Hay momentos en los que uno camina por las calles de su propio pueblo y siente una extraña distancia.. No hablo únicamente de seguridad ni de determinados comportamientos que pueden observarse en la calle. Hablo de algo más profundo: la pérdida progresiva de confianza entre vecinos, el debilitamiento de la convivencia y la impresión de que cada vez existen menos espacios comunes donde personas diferentes puedan encontrarse sin enfrentamientos, prejuicios o sospechas.
Preocupa la marcha de personas que, pudiendo desarrollar aquí su vida, terminan buscando fuera el bienestar, la tranquilidad o las oportunidades que no encuentran en su localidad. La pérdida de población activa, de profesionales y de familias con capacidad para impulsar proyectos empobrece lentamente cualquier municipio. No se trata de dividir a los vecinos entre quienes se quedan y quienes se marchan, sino de preguntarnos qué condiciones estamos ofreciendo para que alguien desee construir su futuro en Marchena.
A ello se añade una creciente polarización que ha penetrado en la política, las asociaciones, las entidades culturales e incluso en espacios que tradicionalmente debían servir para unir. Cuando cada decisión se interpreta como una batalla entre bandos, la vida colectiva se vuelve agotadora. Muchas personas terminan apartándose, no por falta de interés, sino por cansancio ante las rivalidades, los comentarios malintencionados y las disputas permanentes.
Un pueblo no se deteriora únicamente cuando pierde habitantes o comercios. También se deteriora cuando desaparece la conversación respetuosa, cuando se normaliza el insulto, cuando dejamos de cuidar los espacios públicos o cuando consideramos enemigo a quien piensa de manera diferente. La degradación de la convivencia comienza mucho antes de aparecer en una estadística.
No obstante, conviene evitar la nostalgia fácil. El pasado tampoco fue perfecto y la Marchena de otros tiempos tuvo sus propios conflictos, silencios e injusticias. Idealizar lo que fuimos puede impedirnos comprender lo que somos. La cuestión no consiste en recuperar un pueblo imaginario, sino en construir una localidad capaz de afrontar sus problemas actuales con seriedad.
Para ello hacen falta políticas sociales, educativas y culturales sostenidas en el tiempo. Hace falta apoyar a las familias vulnerables, ofrecer alternativas de ocio saludable, recuperar espacios de convivencia y escuchar a los jóvenes antes de que encuentren pertenencia en entornos destructivos. También es necesario respaldar a quienes emprenden, trabajan, estudian, cuidan de otros o dedican su tiempo a mejorar la comunidad.
La inmigración, además, no puede convertirse en una explicación simplista para problemas mucho más complejos. Quienes llegan a Marchena para trabajar y construir aquí su vida forman parte de la realidad del municipio. La convivencia se fortalece mediante integración, derechos, deberes y respeto mutuo, no mediante etiquetas basadas en el origen.
Marchena no se ha acabado. Ningún pueblo desaparece mientras existan vecinos dispuestos a cuidarlo. Pero tampoco podemos conformarnos con afirmar que todo marcha bien. Reconocer el malestar social no significa despreciar a nuestra localidad, sino asumir la responsabilidad de mejorarla.
Quizá la pregunta más importante no sea qué le ha ocurrido a Marchena, sino qué estamos dispuestos a hacer por ella. Un pueblo se transforma con decisiones políticas, pero también con pequeños gestos cotidianos: respetar al vecino, educar sin odio, participar sin sectarismo, ayudar a quien atraviesa una dificultad y no alimentar rumores que puedan destruir vidas.
Marchena volverá a reconocerse cuando sus habitantes vuelvan a reconocerse entre sí. No como adversarios, sospechosos o extraños, sino como personas obligadas a compartir un mismo lugar y responsables de dejarlo algo mejor de como lo encontraron.

