera, de nuevo Madre de Dios, Méndez Núñez y Sevilla, antes del regreso por el mismo pasaje a San Agustín, dibujaron una geografía devocional que hoy fue de barrio y memoria.
A las 19:45, tal y como estaba previsto, la procesión se detuvo ante el altar levantado en la Plaza Residencial Huerta de la Cruz. Silencio, y una misa al aire libre que convirtió la plaza en templo: liturgia cercana.
La vuelta arrancó hacia las 20:30, con la ciudad ya en ese claroscuro amable de finales de septiembre. Las señales de prohibido parar y estacionar —vigentes desde las 14:30 en Cruz, Paradas, Utrera, Miguel Hernández y el Pasaje Sergio Rodríguez— ayudaron a que todo discurriera con orden. La tarde respetó sin lluvia casi todo el recorrido… hasta que, ya en calle Méndez Núñez, esquina con Sevilla, hizo acto de presencia una llovizna fina e intermitente. No apagó el ánimo: los capataces acortaron chicotás, se ajustó el paso y el público, respondió con aplausos.
Cerca de las 23:00, la Virgen cruzó de nuevo el umbral de San Agustín. Se cerró así una jornada con promesa cumplida: la Merced salió, Marchena la acompañó y, ni siquiera la lluvia juguetona del final, logró deshacer el hilo de emoción que unió a todo un pueblo.


