San Antonio no llegó solo a Sevilla como una devoción piadosa. Llegó también como una señal de identidad, como una contraseña de origen y como una forma de hacerse visible en una ciudad donde la fe pública podía abrir puertas, borrar sospechas o, al menos, intentar suavizarlas.
Dentro del amplio repertorio de devociones contrarreformistas, la comunidad mercantil lusa de Sevilla seleccionó una advocación específica para articular su identidad comunitaria y cimentar su defensa ideológica: San Antonio de Padua. La elección de este franciscano no fue un producto del fervor fortuito, sino una obra maestra de cálculo sociológico y encubrimiento criptojudío.
San Antonio operaba como un poderoso símbolo de cohesión nacional. Nacido en Lisboa a finales del siglo XII bajo el nombre secular de Fernando Martim de Bulhões, el santo constituía el emblema supremo de la identidad lusitana.
Patronizar a San Antonio permitía a la extensa red de comerciantes conversos reunirse legalmente, celebrar festividades conjuntas, mantener sus imprescindibles vínculos endogámicos comerciales e instaurar mutualidades de asistencia financiera bajo el manto protector e inatacable de una hermandad católica.
Al propagar frenéticamente la iconografía de San Antonio, los judeoconversos de Sevilla se apropiaban visualmente del milagro que legitimaba la Eucaristía, imposibilitando a los inquisidores sostener la acusación de profanadores del sacramento contra los principales promotores de su veneración.
La máxima cristalización de esta maquinaria de disimulo arquitectónico en Sevilla fue la fundación, sostenimiento y exorno de la fastuosa Capilla de la Nación Portuguesa, erigida en el inmenso Convento Casa Grande de San Francisco.
Las negociaciones fundacionales se iniciaron en el verano de 1594, cuando un grupo de acomodados comerciantes encabezados por Simón Freyle de Lima acordó la compra de una vasta parcela en el compás (atrio) del monasterio franciscano por la nada desdeñable cifra de 1.700 ducados. En un primer momento táctico, la congregación se puso bajo la advocación de «Las Cinco Llagas de Nuestro Señor Jesucristo».
El dispendio económico desplegado en la fábrica del edificio fue sobrecogedor. La «traza y modelo» fueron encargados a Asensio de Maeda, a la sazón Maestro Mayor de la Catedral de Sevilla, garantizando un empaque arquitectónico del más alto nivel.
Entre los siglos XVI y XVII, Sevilla fue puerto y frontera del mundo atlántico. A sus calles llegaron mercaderes portugueses, financieros, tratantes, hombres de negocio y familias que buscaban prosperar bajo la sombra poderosa del comercio americano. Muchos de ellos procedían de ambientes judeoconversos y vivían en una sociedad donde la limpieza de sangre pesaba tanto como el dinero, el apellido o la fe.
Sevilla, entonces metrópoli del comercio de Indias, vio florecer casas mercantiles lusas: en la céntrica calle Sierpes se hablaba más portugués que otra lengua debido a la concentración de comerciantes conversos allí establecidos.
A pesar de su inmenso poderío económico, esta élite financiera padecía una fragilidad social crónica. En el imaginario barroco europeo, el término «portugués» mutó hasta convertirse en un sinónimo absoluto de «judío» o «judaizante». La riqueza generada por sus actividades mercantiles quedaba ensombrecida por la tacha indeleble de su ascendencia, empujándolos a diseñar un teatro de operaciones urbanas destinado a lavar su imagen y forzar su aceptación social.
En ese contexto, la devoción a San Antonio, santo portugués por excelencia, pudo funcionar como algo más que una expresión religiosa. Financiar capillas, favorecer conventos, sostener obras pías o mostrarse como cristianos ejemplares era también una estrategia de integración social. No bastaba con tener fortuna: había que demostrar honor, ortodoxia y pertenencia.
La calle Sierpes
El centro de gravedad de esta pujante oligarquía financiera lusa se estableció en la collación de San Salvador y, de forma muy específica, en la calle Sierpes. Esta vía constituía la arteria comercial más prestigiosa de Sevilla, un enclave estratégico desde donde se dominaba el mercado fletador indiano y se exhibía el estatus social. No obstante, habitar el corazón económico de la ciudad implicaba someterse al constante escrutinio de la nobleza rancia y de las envidias del vulgo.
Los judeoconversos portugueses, muchos de ellos descendientes de judíos castellanos expulsados en 1492, habían acumulado una notable influencia y riqueza en Portugal. Olivares les ofreció la posibilidad de establecerse en España y participar en actividades financieras, como la concesión de préstamos a bajo interés y el comercio, áreas en las que tenían amplia experiencia.
