Hablar de adiestramiento canino profesional aún suena, para mucha gente, a algo exótico o reservado a programas de televisión. Sin embargo, detrás de ese término hay un oficio relativamente nuevo, especializado y cada vez más necesario en hogares donde el perro forma parte de la familia. Marcos Puerto, 31 años, es uno de esos profesionales que han decidido dar el paso y vivir de lo que siempre ha sido su pasión: entender la mente del perro para mejorar la convivencia con sus tutores.
Desde pequeño, Marcos ha estado rodeado de perros. En su casa “siempre había alguno” y esa presencia constante marcó su infancia. El giro llegó a los 18 años, cuando le regalaron un perro “con un carácter un poco complicado”. Aquella dificultad fue, en realidad, una puerta de entrada. Para poder convivir con él empezó a buscar información, formarse por su cuenta y profundizar en educación canina. Más tarde, ya con una pareja de American Staffordshire a su cargo, se descubrió observando sus movimientos, sus posturas, el porqué de cada reacción. Sin saberlo, estaba entrenando la mirada profesional que hoy aplica en su trabajo.
Durante años, sin embargo, el adiestramiento no fue más que una afición muy seria. Marcos tenía otros empleos, pero no terminaba de sentirse a gusto. “Siempre he sido una persona que deseaba trabajar por cuenta propia —explica—, pero ya se sabe: hay cosas que pagar y uno está más centrado en trabajar donde sea que en dar el paso y emprender”. Mientras tanto, amigos y conocidos le llamaban para pedirle ayuda: consejos, resolver dudas, asistir a partos, valorar comportamientos. Él respondía encantado, sin imaginar que todo aquello podía convertirse en su profesión.

En 2022 llegó el “clic”. Un día, observando a sus perros, tomó conciencia de algo que hasta entonces había tenido delante sin verlo: si siempre estaba pensando en cómo emprender en algo que le gustase, ¿por qué no hacerlo precisamente con aquello que llevaba años haciendo de forma espontánea? Ayudar a perros y familias a entenderse mejor. “Lo tenía delante de mis ojos”, resume.
A partir de ahí se marcó un camino claro: profesionalizarse. Se matriculó en un curso acreditado de adiestrador canino profesional, de unos diez meses de duración, en modalidad presencial en Sevilla. La formación combinaba teoría —educación canina, modificación de conducta, primeros auxilios— y una parte práctica con clientes reales del centro. Compaginó este aprendizaje con su trabajo, aprobó y obtuvo la acreditación. Pero, lejos de conformarse con el título, entendió que el oficio exige una actualización constante. Hasta principios de 2025 continuó formándose en diferentes centros, especializándose y ayudando de manera altruista a otros profesionales del sector para aprender de su experiencia.
A comienzos de 2025 se lanzó por fin a trabajar por cuenta propia y, ya en verano, empezó a darse a conocer en su pueblo como adiestrador canino profesional.
Uno de los casos que más le ha impactado le llegó precisamente en sus inicios y le marcó para siempre. Se trataba de un perro de nueve años que, de repente, mordió a una persona pese a no haber mostrado nunca mal carácter. Lo que podría haber quedado en un simple “perro agresivo” acabó revelando algo mucho más serio: el animal tenía un tumor cerebral. A partir de entonces, Marcos incorporó una máxima a su manera de trabajar: antes de abordar un problema de conducta, hay que asegurarse de que el perro está bien de salud. Dolor, enfermedades o una mala alimentación pueden ser el origen de comportamientos que se interpretan como “maldad” o “desobediencia”, cuando en realidad esconden sufrimiento.
Su acreditación oficial le permite trabajar tanto educación como modificación de conducta, pero él ha decidido centrarse especialmente en esta última, porque es donde se concentran los problemas más graves y las mayores preocupaciones de las familias. No por ello deja de trabajar la obediencia básica o deportiva, pero su día a día está lleno de casos de perros que tiran de la correa, reaccionan mal ante otros perros o personas, acumulan niveles muy altos de estrés o presentan miedos que condicionan la vida diaria.
