El reciente descubrimiento del origen mexicano del Cristo del Consuelo de Osuna –un crucificado del siglo XVI restaurado en 2025 por David Arquillo– ha reavivado el interés por las imágenes conocidas como “cristos mexicanos” en Andalucía.
A los cristos ya documentados se suma ahora el mencionado Cristo del Consuelo de Osuna, perteneciente al Convento de San Pedro de las Madres Carmelitas.

El Cristo del Consuelo es un Crucificado del siglo XVI que pasó unos 20 años guardado en el convento de camelitas de San Pedro de Osuna, muy deteriorado y sin policromía. Fue trasladado a la Facultad de Bellas Artes de Sevilla, donde el profesor David Arquillo (Universidad de Sevilla) y su equipo lo han restaurado durante once años.
En la intervención se ha identificado su origen mexicano al estar hecho con fibras naturales procedentes de México. La imagen será bendecida este miércoles 15 de Octubre y quedará expuesta de forma permanente en el presbiterio del Convento de San Pedro (Carmelitas) con la nueva advocación de Cristo del Consuelo.
Las Carmelitas Descalzas ya estaban en Osuna en el convento de Santa Isabel (fundado por Isabel Méndez de Sotomayor) y, ante la incomodidad del emplazamiento intramuros, decidieron el traslado en 1564; desde 1575 se documenta su presencia en el nuevo monasterio de la Plaza de San Pedro. La fundación se considera la primera del I Duque de Osuna, realizada junto a su madre, Doña María de la Cueva.
Los primeros cristos novohispanos en Sevilla
Andalucía atesora algunos de los primeros crucificados llegados de México a Europa, especialmente en la provincia de Sevilla. Destaca un grupo de cuatro imágenes similares procedentes del taller fundado por Fray Pedro de Gante en Puebla de los Ángeles (Nueva España).
Según las investigaciones del historiador Fernando Villa Nogales, este fraile franciscano –pariente de Carlos V y primer misionero en Texcoco desde 1523– entrenó a artesanos indígenas en la talla de esculturas sacras. De sus talleres surgieron grandes crucifijos que se enviaron muy tempranamente a la metrópoli sevillana, aproximadamente en la década de 1520-1530.
Entre ellos se cuenta el Santísimo Cristo de San Pedro (Marchena) atribuido al taller poblano de Pedro de Gante. Documentos localizados en el Archivo de la Catedral de Sevilla indican que fue tallado por un artesano indígena y traído a España a principios del siglo XV. La imagen fue posteriormente repolicromada en el siglo XIX por Gabriel de Astorga. Fernando Villa subraya la importancia de este Cristo marchenero por ser una de las primeras obras de imaginería documentadas que llegaron de un taller indígena americano a España, confiriéndole un excepcional valor histórico-artístico.
Igualmente el Cristo de la Veracruz de Huévar del Aljarafe (Sevilla) donde también se le llama Cristo de la Sangre presenta la característica técnica y estilo compartidos con sus “gemelos” como el Cristo de la Veracruz de Carmona traído junto a los demás hacia 1520-1530 que perteneció a una antigua hermandad de Veracruz de Carmona. En 2021 fue expuesta en la muestra Tornaviaje: Arte Iberoamericano en España del Museo Nacional del Prado, que destacó su origen novohispano y su llegada a España en época temprana y tras la exposición, regresó a Carmona donde hoy se venera de nuevo. Por último, el Santísimo Cristo de la Sangre (Hermandad del Baratillo, Sevilla) que llegó a Sevilla en los años 1520 también pertenece a este grupo.
Cristos de pasta de caña en Cádiz: Jerez, Bornos y Chiclana
Con el avance del siglo XVI, se generalizó el envío a España de Cristos ligeros de caña de maíz fabricados por indígenas tarascos y nahuas. La técnica de la pasta de maíz, originaria de Michoacán, fue rápidamente adoptada por los frailes para producir figuras religiosas portables destinadas a templos y cofradías en la Península. Muchas hermandades sustituyeron a estos cristos por otros de talla, pero otras las conservan.
Fray Jerónimo de Mendieta alababa estas imágenes huecas de caña porque, “siendo del tamaño de un hombre muy grande, pesan tan poco que las puede llevar un niño”. Se sabe ya que la intención de traer tales esculturas no fue fortuita: además de promover la devoción, servía para exhibir en la propia España la capacidad artística y espiritual de los indios cristianizados, reforzando así las voces que defendían su dignidad.
