El representante de Manteca Pura convirtió su intervención en una defensa de la amistad y de la feria sencilla, pero también en una crítica a la ostentación, los gastos excesivos y la pérdida de conversación en las casetas
No fue un pregón de palabras solemnes, estampas idealizadas ni frases calculadas para quedar grabadas en una placa. Regino Vega subió al escenario del Auditorio Pepe Marchena y habló como habla en la calle, entre sus amigos y dentro de una caseta. Con su vocabulario, sus pausas, sus ocurrencias y una manera de contar las cosas que el público reconoció desde el primer momento.
Esa fue la principal cualidad del Pregón de la Feria de Marchena de 2026: su autenticidad. No porque careciera de preparación —detrás del texto existía dedicación y una estructura clara—, sino porque en ningún momento el pregonero intentó representar un personaje diferente de sí mismo.
Elegido por sus compañeros de la caseta Manteca Pura y presentado por Ramón Pruna, Regino Vega construyó su intervención alrededor de una pregunta que afecta al futuro de las ferias tradicionales: ¿qué sucede cuando una celebración que antes se esperaba durante todo el año deja de ser excepcional?
“Cuando lo excepcional se convierte en cotidiano, deja de ser especial”, resumió en uno de los momentos que mejor explican el sentido de su discurso.
Una crítica formulada desde dentro de la propia feria
El pregonero no se limitó a evocar una Marchena desaparecida. Habló como socio de caseta y como alguien que conoce los gastos, los desacuerdos y el trabajo necesario para levantar cada año estos espacios de convivencia.
Con humor, pero sin esconder el fondo crítico, describió la transformación de algunas casetas en establecimientos cada vez más costosos, sofisticados y difíciles de mantener. Recordó el paso de las reuniones organizadas por pequeños grupos de amigos a estructuras con más de cien socios; la competencia por tener el mejor montaje y el cartel más llamativo; el abandono de proveedores locales y la presión económica soportada por los reposteros.
Vega contrapuso la comida sencilla de otros años a unas casetas que, según ironizó, aspiran a convertirse en restaurantes de lujo. Su defensa no era la de una feria pobre o inmóvil, sino la de una fiesta que no olvide para qué nació: encontrarse, hablar, compartir una mesa y disfrutar sin necesidad de competir.
También reclamó respeto hacia quienes trabajan durante esos días. Detrás de cada barra, cada cocina y cada montaje existen personas que llegan a Marchena para ganarse la vida. El pregón recordó que exigir cada vez más servicios gratuitos o reducir al límite los márgenes de los reposteros termina perjudicando al conjunto de la fiesta.
Los personajes que todos reconocen
Una parte importante del pregón estuvo construida a partir de una divertida clasificación de los socios y visitantes de las casetas. Aparecieron quienes solamente acuden a las comidas gratuitas, quienes consumen rápidamente todos sus tiques, quienes aseguran haber cenado antes de salir y terminan dejando vacíos los platos ajenos, y quienes hacen sonar durante toda la noche los hielos del cubata como si llevaran un cencerro.
El público reconoció situaciones cotidianas de cualquier feria. La risa nació precisamente de esa cercanía. No eran personajes inventados desde un escritorio, sino retratos exagerados de comportamientos que forman parte de la memoria colectiva del recinto ferial.
Los pañuelos que el pregonero fue cambiándose durante la intervención reforzaron esa sensación de espontaneidad. Cada uno llevaba detrás una amistad, un regalo y una pequeña historia. El escenario dejó de ser durante unos minutos un espacio institucional para parecerse a una reunión dentro de una caseta.
La memoria de quienes ya no pueden volver
El tono cambió cuando Regino Vega recordó a los amigos fallecidos. Los nombres de Ignacio Sánchez Morilla, Carlitos Rivas, su tío Agustín, Francisquito y Mario “el Pelao” introdujeron la parte más emotiva de la intervención.
La Feria apareció entonces como un lugar en el que también regresan quienes faltan. Vuelven a través de una anécdota, una mesa compartida, una forma de hablar o una broma que continúa provocando una sonrisa años después.
El pregonero recordó igualmente sus ferias de juventud, las noches recorriendo casetas junto a los amigos y las dificultades posteriores para disfrutar del recinto cuando sus tres hijos eran pequeños. Esa memoria personal permitió recorrer distintas edades de la fiesta: la juventud sin horarios, los años de responsabilidades familiares y el regreso a la Feria cuando los hijos ya han crecido.
“Recuperando valores que se quedaron en el camino”
El lema situado bajo el nombre de Manteca Pura resume la propuesta defendida durante el pregón: “Recuperando valores que se quedaron en el camino”.
La caseta nació de cuatro amigos que querían crear un espacio en el que pudiera conversarse sin gritar, comer sin ostentación y recibir a las personas sin establecer categorías. Regino Vega trasladó esa filosofía al escenario y la convirtió en una invitación dirigida al conjunto del recinto.
El resultado fue un pregón imperfecto en el mejor sentido de la palabra: vivo, cambiante, lleno de interrupciones, recuerdos y expresiones propias. Hubo crítica, nostalgia, humor y emoción, pero no impostura.
Cuando terminó invitando a Marchena a comer, beber, cantar, bailar y olvidar por unos días los problemas del año, no estaba pronunciando una fórmula ceremonial. Estaba diciendo exactamente lo que piensa de la Feria.
Y ahí reside la autenticidad del pregón: en que Marchena no escuchó a un personaje construido para la ocasión. Escuchó a Regino Vega.