Ayer envié a una amiga la portada de un libro de historia sefardí y su respuesta acabó llevándome, de una manera que todavía me sorprende, a la izquierda y a la derecha. Algo parecido me había ocurrido con un amigo cuando le conté el inicio de un importante curso y la conversación terminó derivando otra vez hacia ese bucle, ese interminable tablero en el que parece que hoy tenemos la obligación de colocar absolutamente todo. Los toros, la agricultura, el fútbol, la copla, los hombres, las mujeres. ¿Se imaginan que mañana acabamos descubriendo que los atardeceres son de derecha?.
Y pensé: ¿en qué momento nos ha ocurrido esto?.
Quizá hemos perdido la calma. La capacidad de contemplar la realidad sin colocar etiquetas. Se nos ha despertado el juez interior y queremos juzgar a todo y a todos.
Vivimos un tiempo inestable, gobernados por mensajes mediáticos extraordinariamente rápidos y cambiantes. Por los medios nos llegan polémicas y escándalos que se suceden diariamente. Un asunto que esta mañana parecía decisivo puede haber desaparecido mañana, sustituido por otro que reclamará exactamente la misma indignación.
Mientras tanto, la vida continúa fuera. Hay que pagar una vivienda y una comida cada vez mas caras. Hay personas buscando empleo. Hay familias esperando una cita médica. Hay jóvenes intentando construir un proyecto de vida. Esa es la realidad que a los ciudadanos nos interesa y de los medios no se ocupan suficientemente.
Por eso trabajar con documentos antiguos produce a veces un efecto sorprendente. Abrir un expediente escrito hace quinientos años obliga a cambiar la velocidad de la mirada. A mirarlo todo con una amplia perspectiva y cierta lejanía y abandonar la visión de la actualidad de hoy que mañana cambiará. Con la debida calma, la historia nos enseña a enfriar la lectura de la realidad presente y pasada.
Un documento de quinientos años tiene una extraña capacidad para colocarnos en nuestro sitio. Nos recuerda que buena parte de aquello que hoy consideramos absolutamente decisivo mañana será una nota al pie. La historia enseña que las sociedades se acostumbran al enfrentamiento como si fuera lo normal. Cuando todo termina formulándose como una oposición entre bloques, desaparecen los matices. Dejamos de preguntarnos qué ocurrió realmente y buscamos culpables.
Ese caínismo permanente empobrece nuestra mirada.
Existen asuntos que deberían permitir conversaciones mucho más amplias. La calidad de lo público afecta a ciudadanos que votan de maneras completamente diferentes. Sobre ellos pueden existir legítimas discrepancias acerca de cómo organizar los recursos públicos. Pero reducir esos debates a una pelea identitaria termina impidiendo muchas veces discernir sobre lo verdaderamente importante: qué funciona, qué no funciona y cómo puede mejorarse.
El problema aparece cuando dejamos de analizar políticas concretas y comenzamos a analizar únicamente enemigos. Ahí perdemos todos.
La realidad sin intermediarios
Hay, además, otra forma de conocimiento que estamos perdiendo. La realidad sin mediadores y sin pantallas. Una cosa es la inteligencia y los datos y otra la sabiduría que nace de haber transitado los caminos.
Lo pienso mientras contemplo esta tierra de Marchena al caer la tarde. El camino de tierra, los campos secos después del verano, alguien que regresa a caballo y, al fondo, el pueblo recortado contra la última luz del día. Aquí no hay intermediarios. Nadie me está diciendo qué debo sentir ante lo que tengo delante. Está la tierra y está mi propia experiencia de ella.
Quizá ahí comience también la paz.
Hoy la realidad mediada ha muerto por la realidad vivida. Y cuando eso sucede, dejamos de mirar para empezar a recibir interpretaciones y órdenes.
Volver a la tierra significa, para mí, recuperar una medida de las cosas. Caminar un sendero enseña qué distancia hay que recorrer. El cansancio existe. La tarde cae a su ritmo. Los campos tienen estaciones.
Desencadenarse
Antonio Gala hablaba de la necesidad de salir de un laberinto de rutinas impuestas y desencadenarse, recuperar la vida propia, asumir incluso el riesgo de no ser comprendido y devolver a cada día su afán, su alegría, su color y su aroma.
Desencadenarse, entendido así, no significa huir de las responsabilidades sino dejar de entregar permanentemente nuestra atención a aquello que otros han decidido, qué merece de verdad en mi tiempo y qué parte del ruido puedo dejar pasar sin permitir que entre en mi casa ni en mi cabeza.
Quizá adquirir paz empiece precisamente ahí. Dándole a cada día su propio sentido. Volviendo al campo, al libro, a una conversación, al silencio o al camino.
Dentro de quinientos años nadie recordará la mayor parte de nuestras discusiones de hoy. Algunas de las cosas por las que hoy nos insultamos parecerán incomprensibles y otras, probablemente, insignificantes. Nosotros también seremos historia. Y quizá esa sea una buena razón para intentar vivir nuestro presente con un poco menos de furia, un poco menos de caínismo y bastante más paz.