A la caída de la tarde, el desierto pareció encenderse. Un ejército de drones dibujó constelaciones sobre las pirámides, una banda sinfónica marcó la cadencia y, entre columnas de luz, se abrieron las puertas del Gran Museo Egipcio (GEM), el proyecto cultural más ambicioso del país en un siglo. Tras dos décadas de obras y aplazamientos, Egipto firmó anoche la inauguración oficial de un complejo de casi medio millón de metros cuadrados y más de mil millones de dólares de inversión, llamado a ser el mayor museo del mundo dedicado a una sola civilización.

La ceremonia, presidida por el presidente Abdelfatah al Sisi y seguida por miles de personas desde pantallas instaladas en la meseta de Guiza, combinó desfiles de figurantes caracterizados como faraones, música en directo y coreografías aéreas que delinearon sobre el cielo la silueta de la Esfinge. Entre los invitados figuraron jefes de Estado y casas reales de todo el mundo: Felipe VI asistió en representación de España, en un acto con delegaciones de decenas de países.
Dentro, el visitante es recibido por el colosal Ramsés II, una estatua de 83 toneladas que hoy funciona como pórtico simbólico del museo. Desde allí asciende la Gran Escalera, flanqueada por esfinges y colosos extraídos de templos del Alto Egipto, hasta desembocar en las galerías de Tutankamón, presentadas por primera vez como conjunto íntegro: más de 5.500 piezas, desde la máscara funeraria a carros y sandalias, desplegadas con criterios cronológicos y temáticos en un relato que recorre 5.000 años de historia.
El GEM no es solo una nueva vitrina monumental. Es un ecosistema museístico con 24.000 m² de salas permanentes, centro de conservación de referencia y recursos digitales inmersivos que permiten “leer” estelas y relieves sin tocarlos. En el exterior, aguarda una de las piezas más delicadas del conjunto: la barca solar de Keops, 4.600 años después de su navegación simbólica, trasladada al recinto en una operación milimétrica para su exposición y estudio.
La escala del proyecto se entiende mejor desde fuera. El complejo se alinea con las pirámides y abre un eje visual hacia la llanura de Guiza; su piel de triángulos de piedra y vidrio, firmada por Heneghan Peng Architects, juega a ocultar y revelar, como si el edificio dialogara con la geometría sagrada que lo rodea. Las autoridades egipcias lo presentan como palanca estratégica para el turismo —quieren duplicar visitantes en la próxima década—, apoyado en nuevas infraestructuras como el aeropuerto de la Esfinge y la reordenación del entorno arqueológico.
En clave de relato expositivo, la crónica de la noche dejó una idea insistente: todo Tutankamón, por fin junto, y un guion que alterna lecturas cronológicas con temas —sociedad, poder, creencias— para evitar el viejo catálogo inerte. El resultado es una experiencia que respira arqueología y espectáculo a partes iguales, consciente de que la emoción también es una herramienta pedagógica. El País, AP, Reuters y Euronews coinciden en el diagnóstico: se trata del primer gran museo del siglo XXI en el corazón de una necrópolis faraónica, con vocación de convertirse en polo internacional de conservación e investigación.
Desde España, la presencia del rey Felipe VI otorgó a la inauguración un perfil diplomático destacado. La Casa Real difundió imágenes del monarca en la foto oficial junto a otros jefes de Estado y autoridades culturales, subrayando la dimensión patrimonial y científica del proyecto y los lazos históricos con la egiptología europea.
Hay, por supuesto, un reverso de desafíos: la seguridad de colecciones en un contexto geopolítico volátil y la necesidad de mantenimiento a gran escala para un edificio de esta envergadura. Pero, al menos anoche, la sensación dominante fue la de una deuda saldada con el siglo XX y un pacto de futuro entre pasado y tecnología. El Gran Museo Egipcio —esa “cuarta pirámide” de la que hablaban los arquitectos y cronistas— ya no es una promesa en obras: es un museo vivo, abierto al mundo a los pies de las pirámides.

