El regreso del Auditorio Municipal Pepe Marchena a la vida cultural tuvo anoche su primera gran escena: Farruquito llevó a las tablas “Con-Cierto Flamenco”, un formato de cámara —baile, cante, guitarra y percusión— que apostó por la cercanía, la escucha y el pulso tradicional del baile gitano. Programado a las 20:30 dentro del nuevo Festival Flamenco ‘Duende’ de la Diputación, convirtió el escenario en un diálogo sin artificio, con la respiración del cuadro por encima de cualquier aparato escénico.
La propuesta, que el artista ha rodado en plazas nacionales e internacionales desde su estreno madrileño, se sostuvo sobre una premisa clara: cada intérprete sostiene su momento y el baile entra y sale como un compás que ordena todo lo demás. Es el sello de “Con-Cierto Flamenco”: un espectáculo de afinidades entre taconeo, toque y quejío, concebido como pequeñas escenas donde el tiempo se estira y se encoge según pide el cante.
En Marchena, esa mecánica funcionó: llamadas cortas, silencios tensos, cierres a compás y un final de desahogo festero.
En lo musical, el viaje transitó por palos mayores y de compás, siguiendo la curva dramática habitual de este título: solemnidad al comienzo, juerga medida al cierre soleá y seguiriya (centro de gravedad jondo) con tangos y bulerías como territorios de compás; asoman alegrías, fandangos, farruca o taranto, sin que el orden sea rígido. Anoche, esa estructura se percibió con claridad: el auditorio pasó de la densidad sobria de los palos grandes a un desenlace en bulerías, con palmas que empujaron el pie de Farruquito hacia un cierre rotundo.
La guitarra fue una segunda voz más que acompañamiento y sostuvo el fraseo del bailaor con falsetas cortas y cejillas móviles, modulando la tensión de cada entrada. El cante marcó las mareas: temple inicial, grana de la voz en los tercios hondos y remates a tiempo en los palos de ida y vuelta; cuando la percusión entró en diálogo con el zapateado, el escenario se convirtió en un metrónomo vivo.
Esa economía de medios —nada sobra— explica por qué este título ha calado en teatros como La Latina (Madrid) o Sadler’s Wells (Londres): no se trata de exhibición, sino de oficio y verdad.
“Con-Cierto Flamenco” wa una creación “entrañable y racial” que “cautiva y deslumbra”, aferrada a las raíces pero con tintes actuales. En Marchena esa consigna se tradujo en línea clásica del baile —planta, cintura, braceo y cintura baja—, subida de voltaje en los desplantes y cierres milimetrados. No hubo concesiones a la pirotecnia: el peso recayó en el compás y en la escucha mutua. El público respondió con una ovación larga, de esas que no estallan a la primera sino que crecen por oleadas, como si el auditorio en su reapertura necesitara recordar que nació para esto.
La noche tuvo, además, valor simbólico. El Auditorio Pepe Marchena reabrió este mes tras dos años de obras y lo hizo con un doble gesto: el 23 de octubre, con “Recordando a Marchena” —proyecto de Sandra Carrasco y David de Arahal que inauguró el recinto con lleno—, y ayer, con Farruquito como primera gran cita del Duende provincial.
‘Duende’, nuevo festival de la Diputación de Sevilla, circula este otoño por quince escenarios con precios populares y un cartel que suma nombres como María Terremoto, José Mercé, Israel Fernández, Argentina, Rafael de Utrera o José Valencia, entre otros. La parada de Marchena situó a la localidad en la semana grande del ciclo, con entradas disponibles tanto en Giglon como en taquilla municipal.
Por qué destacó: porque volvió a poner el foco en el cante como centro del baile, porque prescindió del aparato coral para devolver el protagonismo a la respiración del cuadro, y porque reabrió una sala que llevaba dos años en silencio con un compás clásico y sincero. En tiempos de producciones grandes, anoche Marchena aplaudió lo esencial: cante, guitarra, percusión y baile en estado de escucha. Eso —y no otra cosa— es lo que convierte a “Con-Cierto Flamenco” en un título con recorrido.


