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Opinión: 85 años del crimen, del asesinato y la infamia

Artículo de Francis López Guerrero en El Pespunte. 

Federico García Lorca es el nombre burocrático que aparecía en un certificado de defunción aberrante en el Registro Civil de Granada. El nombre cotidiano de un ciudadano español, del Sur de los soles y las lunas, extremadamente sensible -rozando la hiperestesia-. De familia pudiente pero atento observador desde pequeño de las desigualdades sociales, de los desposeídos y los marginados. El compromiso político empieza ahí, en observar primero lo que tenemos a nuestro alrededor. Eso ha sido sustituido hoy día por la retórica partidista. Federico García Lorca es el nombre del hijo mayor de una maestra y de un terrateniente que cifró con el código desafiante de la belleza -que sirve para ahuyentar al odio- el drama social de los gitanos, de los negros, de los homosexuales, de las víctimas silenciosas del capitalismo voraz, ese terremoto sin temblor. En definitiva, reflejó el conflicto de la vida en su más amplio espectro tal como somos depositados en ella y sencillamente no nos convence para enseguida tener colocada la etiqueta de inadaptados.

Federico es el nombre de su insaciabilidad de espíritu. Es el nombre cariñoso y familiar que ulula el viento entre los chopos de la Vega de Granada. El viento es una grabadora y las hojas de los árboles un reproductor universal. Federico es el nombre querido que pronuncia su buen amigo Vicente Aleixandre tras escuchar extasiado la lectura que le hizo de los Sonetos del amor oscuro poco antes de su último y fatídico viaje a Granada: “Federico, ¡qué corazón! ¡Cuánto ha tenido que amar, cuánto que sufrir!” Federico es el nombre onírico, asustadizo e intuitivo que busca el agua bautismal de los mares y los ríos. En una carta fechada en julio de 1923, sin ser todavía una celebridad, escribe: “¡Qué efecto más raro, más frío, me produce el que me digan Lorca! Yo soy Federico, pero no soy Lorca.”

Lorca es el nombre del hacedor de geniales metáforas gongorinas y surrealistas. Es el nombre insepulto y rotundo del creador, granadino de la Tierra aderezado por el mito. Del artista instintivo y desdoblado que se tentaba la muerte en cada poro de su piel porque era consciente de que la llevaba encima. La presentía y la custodiaba. Por eso se puso para conjurarla a cada momento el amuleto del amor. El que sigue llevando puesto en cada verso y en cada parlamento dramático de sus personajes. Lorca es el nombre en apariencia corto pero profundo -como la palabra verdad- que asoma el corazón por detrás de las cortinas rasgadas del fingimiento y la impostura, donde está ese escenario en el que no caben ni la frivolidad ni la pose. Por Lorca han cantado. Por Lorca han bailado. Por Lorca han diseñado. Por Lorca han versionado. Por Lorca han respirado. Por Lorca han estornudado. Por Lorca han banalizado inescrupulosamente. Al suculento banquete de Lorca han acudido muchísimos invitados de aquí y de allá con la credencial de icono cultural y poeta progre. En no pocas ocasiones han tomado su nombre en vano y lo han resucitado en falso para comerse el cadáver desaparecido a la rica subvención. Pero Lorca no es una girándula, es el eco de un pulso herido. Lorca es el nombre amado del abismo por el que descienden la elegía y la tragedia de lo humano hasta llegar al humus afectivo donde se acaba el mundo y empiezan los equilibrios contrarios y una dimensión propia y personal entre lo celeste y el enigma, insondable para los cinco sentidos.

Se cumplen 85 años del crimen, del asesinato, de la infamia. Los sustantivos dan igual cuando se produce la transustanciación de la sangre inacabable en tierra definida como en una eucaristía esotérica de un viejo rito sagrado de la naturaleza. Los ritos perpetúan. El tiempo es un mecanismo extraño que se nos puede caer a plomo sin dejarnos capacidad de respuesta así pasen los lustros. O se puede deslizar como una sutileza subjetiva que se decanta hacia el recuerdo o la amnesia dependiendo de la sustancia de las cosas. La condena no es la memoria o el olvido. La condena es el enterramiento del tiempo como si se tratase de un muerto.

Su gran amigo Jorge Guillén definió su personalidad y su presencia con ingenio y trascendencia. Como si fuera un clima, una temperatura, una atmósfera: “Cuando estás con Federico no hace ni frío ni calor, hace Federico”. Era la manera de metaforizar su inspiración, su encanto y sencillez, su naturalidad, y, sobre todo, una hondura misteriosa -de la que se nutría su literatura- que lo volvía milenario y sabio y magnetizaba y lo ennoblecía. Y que lo aleja por completo de la imagen colorista, folclórica o martirial (según intereses) que se ha intentado oficializar en muchos casos.

Hoy que es siempre también hace Federico.

Francis López Guerrero