Un rostro pasa casi inadvertido en el altar de San Francisco Javier del antiguo templo jesuita de Marchena, hoy iglesia de Santa Isabel, y revela la sofisticación simbólica con que trabajaban los artistas de la Compañía de Jesús. Detrás del santo asoma un rostro humano pintado en tonos celestes, dentro de un medallón circular.
La figura, delicadamente modelada, parece emerger desde el fondo del retablo con expresión serena y mirada lateral. No está pintada en grisalla —como los relieves fingidos típicos del barroco— sino en un azul claro que recuerda el cielo o el reflejo lunar: la personificación de la Luna, elemento frecuente en los programas iconográficos jesuíticos.

El rostro celeste que observa en silencio desde el fondo del altar de San Francisco Javier no es una simple curiosidad artística. Es un eco del antiguo simbolismo jesuítico, una pieza de un sistema visual complejo en el que la Luna y el Sol dialogaban entre sí desde dos altares hoy separados. Redescubrirlos es volver a leer, en clave de luz y color, una parte olvidada de la historia espiritual y artística de Marchena.
Según el Catálogo del IAPH y la documentación de Juan Ramón Romero (2003, El patrimonio jesuítico en Marchena), el altar que hoy se conserva en Santa Isabel con esta imagen fue ejecutado por Tomás Miguel González Guisado hacia 1763, y su escultura principal —San Francisco Javier— es obra de Santiago Vázquez, discípulo de Duque Cornejo.
En el antiguo templo jesuita de Marchena, el altar que hacía “pareja” con el de San Francisco Javier era San Ignacio de Loyola justo enfrente. Ese retablo —el gemelo— se desmontó y hoy está en San Sebastián; allí se reutilizó como altar de San José, sustituyendo la imagen original de San Ignacio por la de San José y la figura de San Ignacio está en Santa María en un altar lateral.
Un lenguaje de símbolos en el arte jesuita
Los retablos de los templos jesuitas en Andalucía —Marchena, Écija, Osuna o Sevilla— fueron concebidos como lecciones visuales de teología y cosmología cristiana. Los artistas empleaban figuras, colores y disposiciones que sugerían un orden universal: el Sol y la Luna representaban la plenitud del día y de la noche, lo visible y lo invisible, la dualidad que Dios gobierna.
El altar perdido y la pista del Sol
El retablo de San José de San Sebastián proviene del antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena, regentado por los jesuitas hasta 1767. Ambos altares —el de San Ignacio y el de San José— formaban parte del mismo conjunto decorativo y compartían estructura, talla y programa simbólico.
Si el rostro celeste de Santa Isabel representa la Luna, es probable que tras la imagen de San José en San Sebastián se oculte el rostro del Sol, completando así el díptico simbólico original. La hipótesis concuerda con el uso jesuítico del simbolismo astral: San Ignacio como guía espiritual iluminado por la razón divina (Luz/Luna) y San José como modelo de paternidad y trabajo, vinculado al Sol que fecunda y da vida.
Con motivo de las celebraciones jesuíticas del primer tercio del XVII, el colegio de Marchena encargó una imagen de candelero de San Ignacio. La documentación conservada y la literatura local señalan que el “modelo” se relaciona con Montañés y que Francisco Pacheco intervino en la pintura de la cabeza (y manos). Esa imagen presidió el culto hasta que, en la reforma barroca de mediados del XVIII, se optó por nuevas esculturas de bulto (como las que hoy vemos en Santa Isabel). La pieza antigua no se destruyó: se desmontó y se conservó la cabeza, que terminó integrada en los fondos del Museo de San Juan.
Fuentes
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El Colegio de la Encarnación de Marchena (dossier histórico): “Cabeza de San Ignacio de Loyola. Martínez Montañés?/Francisco Pacheco, 1616. Parroquia de San Juan”. PDF. codexsa.com
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“Santa Isabel. Marchena” (estudio divulgativo con transcripciones): menciona el modelo de Montañés y la policromía de Pacheco; señala que la cabeza se conserva en el museo parroquial de San Juan. Scribd
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Artículo académico “El Colegio de la Encarnación de Marchena. De la Compañía de Jesús al Colegio de Santa Isabel”: confirma la existencia de la imagen de candelero y que su cabeza se conserva en San Juan. Academia

