La arriería fue durante siglos uno de los pilares económicos y sociales de la Baja Andalucía. Entre los siglos XVIII y XX, antes de la generalización del ferrocarril y del transporte motorizado, los arrieros constituyeron el principal sistema de transporte de mercancías entre los centros agrícolas de la Campiña y los mercados urbanos, garantizando el abastecimiento de productos básicos y la conexión entre territorios.
El término arriero procede de la voz de mando “arre”, utilizada para estimular a las bestias de carga. El oficio estaba íntimamente ligado al manejo de animales, principalmente mulas y asnos, organizados en recuas o arrias, es decir, conjuntos de animales destinados al transporte de mercancías. Cuando estos animales marchaban atados en fila recibían el nombre de reata, una disposición que facilitaba el tránsito por caminos estrechos o de difícil acceso.
La organización de la recua respondía a una estructura precisa. En cabeza marchaba la “liviana”, la mula más experimentada, que guiaba al resto del grupo. Este animal solía portar cascabeles o cencerros cuyo sonido servía como referencia para el arriero y para las demás bestias, permitiendo mantener el ritmo del viaje incluso en condiciones de escasa visibilidad.

La eficiencia del sistema dependía en gran medida del animal empleado. En Andalucía la mula se convirtió en el principal motor de transporte debido a su resistencia al calor, su capacidad para soportar terrenos abruptos y su menor necesidad de alimento en comparación con el caballo o el buey. Cada animal podía transportar entre 90 y 130 kilos, distribuidos de forma equilibrada a ambos lados de la albarda para evitar lesiones.
El equipamiento de las recuas formaba parte de una auténtica cultura técnica vinculada al mundo rural. Los albarderos, artesanos especializados, fabricaban los aparejos utilizando cuero, paja y esparto. Entre los utensilios más habituales se encontraban la albarda, que protegía el lomo del animal; los serones, grandes cestas para transportar grano, aceitunas o carbón; las aguaderas, utilizadas para llevar cántaros de agua o vino; y las angarillas, destinadas a cargas voluminosas o frágiles.
Los estudios históricos basados en fuentes como el Catastro de Ensenada de 1752 muestran la relevancia social de este oficio. En localidades de la Campiña sevillana como Arahal se registraban hasta sesenta arrieros, lo que convierte al transporte en uno de los sectores económicos más importantes tras la agricultura. Sin embargo, la mayoría de los arrieros combinaban esta actividad con otros oficios para complementar sus ingresos, como la panadería, la barbería o la gestión de molinos.
El sistema de transporte estaba estrechamente ligado a la especialización productiva de cada localidad. Écija y Carmona funcionaban como grandes centros cerealistas, mientras que Morón de la Frontera destacaba por el transporte de cal y aceitunas. Por su parte, Marchena y Arahal se consolidaron como núcleos importantes en la distribución de productos de huerta, aceite y panadería, gracias a su posición estratégica en los caminos que conectaban Sevilla con Córdoba y Granada.
Los arrieros no solo transportaban mercancías agrícolas. En sus viajes de regreso desde Sevilla llevaban también productos coloniales y de ultramarinos, como azúcar, café, especias o pescado en salazón, además de sal procedente de las salinas gaditanas, fundamental para la conservación de alimentos.
La llegada del ferrocarril a finales del siglo XIX supuso un desafío para este sistema tradicional de transporte. Sin embargo, la arriería continuó activa durante décadas porque el tren no podía llegar a todos los lugares. Los arrieros resolvían el problema logístico de la llamada “última milla”, llevando las mercancías desde los cortijos o molinos hasta las estaciones o los mercados urbanos.
En este entramado comercial, Marchena desempeñó un papel destacado como punto de descanso y encuentro de los transportistas. La histórica Calle de los Mesones concentraba posadas con grandes patios donde podían alojarse las recuas y abrevar los animales. Allí se reunían arrieros procedentes de diferentes puntos de la Campiña antes de continuar su viaje.
En el centro de la localidad existían establecimientos de mayor categoría, como la conocida Fonda de Zapico, donde tratantes, comerciantes y transportistas negociaban precios de cosechas, compraventa de animales y acuerdos comerciales. Estos espacios funcionaban como auténticos centros de intercambio económico y de información.
Además de transportar mercancías, los arrieros actuaban como mensajeros y transmisores de noticias entre los pueblos. En una época sin telecomunicaciones, eran portadores de recados personales, dinero o correspondencia, y su reputación se basaba en la honradez y en el valor de la palabra dada.
La vida de estos transportistas también quedó reflejada en la literatura. Durante sus recorridos por la Campiña sevillana como comisario de abastos, Miguel de Cervantes conoció de primera mano el ambiente de ventas, caminos y arrieros que más tarde inspiraría escenas y personajes de sus obras.
Con la progresiva modernización del transporte durante el siglo XX, el oficio fue desapareciendo, pero su huella permanece en la memoria colectiva, en la toponimia de muchas calles y en la historia económica de Andalucía. Durante siglos, la arriería permitió que los pueblos de la Campiña sevillana mantuvieran un flujo constante de productos y noticias, convirtiéndose en una pieza clave para el desarrollo del territorio.

