Montemolín, la huella de Marchena en Territorio Tartessos: toros pintados, edificios y ritos junto al Corbones
La presentación de «Territorio Tartessos» recupera el interés por Montemolín, el yacimiento marchenero cuyas excavaciones documentaron edificios singulares, cerámicas figurativas y prácticas vinculadas al sacrificio de animales.
En la superficie del vaso todavía caminan los toros. Las grietas y las lagunas de la cerámica dejan ver el trabajo de reconstrucción de una pieza que permite acercarse a una Marchena anterior a sus murallas medievales. Procede de Montemolín y forma parte de los fondos del Museo Arqueológico de Sevilla. Su historia ayuda a entender por qué el término marchenero tiene un lugar en el recorrido provincial por el mundo tartésico.
La Diputación de Sevilla, a través de Prodetur-Turismo de la Provincia, ha presentado «Territorio Tartessos. Guía del Patrimonio del Lacus Ligustinus en la Provincia de Sevilla», una publicación que reúne veinte municipios vinculados a aquella época. La presentación se enmarca en la III Semana de la Cultura Tartésica de Camas: el programa oficial situaba el acto el miércoles 30 de septiembre, a las 18.30 horas, en el Centro de Interpretación del Yacimiento y Tesoro de El Carambolo. Las actividades de esta semana cultural continúan hasta el 3 de octubre.
Vaso de los toros de Montemolín. Imagen de archivo publicada por Marchena Secreta en 2024; no corresponde al acto de presentación de la guía.
Para comprender la aportación local hay que mirar hacia los cerros de Montemolín y Vico y la vega del Corbones. El informe de excavación de 1985 describe un emplazamiento situado en el triángulo de Marchena, Osuna y Carmona. Allí, Francisca Chaves Tristán y María Luisa de la Bandera Romero iniciaron los sondeos en 1980. La campaña de 1981 alcanzó el terreno natural a cuatro metros de profundidad; desde 1983, la investigación amplió la superficie excavada para conocer la disposición de los edificios.
El valor de aquella secuencia está en que permite seguir transformaciones a lo largo del tiempo. El estudio publicado en 1993 reconstruye la evolución de las construcciones y de la vajilla desde el Bronce Final hasta el período Orientalizante. Bajo esa denominación se estudian los cambios asociados a los contactos con el Mediterráneo oriental. Montemolín permite observarlos en las formas de construir y en los objetos utilizados por sus habitantes.
Entre los hallazgos destacan grandes recipientes pintados con toros y grifos, acompañados de motivos vegetales, como flores de loto. La memoria de 1985 describe un ejemplar de 75 centímetros de altura. También recoge un fragmento de peine de marfil y una estela decorada encontrada fuera de la excavación, aunque en los mismos cerros: una diferencia de procedencia que conviene conservar al contar su historia.
Los edificios aportaron otra pieza fundamental. En el trabajo «El complejo sacrificial de Montemolín», publicado en 2000, Chaves, Bandera, Eduardo Ferrer y Eloísa Bernáldez analizaron cuatro construcciones sucesivas de los siglos VII y primera mitad del VI antes de Cristo. Sus dimensiones, sus técnicas y la organización de los espacios apuntaban a funciones singulares. Aparecieron basamentos de piedra, alzados de adobe, pavimentos elaborados y zócalos pintados de rojo.
En el edificio D, los restos óseos y la distribución de la vajilla sustentaron una interpretación especialmente sugerente: allí se habrían sacrificado, despiezado y repartido animales domésticos. Los investigadores estudiaron depósitos con restos de bovinos, cerdos y ovejas o cabras, así como pautas semejantes de manipulación. Propusieron una actividad en la que se entrelazaban economía y ritual. Esa lectura debe presentarse como interpretación científica del conjunto, sin convertir cada estancia en un templo indiscutible ni asignarle una divinidad que los hallazgos no identifiquen.
El vaso de los toros permite llevar esa historia hasta el museo. El Cuaderno del Profesorado del Museo Arqueológico de Sevilla destaca el gran recipiente de Montemolín y lo relaciona con las cerámicas de la Casa del Saltillo de Carmona. La documentación museística confirma esa presencia en Sevilla; no permite extenderla, sin identificar otras piezas y sus inventarios, a los principales museos de España.
La nueva propuesta turística ofrece una ocasión para devolver estos hallazgos al relato cotidiano de Marchena. Conocer Montemolín significa comprender que la historia local también se escribió junto al Corbones, en los edificios, los recipientes y los restos que la excavación permitió interpretar. La difusión de ese patrimonio empieza por explicar qué se encontró y por qué cambió nuestra manera de mirar la campiña.
José Antonio Suárez López es Periodista y Comunicador Cultural | Conectando cultura y turismo a través de experiencias únicas. Periodiso de raices. Grado en Comunicación, Potgrado en difusión del Patrimonio, www.creacomunica.com.es mncomcomunicacion@gmail.com https://x.com/MarchenaSecreta