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Soy andaluz, por eso no celebro Halloween

Lo confieso con una sonrisa: no me hace falta un murciélago de plástico para hablar de la muerte, ni una calabaza de mentira para reconciliarme con el misterio. Vengo de una tierra que ya inventó —a su modo, y hace siglos— la pedagogía del otro lado.

Andalucía sabe mirar a los difuntos con vela, pan y canto; con silencio y visita al camposanto; con rosarios de Ánimas, responso y promesa. Prefiero un camino con espiritualidad de piel y viento, más de conciencia que de consumo; más de rito interior que de etiqueta importada. “Yo no creo, yo sé”, escribí, recordando que el templo primero está en el pecho -si está abierto-, “pino, montaña y silencio” —no en la colmena del último disfraz de moda. 

La expansión exprés de Halloween en las últimas décadas dice mucho de nosotros: somos fiesteros, sí, y con un cachondeo delicioso que te arregla una noche tonta. Pero si nos descuidamos, esa chispa se vuelve humo y nos quedamos sin lumbre propia. En Andalucía vivimos una paradoja: mientras proclamamos “soy católico” en un meme, mientras los bancos de muchas parroquias se vacían y el púlpito se muda a la pantalla.

En lo íntimo, yo prefiero otra cosa: una fe sin correa, ajena a dogmas o de Estados, una búsqueda que no firma nómina con ninguna institución. En Melodías sagradas lo llamé “Templos vacíos”: y el Maestro lo llamó sepulcros blanqueados hace dos mil años. 

¿Y qué tiene que ver esto con Halloween? Todo. La forma de festejar la muerte revela el modo de entender la vida. Andalucía no necesita pedir prestado a nadie un calendario de plástico; ya tiene memoria suficiente para sostener una vela propia.

Mire usted el fondo: Los Tartesios se llevaban a la tumba metales, marfiles, joyas e importaciones fenicias— e incluso carros y sacrificios animales. Al-Ándalus nos legó un trato sobrio de la muerte —sudario, humildad de la tumba sorbe la tierra—, una pedagogía de retorno que habla de dirección y de sentido.  La Bética romana nos dejó la gramática del recuerdo: epitafios, jardines funerarios y libaciones en los columbaria; un “seguir hablando con los suyos” que en Hispania tuvo acentos propios.

Y las Hermandades de Ánimas tejieron en los pueblos rosarios al caer la tarde, lámparas encendidas, colectas para misas por las almas. El patrimonio andaluz guarda sus arcas, estandartes, retablos. No es leyenda: está inventariado y se puede leer en el IAPH Repositorio

En Marchena, además, tenemos misterios, procesos inquisitoriales, huidas y retornos que hemos contado en nuestra revista.

 

 

Con este equipaje, ¿de verdad necesito una calabaza con led?. No me malinterpretes: que cada cual celebre lo que quiera; Pero una cosa es el chiste y otra la deriva. Si hoy nos disfrazamos sin preguntarnos por qué, mañana aplaudiremos el Año Nuevo chino en la Avenida —que ya se hace— y pasado mañana lo que toque, siempre que traiga focos y guasa. El problema no es la fiesta; es olvidar para qué celebra un pueblo y a quién le habla cuando enciende una vela.

Así que, sí: soy andaluz, por eso no celebro Halloween. Porque mi fiesta de los difuntos viene de más atrás y mira más adentro. Porque prefiero un rosario de Ánimas al scroll infinito, una flor en el camposanto a un plástico naranja, una lectura en voz baja a un grito enlatado. Y porque sé —no creo: sé— que si no cuidamos nuestra cultura y memoria, acabaremos consumidos por lo que consumimos.

Y Andalucía, con su mezcla sagrada de razón y fe, de mezquita, sinagoga e iglesia, no está para perder más luz. Que de luz vamos sobrados.

En resumen yo no soy partidario de celebrar fiestas ajenas mas que nada por no ser partícipe del neo colonialismo que además supone darle la espalda a nuestra propia cultura e identidad milenaria.