Llega la primavera, época de máxima afluencia de visitantes a Marchena por la Semana Santa y el turismo cultural… y vuelven las mismas carencias de siempre. El barrio monumental de San Juan acoge a visitantes de toda España sin un aseo público, sin agua potable y con cuatro edificios emblemáticos cerrados a cal y canto.
Después de un invierno especialmente largo y lluvioso —uno de los más intensos de los últimos años—, la llegada de la Semana Santa y del buen tiempo de la primavera abre de nuevo las puertas del municipio a cientos de visitantes que acuden atraídos por su extraordinario patrimonio monumental.
No es una queja gratuita ni una crítica sin fundamento. Es un diagnóstico compartido por quienes guían visitas, por quienes atienden a los grupos que llegan y por los propios visitantes, que lo expresan con educación pero con claridad: en el barrio monumental de San Juan no hay un solo aseo público accesible. No hay ningún punto donde obtener agua para refrescarse _exceptoo alguna fuente pública- o una bebida o algo de sombra y arbolado público cuando aprieta el calor.
El perfil del turista que elige Marchena —culto, de mediana edad, interesado por la historia y el arte— merece al menos las condiciones básicas de dignidad que encontraría en cualquier otro destino comparable.

La climatología particular de Marchena provoca un fenómeno bien conocido por los operadores turísticos locales: el turismo se concentra en dos ventanas muy concretas del año. El invierno resulta demasiado frío para pasear, el verano demasiado implacable para andar al sol entre monumentos. La primavera —y en menor medida el otoño— actúan como auténticas válvulas de escape, concentrando en pocos meses una demanda que podría repartirse con mayor equilibrio si el destino ofreciera mejores condiciones.
El visitante tipo que elige Marchena no es el turista de sol y playa. Es alguien que ha buscado el municipio deliberadamente, que conoce sus iglesias, que quiere entender la relación entre los duques de Arcos y su villa, que sube al barrio de San Juan dispuesto a emocionarse ante Santa María de la Mota o ante el Arco de la Rosa. Es un turista cultural, de mediana edad o mayor, en muchos casos con movilidad reducida, y que precisamente por ese perfil tiene necesidades elementales que no deberían sorprender a nadie: sentarse, beber agua y, en algún momento, acudir a un aseo.
El desierto de servicios del barrio de San Juan
Lo que en otro tiempo fue un barrio con vida propia —bares, pequeños comercios, tiendas de barrio— es hoy, en su mayor parte, un conjunto de fachadas hermosas y puertas cerradas. Los establecimientos que históricamente habían cubierto esas necesidades cotidianas han ido cerrando uno tras otro, hasta dejar el barrio más monumental de Marchena en una especie de museo al aire libre sin servicios.
Para encontrar un bar donde sentarse, pedir un vaso de agua o usar el servicio, el visitante debe salir del área monumental y desplazarse, por ejemplo, hasta la calle Rojas Marcos. Un recorrido que para alguien mayor, con el cansancio de una mañana de visita o con una necesidad urgente, puede resultar sencillamente inviable.
Esta realidad no es nueva. Lo que sí resulta cada vez más difícil de entender es que el Ayuntamiento cuente, precisamente en ese entorno monumental, con cuatro edificios públicos que permanecen cerrados —algunos a la espera de obras que todavía no han empezado.
La antigua Biblioteca Municipal / Casa Fábrica. Un edificio singular con gran patio porticado, patio secundario con sombra y bancos, potencialmente reconvertible en un centro de interpretación turística con proyección audiovisual, zona de descanso, agua y aseos. De por sí, ya es un punto de interés patrimonial que merece mostrarse. Las obras de rehabilitación no han comenzado aún.
El antiguo Ayuntamiento en la Plaza Ducal. En pleno corazón de la villa medieval, con vistas directas al Palacio Ducal, podría convertirse en un modesto pero eficaz centro de interpretación de la historia señorial de Marchena. Unos paneles bien diseñados, sillas, un cuarto de baño y la posibilidad de escuchar la historia del lugar antes o después de contemplarlo. Las obras tampoco han dado comienzo.
El Centro de Información Juvenil o casa Barroca, un edificio con aseos operativos y una planta alta que permanece sin uso. Con una mínima inversión en acondicionamiento, podría servir como punto de bienvenida, sala de proyección y espacio de descanso para los grupos que llegan al barrio.
