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Marchena, el habla de nuestros mayores y el documento que fija la memoria popular

Hace ahora siete años, la revista en papel de Marchena Secreta dedicó una de sus páginas más celebradas a recoger el habla popular de la localidad, un trabajo de recopilación que hoy adquiere aún más valor como testimonio de una forma de vida y de expresión que se desvanece con el paso del tiempo.

Bajo el título “Así hablaban nuestros abuelos”, aquella publicación reunió decenas de palabras y expresiones tradicionales, muchas de ellas ya en desuso, pero profundamente arraigadas en la memoria colectiva de Marchena. No era solo un ejercicio lingüístico, sino un retrato fiel de la vida cotidiana, del campo, de los oficios y de la infancia.

Entre los términos recogidos se encontraba “tapijo”, prenda o ropa de campo utilizada antiguamente; “zacalejo”, ropa interior que llevaban los hombres; o “chiquichanca”, persona poco especializada que hace todo tipo de tareas. También aparecía “cigarrón”, vinculado a los saltamontes, y “soberao”, espacio alto de las viviendas destinado al almacenamiento.

El documento incluía palabras relacionadas con utensilios y construcciones tradicionales como “galeón”, entendido como una especie de nave para guardar aperos agrícolas; “jato”, conjunto o grupo de animales; “cabrilla”, escuadra de madera o herramienta; o “camacho”, pequeños pájaros conocidos como pardillos.

En el ámbito de los juegos y la infancia, la recopilación recogía expresiones como “chichi garbanzo”, juego infantil que consistía en saltar por encima de compañeros agachados; “resbaladera”, tobogán; o “caballito del demonio”, nombre popular de un insecto. También se incluían términos como “zarraclaca” o “tintibalero”, vinculados al habla popular y a la creatividad lingüística infantil.

El mundo rural y las unidades de medida tradicionales también tenían su espacio con palabras como “fanega”, medida agraria de superficie; “mediamú”, caja de madera para medir el trigo; o “preciso”, recipiente utilizado en el campo para transportar comida.

Otras expresiones recogidas reflejaban estados o situaciones, como “al retortero”, referido a tener un asunto pendiente; o “alojifa”, trozo de tela para limpiar el suelo, generalmente usado de rodillas.

La lista se completaba con términos como “alcabucelles”, “tejoletes”, “amocafre”, “mayete” o “sardiná”, cada uno con su significado propio dentro del contexto local, así como referencias a elementos cotidianos y oficios que hoy forman parte de la historia viva del municipio.

Aquella publicación de Marchena Secreta no solo documentó palabras, sino que fijó una manera de hablar que definía una identidad. Siete años después, este trabajo sigue siendo una herramienta fundamental para entender cómo hablaban nuestros abuelos y, en definitiva, cómo era la vida en la Marchena de entonces.

La recuperación de este vocabulario se revela hoy como un ejercicio necesario para preservar el patrimonio inmaterial de la localidad, invitando a nuevas generaciones a redescubrir un lenguaje que forma parte de su propia historia.