La respuesta de los comerciantes criptojudíos de la calle Sierpes a esta presión ambiental no fue el retraimiento, sino una ofensiva de mecenazgo ostentoso y ortopraxia religiosa. El evento más elocuente de esta táctica de defensa pública acaeció durante la festividad del Corpus Christi del año 1594. Ante el recrudecimiento de las maledicencias populares que los acusaban de mantener en secreto la fe mosaica, la «nación portuguesa» residente en la calle Sierpes decidió costear una fastuosa e inaudita decoración efímera para el paso de la procesión sacramental.
Los portugueses transformaron la calle en «un pedazo de olorosa gloria», revistiendo los muros con ramajes que simulaban un frondoso bosque místico. La verdadera brillantez de la estrategia residió en su disposición iconográfica: los mecenas ordenaron erigir catorce pasos escultóricos que representaban escenas del Antiguo Testamento, intercalados con figuras de los profetas bíblicos. Frente a estos, en perfecta simetría teológica, se alinearon otros catorce pasos ilustrando pasajes del Nuevo Testamento, eslabonados por sibilas.
Los propios comerciantes financiaron al licenciado Reyes Messía de la Cerda para que documentara el evento en sus Discursos festivos. En dicho tratado, que incluyó decenas de folios e ilustraciones, el autor explicitó el objetivo del patrocinio clamando: «Callen las envidiosas lenguas que sin temor de Dios a la portuguesa nación infaman».
Las grandes sagas familiares de judeoconversos portugueses utilizaron sus vastos recursos para borrar su pasado, esquivar los estatutos de pureza de sangre e infiltrarse en los estratos nobiliarios. El mecanismo predilecto para alcanzar este fin fue la compra de señoríos, la adquisición de patronatos en iglesias y conventos, y la financiación de genealogías literarias a medida.
En la provincia de Sevilla y zonas cercanas, los conversos igualmente destacaron en oficios artesanales (por ejemplo, como sastres o zapateros) y en actividades comerciales. Muchos utilizaron sus conexiones internacionales para el tráfico mercantil, beneficiando a las ferias y mercados locales. Su presencia también enriqueció la vida cultural y social, si bien a menudo mantuvieron perfil discreto por temor a recelos.
La trayectoria de la familia Cortizos ilustra a la perfección esta ambiciosa escalada social. Manuel Cortizos, nacido en Valladolid de padres judeoconversos procedentes de Bragança, amasó una fortuna incalculable gracias a la lana, las especias y el arrendamiento de impuestos reales. Para transmutar su identidad de oscuro mercader sospechoso a cortesano inmaculado, Manuel adquirió el señorío de Arrífana en el Algarve y comenzó a erigir ermitas.
Comprendiendo la importancia de reescribir la memoria histórica, financió la publicación de la Población general de España (1645) del autor Rodrigo Méndez Silva, una obra concebida explícitamente para dotar a la familia Cortizos de un ilustre árbol genealógico forjado e insertarlos discursivamente en la cercanía de la reina Isabel de Borbón.
Cuando la maquinaria inquisitorial amenazó a la familia —abriendo procesos contra parientes directas como Luisa Hierro de Castro y Mencía de Almeida—, Sebastián Cortizos, hermano y sucesor de Manuel, paralizó la ofensiva mediante un acto de mecenazgo irrefutable. En 1653, adquirió el patronato de la iglesia conventual de Don Juan de Alarcón en Madrid y financió íntegramente su majestuosa reconstrucción, finalizada tres años después.
Las investigaciones históricas cifran el gasto de la congregación mercantil en la construcción de la capilla en unos exorbitantes 30.000 ducados (al margen del costo de los terrenos), una inyección de capital tan vasta que posibilitó a la comunidad franciscana pavimentar íntegramente su inmenso Claustro Grande con ricos mármoles traídos de Génova.
Como Puerto de Indias y epicentro del comercio atlántico, la urbe hispalense actuó como un imán para la llamada «Nación Portuguesa», una comunidad mercantil de origen luso que, si bien dinamizó las finanzas imperiales, se vio obligada a articular sofisticadas estrategias de camuflaje teológico y social para eludir el escrutinio del Santo Oficio y de una sociedad castiza profundamente hostil hacia los conversos en general y a los portugueses en particular.
Erigirse en el principal sostén financiero de una institución eclesiástica capital operaba como un salvoconducto político que coartaba la capacidad de acción de los tribunales del Santo Oficio.