La técnica de la pasta de maíz, originaria de Michoacán, fue rápidamente adoptada por los frailes para producir figuras religiosas portables destinadas a templos y cofradías en la Península. En la provincia de Cádiz, núcleo del comercio indiano junto a Sevilla, se documenta la llegada temprana de varios de estos crucifijos novohispanos:
Jerez
Actualmente se conservan tres crucificados de pasta de maíz en Jerez, todos del siglo XVI: el Cristo de la Salud del convento de Santo Domingo, el Cristo del convento de Madre de Dios, y el del convento de las Clarisas.
El Cristo de Santo Domingo fue restaurado por el IAPH, revelando su naturaleza hueca y liviana. El de Madre de Dios, de poco más de un metro de altura, fue identificado por el historiador Manuel Romero Bejarano y adscrito al “Taller de los Grandes Cristos de México”, demostrando que esos obradores indígenas producían imágenes de distintos tamaños según la necesidad.
Su pervivencia es excepcional, pues muchas cofradías sustituyeron con el tiempo estas obras “indianas” por otras de madera más robustas, una vez que pudieron costear esculturas barrocas de mayor tamaño. En Jerez también existieron otros crucificados de origen americano –por ejemplo, en la Hermandad de la Vera Cruz, en la de las Cinco Llagas o en San Benito– aunque no hayan llegado hasta nuestros días.
En Bornos se halla el Santísimo Cristo de la Vera-Cruz (llamado popularmente Cristo del Capítulo). Según un estudio del IAPH, es uno de los cristos de caña más antiguos documentados en España.
Durante su restauración se encontró en su interior papel manuscrito de códices novohispanos reutilizados como relleno, un hallazgo revelador de su procedencia. Un contrato notarial prueba que fue adquirido en Jerez en 1553 por los monjes jerónimos del monasterio de Bornos, a un particular recién llegado de las Indias.
En Chiclana de la Frontera, la Hermandad de la Vera Cruz fundada hacia 1576)– fue traído desde Veracruz (México) por un sacerdote local, el presbítero Pedro Pérez, en fecha imprecisa del siglo XVI. La imagen está construida en pasta de yute y médula de caña de maíz, empleando las técnicas escultóricas novohispanas.
Chiclana cuenta con otra notable efigie mexicana: el “Divino Indiano”, un Jesús Nazareno caído bajo la cruz, elaborado en 1674 con madera de quiote (tallo floral del maguey) en la Ciudad de México. Esta imagen fue donada en 1764 al convento de las Agustinas Recoletas de Chiclana por don Julián García del Pardo Cortés, un rico comerciante (cargador de Indias) gaditano. Ha permanecido en clausura hasta su reciente exhibición en la muestra Tornaviaje del Museo del Prado (2021).
En la ciudad de Córdoba el Santísimo Cristo de Gracia “El Esparraguero”, de la parroquia de los Trinitarios (Iglesia de Nuestra Señora de Gracia) fue donado en 1607 al convento trinitario por una benefactora llamada Francisca de la Cruz pero su origen es novohispano: la imagen fue realizada por indígenas en la ciudad de Puebla de los Ángeles, México. “El Esparraguero” presenta abundante policromía sanguinolenta –rasgo típico inculcado por los tarascos, para quienes el maíz y la sangre tenían valor sagrado y su gran tamaño (casi dos metros) lo emparenta con los Cristos de caña más tempranos. Hoy día sigue siendo uno de los crucificados más venerados de Córdoba y un ejemplo señero del mestizaje artístico entre México y Andalucía.
En Montilla se custodia el cristo de Zacatecas de pasta de caña traído desde Nueva España en 1576 por Andrés de Mesa, un montillano que hizo fortuna en México casado nada menos que con una nieta del conquistador Hernán Cortés, y que regresó a Montilla en el último tercio del XVI con numerosas riquezas y bienes, entre ellos un Cristo. La talla causó tal devoción en el pueblo que el propio Mesa decidió donarla el 10 de septiembre de 1576 a la Cofradía de la Santa Vera Cruz de Montilla.
Además hay otros siete cristos novohispanos identificados en la provincia de Córdoba como el Cristo de la Sangre de Lucena el Cristo de la Paz de Monturque.