Al hablar de su trabajo, se le nota el entusiasmo: iniciar la educación de un cachorro —o de un perro que no ha tenido una base correcta— le resulta “muy bonito”, porque en paralelo se educa al animal y al tutor. Para él, el adiestramiento no es un espectáculo de órdenes, sino un proceso compartido: “Siempre digo que el alumno no es solo el perro, también el tutor”, comenta. Por eso prefiere llamar “alumnos” a sus clientes.
Su método arranca con una valoración minuciosa del caso. Primero, una entrevista con la familia en la que recaba toda la información posible: entorno, rutinas, antecedentes, tipo de problema. Con esos datos, hace un diagnóstico y plantea una planificación personalizada. Según la gravedad del caso, establece sesiones semanales o programas intensivos de dos o tres sesiones por semana. En los problemas de conducta más severos, insiste en construir primero una base sólida —nuevas rutinas, reducción de estrés, herramientas para el tutor— antes de entrar de lleno en el foco del conflicto.
Una idea recorre todo su discurso: trabajar siempre “a favor del perro”. Eso significa buscar su motivación, sus ganas de participar, y crear patrones de conducta nuevos que sustituyan la vieja respuesta problemática. Frente al castigo, prefiere la redirección y el aprendizaje: si un perro muerde muebles, no se limita a reñirle, sino que le enseña qué no puede morder y qué sí, ofreciéndole salidas adecuadas. Los límites existen, pero se plantean de forma que el animal pueda comprenderlos.
Cuando el trabajo es con cachorros, Marcos suele empezar con teoría dirigida a los tutores: cómo entiende el mundo un perro, cómo anticiparse a posibles problemas, cómo socializar de forma adecuada, por qué son tan importantes las rutinas claras. Introduce ejercicios básicos, trabajos de propiocepción para reforzar la seguridad del animal y juegos que combinan actividad física y mental. El objetivo es sencillo de explicar, aunque complejo de construir: un perro equilibrado para el futuro. Él resume su filosofía con una fórmula que repite a menudo: “Win to Win, gana el perro y gana su tutor”.
Preguntado por las cualidades que debe tener un buen adiestrador, Marcos no duda: curiosidad para seguir aprendiendo, mente abierta —“hay muchas formas distintas de atajar un mismo problema”—, empatía con el perro y con la familia, y mucha paciencia. Recuerda que, en la mayoría de los casos, los problemas no se deben a que el perro sea “malo”, sino a miedos, inseguridades o experiencias mal gestionadas. Y que, aunque a veces el origen pueda estar en hábitos equivocados de la familia, esos errores suelen venir del desconocimiento, no de la mala intención. “Lo importante es que han pedido ayuda profesional”, subraya.
También insiste en que no hay dos perros iguales. Aunque dos animales ladren a la vez ante el mismo estímulo, las causas no tienen por qué ser las mismas. Entender el porqué de cada individuo y diseñar un plan a medida forma parte del corazón de este oficio.
En cuanto a los errores más frecuentes en casa, cita uno especialmente extendido: creer que, por haber tenido perros toda la vida, sabemos entenderlos. Otro habitual es pensar que el perro “entiende” una bronca porque baja las orejas o agacha la cabeza, cuando en realidad muchas veces son señales de incomodidad o de calma, especialmente si la riña llega tarde y sin que el animal relacione qué ha hecho con lo que le estamos diciendo. “Por muy listos que sean, no piensan como humanos”, resume.
A modo de guía para el gran público, Marcos condensa en tres ideas básicas algunas recomendaciones para mejorar la convivencia: cubrir bien sus necesidades con paseos de calidad (no solo salir, sino dejar que olfatee, interactuar con él, ofrecer momentos de juego físico y mental), cuidar la socialización con otros perros equilibrados —no hace falta que salude a todos, basta con unos pocos buenos modelos— y empezar a educar “cuanto antes mejor”, para prevenir en lugar de corregir.
Sobre el porcentaje de éxito en los casos, reparte responsabilidades: el profesional debe saber leer el problema y dar las herramientas adecuadas, pero la clave está en la implicación diaria de la familia. Sin esa constancia, admite, es casi imposible cambiar una conducta. El adiestrador abre el camino y acompaña el proceso; el cambio real se construye día a día en casa.