Geopolítica de la Nación Portuguesa en Sevilla
Durante el gobierno del Conde Duque de Olivares (1621-1643), muchos cristianos nuevos de origen judío portugués fueron bienvenidos de nuevo a España con incentivos, como préstamos a bajo interés ofrecidos a la Corona. Esto permitió que familias conversas se establecieran en Andalucía, incluyendo Sevilla y localidades de su provincia como Marchena. Olivares buscaba así fomentar la economía del Imperio, aprovechando la riqueza y redes comerciales de estos mercaderes portugueses.
Como resultado de estas políticas, la colonia portuguesa se erigió en la principal minoría no castellana de Sevilla. Los censos elaborados a mediados del siglo XVII, incluso tras la sublevación y separación de Portugal en 1640, arrojaban la asombrosa cifra de 3.808 vecinos casados de origen luso residiendo en la capital andaluza.
En el arrabal marinero de Triana, a la vera del Guadalquivir, se había establecido durante el siglo XVI una nutrida colonia de navegantes, pilotos y expertos mareantes portugueses atraídos por las infinitas posibilidades laborales que brindaba la Carrera de Indias.
Entre ellas destacaba el linaje de los Conquero-Ramallo, originarios de la localidad algarvía de Tavira y de probada estirpe judeoconversa. Lejos de gravitar hacia la ostentosa «nación portuguesa» o afiliarse a la Capilla de San Antonio en el centro urbano, familias como los Conquero rehusaron cualquier vinculación con estas instituciones.
Su método de supervivencia fue la infiltración capilar en las estructuras más castizas del tejido social local.
En primer lugar, se insertaron activamente en las corporaciones sociolaborales locales, logrando figuras como Melchor Váez erigirse en uno de los miembros fundadores de la influyente Cofradía de Mareantes, que aglutinaba a la élite náutica de la ciudad. En segundo lugar, y de manera crucial, libraron una dura batalla legal en el seno de la Parroquia de Santa Ana de Triana para superar los restrictivos exámenes de «limpieza de sangre», un hito jurídico que los certificaba oficialmente ante la sociedad sevillana como «cristianos viejos» exentos de toda mácula judaica.
A lo largo de una evolución secular, estas familias fueron abandonando progresivamente los duros oficios del mar para reinvertir sus ganancias navales en juros, especulación inmobiliaria y rentas seguras. Para la cuarta o quinta generación, el rastro de su origen portugués y su pasado criptojudío se había desvanecido por completo, subsumidos exitosamente en el patriciado urbano de la Sevilla barroca
La masiva presencia de portugueses en Sevilla no puede desligarse de las convulsiones políticas y religiosas que sacudieron la Península Ibérica desde finales del siglo XV. La expulsión de los judíos de Castilla y Aragón en 1492 y las posteriores conversiones forzosas dictadas en Portugal en 1497 crearon una vasta población de «cristianos nuevos» que mantuvieron, en muchos casos, un apego clandestino a la Ley de Moisés (criptojudaísmo).
El establecimiento del Tribunal del Santo Oficio en Portugal en 1536 desencadenó sucesivas oleadas migratorias hacia territorios castellanos, donde paradójicamente, la Inquisición española, tras haber diezmado a sus propios judaizantes en décadas anteriores, presentaba en ciertas zonas un menor rigor inicial hacia los recién llegados. Esta permeabilidad se acentuó durante la Unión de Coronas (1580-1640), periodo en el que las fronteras imperiales se diluyeron, facilitando a los mercaderes lusos el acceso directo a la Carrera de Indias.
Los reinados de Felipe III y Felipe IV emitieron sucesivos perdones generales y edictos de gracia (entre 1601 y 1610, y nuevamente a partir de 1627) que permitieron a los conversos abandonar Portugal a cambio de astronómicos donativos económicos. El conde-duque de Olivares, valido de Felipe IV, orquestó la sustitución sistemática de los banqueros genoveses por estos «hombres de negocios» y asentistas portugueses, a quienes entregó el control de los préstamos a la Corona, el arrendamiento de aduanas reales y el lucrativo monopolio del tráfico transatlántico de esclavos.
lEn Córdoba, por ejemplo, se estima que un 80% de los encausados por la Inquisición por judaizar en matrimonios conversos eran de origen portugués, signo de la numerosa comunidad converso-portuguesa allí – algunos incluso nacidos en Marchena. En ciudades medias como Écija se detectaron asentamientos conversos ya a fines del XVI (35 personas en 1593, la mayoría recién avecindadas).
