El día 2 de enero de 1492, la ciudad de Granada capituló formalmente ante los Reyes Católicos. En una ceremonia protocolaria junto al río Genil, el sultán Boabdil entregó las llaves de la Alhambra y de la ciudad.
Las crónicas relatan que Boabdil intentó besar la mano del rey Fernando (quien rehusó el gesto) y entregó las llaves al conde de Tendilla y a Gutierre de Cárdenas, comendador mayor de Santiago, en representación de los monarcas. Acto seguido, se alzó el pendón real sobre la Alhambra, los presentes entonaron el Te Deum y Granada pasó a dominio castellano, poniéndose fin a 780 años de presencia política musulmana en la Península.
Además de su papel militar, la presencia de Rodrigo en Marchena dejó huella en la ciudad. Su señorío promovió una estructura urbana y defensiva consolidada, y su red de contactos con talleres y artistas vinculados a la Catedral de Sevilla facilitó la transferencia de modelos artísticos y constructivos a la Iglesia de San Juan Bautista, que integra elementos estéticos depurados de la época.
Hoy, la memoria de Ponce de León sigue viva en Marchena a través de la Ruta Marchena Secreta, que une los principales hitos de su vida y su influencia regional, subrayando su trayectoria desde el centro urbano sevillano hasta el corazón de la frontera nazarí.
Rodrigo Ponce de León, como uno de los principales jefes militares cristianos, estuvo presente en la entrega de Granada. El cronista contemporáneo Andrés Bernáldez (cura de Los Palacios) testificó que “él fue presente en la entrega de Granada, que fue el sello de la conquista; y así como fue honrado en vida y amado de los esforzados, así fue muy honrado en su muerte”.
Su carrera militar se desarrolló principalmente durante la Guerra de Granada (1482-1492). Alcanzó notoriedad al dirigir la toma de Alhama en 1482, considerada el primer gran golpe cristiano contra el reino nazarí. Participó en prácticamente todas las campañas decisivas del conflicto, desde la accidentada expedición de la Axarquía en 1483 hasta la conquista de Ronda (1485), el asedio y toma de Málaga (1487) —que dirigió por encargo directo del rey Fernando— y las operaciones finales en torno a Granada. En 1491 combatió en las salidas granadinas durante el sitio final y estuvo presente en la capitulación de la ciudad el 2 de enero de 1492, culminando una década de guerra.
Si bien no desempeñó un rol individual destacado (como la recepción de las llaves, encomendada a Tendilla y Cárdenas), su presencia junto a los reyes simbolizaba la culminación exitosa de años de campaña en los que él tuvo un papel protagonista. La entrega de Granada fue, en palabras de Bernáldez, el “sello” final de la conquista, y Ponce de León figuraba entre los héroes victoriosos que acompañaron a Isabel y Fernando en la conquista del último reino nazarí.
Durante la década de la Guerra de Granada (1482-1492), el político-diplomático Rodrigo Ponce de León colaboró con los monarcas por ser uno de sus generales de mayor confianza, Isabel y Fernando atendieron a sus consejos militares y diplomáticos.
Su voz pesó en la decisión de convertir al rey granadino en vasallo útil en vez de ejecutarlo. Igualmente, su conocimiento del adversario granadino y de la realidad fronteriza informaba las deliberaciones en el consejo real de guerra.
La correspondencia de la época muestra a Ponce de León comunicándose con oficiales y con la propia corte sobre asuntos logísticos y de inteligencia (era conocido por saber aprovechar información de espías y renegados acerca de los puntos débiles nazaríes). Además, su matrimonio con Beatriz Pacheco lo emparentaba con la poderosa casa de Villena, lo que le daba conexiones en la corte de Castilla más allá de Andalucía.
Pedro Salazar de Mendoza, sugieren que cierta desconfianza inicial de Isabel hacia él persistió, probablemente alimentada por sus antiguos rivales. No obstante, Ponce de León supo construir una relación sólida con los Reyes Católicos basada en sus continuos éxitos militares y su lealtad demostrada. Isabel llegó a considerarlo un modelo de noble guerrero a su servicio. De hecho, cronistas coetáneos lo alabaron con epítetos como “el nuevo Cid” por sus victorias contra los moros que tanto beneficiaron a los monarcas.
Tras la rendición de Granada en 1492, Rodrigo Ponce de León permaneció cercano a la corte, aunque por poco tiempo dado que su fallecimiento ocurriría ese mismo año. En los primeros meses de 1492 participó en actos oficiales tras la conquista: probablemente asistió a las entradas solemnes y misas celebradas en la Alhambra y en Santa Fe. Su prestigio era tal que, según el cronista Bernáldez, “así como fue honrado en vida… fue muy honrado en su muerte”.
Los Reyes Católicos le dispensaron honores incluso en sus funerales. En efecto, cuando murió en agosto de 1492 (en Sevilla), su desaparición fue sentida en la corte. Los reyes perdían a un importante apoyo militar y simbólico, aunque inmediatamente actuaron para asegurar que la transición en sus señoríos no alterase el equilibrio de poder en Andalucía,
Su muerte sobrevino antes de que pudiera disfrutar plenamente de la paz tras la Reconquista. No obstante, Ponce de León había previsto cuidadosamente su sucesión: otorgó testamento el 15 de agosto de 1492 (dos semanas antes de morir). Dado que no tuvo hijos legítimos de sus matrimonios (su matrimonio con Beatriz Pacheco no produjo descendencia), nombró heredero de su mayorazgo a su nieto Rodrigo (hijo de su hija ilegítima Francisca, a quien había legitimado).
Asimismo, encargó a su esposa Beatriz Pacheco la administración del mayorazgo hasta la mayoría de edad del nieto. Al fallecer, Don Rodrigo dejó un vasto patrimonio territorial: además de sus señoríos ancestrales en Andalucía occidental (Marchena, Arcos, etc.), poseía las nuevas tierras y títulos que le habían sido concedidos durante la guerra.
La familia Ponce de León mantuvo vastos estados en Andalucía pero la Corona logró reducir la autonomía que habría implicado para un noble poseer un puerto de la importancia de Cádiz. Este intercambio es ilustrativo de la política de los Reyes Católicos tras la Reconquista: recompensar a los nobles leales pero al mismo tiempo reforzar el control real sobre puntos estratégicos (ciudades, puertos, maestrazgos de órdenes militares, etc.). La incorporación de Cádiz al realengo permitió a la monarquía disponer libremente de su puerto para la navegación atlántica –lo cual sería crucial en años venideros, por ejemplo para las expediciones a América a partir de 1493–.


