La XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla, que se celebrará del 9 de septiembre al 3 de octubre de 2026, situará la figura de Pepe Marchena en el eje simbólico de una edición dedicada a revisar, desde el presente, la revolución artística e industrial que vivió el flamenco en los años veinte del siglo pasado. El director del certamen, Luis Ybarra, ha explicado en una entrevista concedida a El Pespunte que la efeméride del cincuentenario de la muerte del cantaor marchenero ha servido como punto de partida para un homenaje más amplio: no solo a Marchena, sino a toda una generación que llevó el cante a los teatros, las plazas de toros, la radio y las primeras grabaciones eléctricas.

Ybarra afirma que le interesaba recuperar a Pepe Marchena porque ha sido “un cantaor algo soslayado” durante décadas, especialmente junto a otras voces ornamentadas como Juanito Valderrama. Sin embargo, al profundizar en su figura, el director encontró un argumento de mayor alcance: en 2026 se cumple un siglo desde que Pepe Marchena fichó por Vedrines, el empresario vinculado a la consolidación de la llamada Ópera Flamenca. Para Ybarra, aquel momento supuso una transformación decisiva: el flamenco entró en los grandes recintos, se acercó al público masivo y comenzó a desarrollarse plenamente como arte escénico.
La Bienal no plantea esa mirada como una reconstrucción nostálgica. El propio Ybarra subraya que no se trata de cantar hoy como cantaban El Carbonerillo, Pepe Pinto o La Niña de los Peines, sino de llevar ese legado “a otro sitio” con las técnicas, lenguajes y sensibilidades actuales. En la entrevista también recuerda el origen fiscal del término Ópera Flamenca: no era ópera lírica, sino una fórmula que permitía acogerse a una tributación más baja que la de las variedades, lo que acabó dando nombre a una etapa fundamental de la historia del cante.
El gran símbolo de esta lectura será la gala El mundo por montera, prevista el 10 de septiembre en la Plaza de Toros de la Real Maestranza de Sevilla. El espectáculo se presenta como una celebración del centenario de 1926, año en el que el Niño de Marchena entra en los circuitos de la Ópera Flamenca, Manuel Vallejo recibe la II Llave de Oro del Cante y la industria discográfica experimenta el impulso de las grabaciones eléctricas. La gala reunirá a José Mercé, José de la Tomasa, Martirio, Arcángel, La Tremendita, Ángeles Toledano, El Perrete, Manuel de la Tomasa, el Ballet Flamenco de Andalucía y guitarristas como Manolo Franco, Alfredo Lagos y David de Arahal, bajo la dirección artística de Andrés Marín y Luis Ybarra.
Otro de los espectáculos con una conexión directa con ese universo será La copla del cante, de Arcángel, programado el 17 de septiembre en el Teatro Lope de Vega. La propuesta revisa la relación histórica entre flamenco y copla a partir de figuras esenciales del siglo XX como Pepe Marchena, Manolo Caracol, Pepe Pinto, Canalejas de Puerto Real y La Paquera de Jerez.
También aparece en esa constelación Poema de libertad, de Sandra Carrasco y David de Arahal, previsto el 2 de octubre en el Teatro Central. Aunque la programación lo presenta como estreno absoluto dentro de la Bienal, ambos artistas llegan precedidos por Recordando a Marchena, un proyecto dedicado al universo musical del cantaor marchenero, en el que desmontaban y reconstruían su legado desde una mirada contemporánea.
La programación de la Bienal incluye además Por Vallejo, de Manuel Cuevas y Miguel de Tena, el 28 de septiembre en el Teatro Alameda, una referencia directa a Manuel Vallejo, figura inseparable del mismo tiempo histórico que Marchena que forma parte de ese relato de época que la Bienal quiere poner en valor: la generación que, hace cien años, cambió para siempre la escala pública del flamenco.
Con 72 funciones, 52 nuevas producciones, 22 estrenos absolutos, 24 noches únicas y seis matinés en once espacios escénicos, la XXIV Bienal se presenta como una edición de memoria y presente. En el fondo, Pepe Marchena funciona aquí como una puerta de entrada: el nombre propio que permite volver a mirar una década en la que el flamenco se vistió de esmoquin, llenó plazas de toros, conquistó los discos de pizarra y discutió, desde el escenario, la frontera entre lo popular y lo culto.