Diversas fuentes atestiguan cómo bolsas de portugueses judaizantes que huían de la persecución establecieron refugios estables en zonas agrícolas y villas del interior de Andalucía, tales como Bujalance (en el vecino Reino de Córdoba), el Condado de Niebla o extensas áreas del Aljarafe sevillano. En estos pequeños núcleos, los conversos lograban disimular con asombrosa eficacia su verdadera naturaleza religiosa gracias al estricto cumplimiento de los preceptos católicos de cara a la galería, acudiendo rigurosamente a misa cada domingo e integrándose en las cofradías parroquiales, lo que les permitía preservar sus ancestrales creencias en el opaco ámbito doméstico.
Familias conversas destacadas en Marchena en el siglo XVII
En Marchena, bajo el amparo de los duques de Arcos, también residieron familias de judeoconversos que dejaron huella en la comunidad local. Entre las más notables se encuentran:
La Familia Rodríguez de España: Apellido de origen judío establecido en Marchena en el siglo XVII. Varios miembros nacieron en Marchena y posteriormente se trasladaron a Lucena, conectando con la activa comunidad conversa de esa ciudad. Dedicados al comercio, los Rodríguez de España forjaron redes mercantiles entre Marchena, Córdoba y Lucena
Sin embargo, sufrieron la persecución inquisitorial: Domingo Rodríguez de España (mercader nacido en Marchena) salió reconciliado con sambenito y cárcel en el Auto de Fe de 1665, condenado por prácticas judaizantes. Su madre, Beatriz de los Reyes, había sido juzgada por la Inquisición de Lucena en los años 1660 (condenada “en estatua”, es decir, en efigie). Esta familia demuestra cómo los conversos marcheneros participaron en el comercio regional pero terminaron bajo sospecha religiosa.
Juan Luis López y familia: Mercader de origen converso avecindado en Marchena a finales del siglo XVII. Fue objeto de un sonado proceso inquisitorial en 1691. Natural de Madrid y casado en Marchena con Josefa Herrera, fue acusado de judaizante (“descendiente de judíos”) y murió encarcelado antes de que el tribunal lo condenara a muerte por herejía. El caso surgió por las denuncias de una criada y una cuñada, quienes relataron que la familia López observaba ritos sospechosos: se encerraban por las noches en el sobrado de la casa, comían gallina los sábados y se oían golpes extraños durante sus reuniones.
Estos indicios de prácticas judaicas llevaron a la Inquisición a actuar, mostrando la fragilidad de la posición de los conversos incluso en villas pequeñas como Marchena. La familia López, activa en el comercio local, perdió sus bienes tras la condena, ejemplificando el riesgo constante para los conversos adinerados.
Blanca Rodríguez y José Hernández: Matrimonio de conversos portugueses residentes en Marchena a inicios del siglo XVII. Sus nombres aparecen entre los condenados por el Tribunal de Córdoba, habiendo logrado ocultar su ascendencia durante un tiempo Finalmente fueron descubiertos y penados levemente en un Auto de Fe: en 1627 ambos fueron sentenciados a llevar hábito penitencial y un año de cárcel
Este caso temprano sugiere que Marchena ya contaba con familias de nuevos cristianos portugueses desde la década de 1620, integradas superficialmente en la comunidad (José era zapatero de oficio) hasta ser alcanzadas por la represión religiosa.
Familia Ramírez de Cartagena son un ejemplo de conversos que alcanzaron alto estatus en Marchena. De origen judeoconverso, los Ramírez de Cartagena se convirtieron en una saga de servidores de la casa ducal de Arcos durante los siglos XVI-XVII. Ocupaban cargos clave en la administración señorial: tesoreros, alcaldes mayores, corregidores y regidores en plazas importantes como Arcos, Mairena del Alcor y la propia Marchena. Su prolongada lealtad a los duques les permitió ascender socialmente, obteniendo títulos de hidalguía pese a la mancha de sangre conversap
Necesitaron expedientes de limpieza de sangre para sortear prejuicios, pero finalmente consolidaron su poder local e incluso obtuvieron el marquesado de Cartagena en 1799, ya plenamente integrados en la nobleza. Aunque no fueron perseguidos por la Inquisición (gracias a su protección nobiliaria), su historia refleja otra faceta de los conversos influyentes de Marchena: la de aquellos que sirvieron a la élite gobernante y lograron prosperar dentro del sistema, camuflando u olvidando con el tiempo su ascendencia hebrea.