El nuevo Museo Municipal (edificio de la antigua Cárcel, Plaza de la Cárcel). El caso más singular: las obras están a punto de concluir, el edificio incluirá en su proyecto original una zona de bar y aseos completamente equipados. Sin embargo, la musealización del interior —el trabajo de interpretación, diseño de contenidos y producción— no ha salido aún a concurso público. Su apertura completa puede demorarse varios meses más.
El caso del nuevo Museo Municipal merece un aparte especial, porque en él existe una oportunidad inmediata que no debería desperdiciarse. Si la constructora entrega el edificio terminado en las próximas semanas, como todo parece indicar, el Ayuntamiento tendrá en sus manos un espacio dotado de bar, aseos y zonas comunes perfectamente habitables. Nada impide que esa parte del edificio —la zona de hostelería y los servicios— abra sus puertas al público antes de que la colección museográfica esté lista. El coste para las arcas municipales sería prácticamente nulo; el beneficio para el turista, y para la imagen del municipio, sería inmediato.
Mientras se completa el trabajo de musealización —que inevitablemente llevará su tiempo— el espacio podría albergar una exposición temporal de fotografía histórica, un ciclo de proyecciones documentales sobre el patrimonio de Marchena, o simplemente ofrecer ese servicio elemental que hoy no existe en toda la zona monumental: sentarse, refrescarse y acudir al baño. No hace falta más para dar una primera impresión digna.
«Cuatro edificios públicos cerrados en el barrio monumental, y ningún aseo, ningún agua, ningún banco bajo techo disponible para el visitante. La solución está detrás de esas puertas. Solo hace falta abrirlas.»
Las iglesias cerradas
Hay una paradoja que resume bien la situación turística de Marchena. El municipio atrae visitantes precisamente por sus templos —Santa María de la Mota, San Juan Bautista, San Agustín, San Sebastián… entre otros— y sin embargo esos mismos visitantes se encuentran los que llegan en fin de semana, con las puertas cerradas. No es una exageración: es la experiencia que repiten una y otra vez los guías y organizadores de grupos. Los templos de Marchena son en su mayor parte inaccesibles en horario de visita turística durante los fines de semana, que es precisamente cuando llega la mayoría de los grupos.
El resultado es que el visitante que ha viajado expresamente para ver el retablo de Zurbarán en Santa María de la Mota puede perfectamente encontrarse ante una puerta cerrada sin aviso, sin horario publicado y sin alternativa. Un patrimonio de primer orden que, a efectos prácticos, funciona como un escaparate con la persiana bajada.
La solución tampoco requiere grandes recursos: bastaría con un acuerdo estable entre el Ayuntamiento y las instituciones eclesiásticas para garantizar apertura en franjas horarias concretas durante los fines de semana de temporada alta, idealmente coordinada con la llegada de los grupos organizados. Un voluntariado cultural, un convenio con asociaciones locales o incluso una figura de guarda rotativa serían fórmulas perfectamente viables. Lo que no es viable es seguir ofreciendo como destino monumental una villa cuyos monumentos no se pueden visitar por dentro.
La ciudad de los rodeos: accesos cortados sin que nadie entienda por qué
Si la falta de servicios básicos en el barrio de San Juan es la primera queja que expresan los visitantes, la segunda —y no menos justificada— la comparten con toda la vecindad de Marchena: los accesos naturales a la zona monumental llevan meses cortados de forma que en algunos casos resulta difícil de explicar. Puntos de paso histórico, que han conectado durante siglos el centro urbano con el barrio alto, están hoy bloqueados, obligando a residentes y turistas por igual a recorrer rodeos considerables.
El caso más llamativo es el del Arco de la Rosa, cuyo entorno está afectado por obras y permanece cortado al tránsito peatonal. Es comprensible que unas obras de cierta envergadura requieran restricciones temporales. Lo que ya no resulta tan comprensible —ni justificable— es la situación del arco que comunica la Plaza del Ayuntamiento con la calle Coullaut Valera: ese paso lleva meses clausurado a pesar de que, en ese punto concreto, no se está ejecutando ningún tipo de trabajo. No hay andamio, no hay maquinaria, no hay operarios. Hay una valla y un silencio administrativo que nadie ha sentido la necesidad de explicar.
Marchena tiene un patrimonio que muchas ciudades tres veces más grandes envidiarían. Sus iglesias, su muralla almohade, su plaza ducal, su historia conversa y nobiliaria, su tradición artística conforman un relato capaz de sostener un destino turístico sólido y diferenciado. Ese potencial existe. Lo que falta es acompañarlo de la infraestructura mínima que convierte una visita en una experiencia memorable en lugar de en una carrera de obstáculos.
La temporada ya ha empezado. El tiempo, como siempre, no espera.