Represión inquisitorial en la región tras el auge converso
La tolerancia pragmática de los años de Olivares dio paso, en la segunda mitad del siglo XVII, a una dura reacción religiosa. Tras la caída del Conde-Duque en 1643 y especialmente después de la secesión de Portugal (1640), se desató un rebrote del celo inquisitorial enfocando a los cristianos nuevos portugueses como blanco principal
Las autoridades del Santo Oficio, ahora sin el freno político de Olivares, emprendieron campañas sistemáticas contra las comunidades conversas andaluzas. Ya en 1627 tuvo lugar un masivo Auto de Fe en Córdoba donde un grupo de portugueses judaizantes – asentados en Bujalance – fue delatado y procesado en conjunto .
En ese Auto cordobés se estimó que también había reos originarios de Lucena y Marchena, cuyos nombres quedaron expuestos en los lienzos infamantes del tribunal. A lo largo de las décadas siguientes, las redes conversas de la región fueron diezmadas por procesos inquisitoriales: familias como los España de Marchena-Lucena enfrentaron juicios con penas de cárcel, sambenitos y destierros; otros, como Juan Luis López en Marchena, directamente perdieron la vida y bienes en prisión
La Inquisición en Sevilla y su entorno intensificó su actividad contra conversos portugueses, sospechando de herejía tras la ruptura con Portugal. Se multiplicaron los autos de fe públicos donde los penitenciados abjuraban o eran castigados, lo que sembró el terror entre las familias conversas. Muchos optaron por huir, otros buscaron arreglos discretos o la protección de nobles. En Marchena operaba un comisario del Santo Oficio (por ejemplo, Don Diego de Barragán en 1656) encargado de investigar y coordinar las denuncias locales.
Para finales del siglo XVII, la comunidad judeoconversa andaluza había quedado mermada y silenciada por el escarmiento inquisitorial.
No obstante, la huella de aquellos conversos perduró en apellidos locales, en leyendas familiares y en ciertos legados económicos (p. ej. créditos no devueltos o propiedades vacantes).
Marchena, que en el pasado acogió a judíos y conversos bajo protección señorial, sufrió igualmente este ciclo de esplendor económico seguido de persecución, viendo cómo sus conversos influyentes pasaban de ser impulsores de la vida comunitaria a víctimas de la intolerancia institucional
Fuentes: Investigaciones históricas recopiladas en Marchena Secreta por José A. Suárez (archivos inquisitoriales y estudios académicos), así como tesis y obras sobre conversos andaluces (Marcos R. Cañas Pelayo, 2016; Juan Gil, 2001). Estas evidencias documentales y estudios confirman la notable presencia de judeoconversos en Marchena y Sevilla durante el Siglo de Oro, su contribución socioeconómica y el trágico desenlace represivo que vivieron a manos de la Inquisición.
Autores como Antonio Enríquez Gómez —quien imprimió obras bajo el nombre de su hijo o se exilió para seguir escribiendo— demostraron cómo la pluma podía ser un arma de disimulación. No obstante, el paralelismo más extraordinario con las estrategias devocionales de los mercaderes de Sierpes lo protagonizó el eximio novelista Mateo Alemán.
Mateo Alemán encarnaba a la perfección las tribulaciones del converso sevillano. Descendiente de una rica dinastía de médicos y mercaderes judeoconversos (la familia «Enero» o «De Nero», apellido delatador en la Sevilla del Quinientos), Alemán soportó el constante rechazo del sistema estamental a pesar de su inmenso talento. En 1582 se le denegó el ansiado permiso para emigrar al virreinato del Perú al ser incapaz de superar las pruebas de pureza de sangre debido a sus innegables antecedentes judaicos. Recluido cíclicamente por problemas de deudas comerciales y destituido de cargos en la administración, su genial y amarga novela picaresca, el Guzmán de Alfarache (cuya Primera Parte vio la luz en 1599), destilaba un pesimismo estructural que alertó rápidamente a la férrea censura eclesiástica.
En 1604, en el mismo instante histórico en que la nación portuguesa hispalense firmaba los acuerdos para levantar su magnífica capilla en el monasterio de San Francisco, Mateo Alemán financió y publicó en Sevilla una magna obra hagiográfica titulada San Antonio de Padua.
Alemán, el sospechoso autor de origen judío, proclamaba al orbe su inquebrantable adhesión a la teología tridentina y, muy especialmente, al dogma de la Eucaristía que sus ancestros habían rechazado. El libro fue concebido para dignificar su maltrecho estatus social y actuar como pararrayos preventivo para salvaguardar la Segunda parte del Guzmán de Alfarache, editada también ese mismo año.
Alemán logró alterar su genealogía (adoptando falazmente el apellido «Ayala» y fingiendo viajar para asistir a un falso pariente minero), logrando por fin zarpar hacia México en 1608 bajo la sombra protectora del arzobispo García Guerra

