La plaza de toros de la Real Maestranza volvió anoche a convertirse en territorio flamenco. La XXIV Bienal de Flamenco de Sevilla abrió su programación con El mundo por montera, una propuesta concebida por Andrés Marín y Luis Ybarra que miró hacia los años veinte del pasado siglo para recuperar uno de los momentos decisivos en la transformación del flamenco en un espectáculo popular y de masas.
En la raíz misma de esa mirada estaba Pepe Marchena.
El mundo por montera’ tomó como punto de partida la Ópera Flamenca y el esplendor del flamenco escénico de los años 20 para mirar aquel legado desde el presente y celebrar todo lo que el arte jondo ha sido capaz de crear desde entonces.
La Gala de la XXIV Bienal reunió a José Mercé, José el de la Tomasa, Martirio, Arcángel, La Tremendita, Ángeles Toledano, El Perrete y Manuel de la Tomasa, junto al Ballet Flamenco de Andalucía con Patricia Guerrero. Al toque, Manolo Franco, Alfredo Lagos y David de Arahal; al saxofón, Juan Jiménez y Alfonso Padilla; a la percusión, Daniel Suárez; y a las palmas, El Oruco y Abel Harana, bajo la dirección artística de Andrés Marín y Luis Ybarra.
La idea inicial del proyecto nació precisamente alrededor del cantaor marchenero y del cincuentenario de su muerte. A partir de ahí el planteamiento fue creciendo hasta abarcar toda una generación decisiva, la de los artistas que durante los años veinte y treinta llevaron el flamenco fuera de sus espacios tradicionales y conquistaron teatros, cines, plazas de toros y grandes públicos.
Por eso El mundo por montera no planteó una biografía escénica de Marchena ni un homenaje construido exclusivamente sobre sus cantes. La intención fue más amplia: reconstruir el espíritu de una época en la que nombres como La Niña de los Peines, Manuel Vallejo, Pepe Pinto, el Cojo de Málaga, Carbonerillo, José Cepero, Niño Caracol, Ramón Montoya, Niño Ricardo y el propio Niño de Marchena ayudaron a cambiar para siempre la dimensión social y artística del flamenco.
La elección de la Maestranza resultaba especialmente significativa. Hace un siglo, las plazas de toros se habían convertido en algunos de los grandes espacios donde el flamenco comenzó a abandonar el ámbito reducido para presentarse ante miles de espectadores. El ruedo sevillano funcionó así como algo más que un escenario: fue también una evocación del momento histórico en que el cante comenzó a conquistar grandes aforos y a fabricar auténticas estrellas populares.
La noche comenzó con los saxofones de Juan Jiménez y Alfonso Padilla, encargados de abrir un paisaje sonoro del que emergía la memoria de Pastora Pavón, La Niña de los Peines. Manolo Franco estuvo a la guitarra, acompañado por El Oruco y Abel Harana a las palmas.
Después llegó Voz de alarma, un recorrido por distintos territorios del cante en las voces de Ángeles Toledano, El Perrete y Manuel de la Tomasa, acompañados por David de Arahal, Alfredo Lagos y la percusión de Daniel Suárez. La propuesta alternó generaciones y maneras distintas de entender el flamenco, construyendo un diálogo permanente entre memoria y presente.
Uno de los momentos de mayor fuerza visual llegó con El cerco y la luna, sobre la granaína y media y con Patricia Guerrero y Eduardo Leal en el baile. Después tomó el ruedo el Ballet Flamenco de Andalucía con La mano aquí, en este caso sí con una referencia histórica concreta a Manuel Vallejo, recordando el centenario de la concesión de la segunda Llave de Oro del Cante y la importancia alcanzada por el cantaor sevillano en aquellos años.
La gala continuó recorriendo diferentes universos flamencos. Rosario La Tremendita se adentró en la petenera; Arcángel transitó por los cantes de ida y vuelta; Martirio recuperó ese espacio fronterizo en el que hace un siglo se encontraron el flamenco, el cuplé y las varietés; José de la Tomasa llevó la noche hacia la soleá y José Mercé profundizó finalmente en la seguiriya.
Más que levantar un espectáculo alrededor de un solo protagonista, El mundo por montera quiso reconstruir una época completa. Una época en la que el flamenco descubría nuevas formas de difusión, nuevos públicos y nuevos formatos artísticos mientras el disco y las primeras grabaciones eléctricas empezaban a modificar radicalmente la manera de escuchar el cante.
El final desembocó en los fandangos, un género imprescindible para comprender aquella revolución. Si apenas unos años antes determinados sectores habían mirado con recelo estas formas más populares, durante la etapa de la denominada Ópera Flamenca el fandango terminó convertido en uno de los grandes vehículos de expansión del género.
Y es precisamente ahí donde la figura de Pepe Marchena adquiere todo su peso.
En 1926 el Niño de Marchena se incorporó a los espectáculos organizados por el empresario Vedrines, uno de los nombres fundamentales de aquella nueva industria flamenca. Marchena se convirtió muy pronto en uno de sus grandes protagonistas y en una figura capaz de llenar teatros y plazas, grabar discos y proyectar una imagen artística reconocible por un público cada vez más amplio.
Su presencia en El mundo por montera no se produjo mediante un número individualizado ni a través de una interpretación concreta anunciada como homenaje a su repertorio. Su presencia fue más profunda. Marchena estaba en la propia idea del espectáculo.
Estaba en esa transformación del cantaor en figura pública; en el salto del flamenco desde espacios reducidos hacia grandes escenarios; en la consolidación del fandango; en la importancia creciente del disco y de la industria musical; y en aquella manera de presentarse ante el público con una estética moderna y cuidada.
Pepe Marchena entendió pronto que un artista flamenco podía construir también una imagen propia. Vestuario, elegancia, repertorio y personalidad escénica formaban parte de una concepción nueva del cantaor, comparable a la transformación que otras figuras populares estaban desarrollando en géneros como el tango.
Aquella apuesta no siempre fue comprendida. Durante décadas, la llamada Ópera Flamenca fue presentada en determinados relatos como un periodo de decadencia frente a una supuesta pureza anterior. Hoy esa lectura está siendo revisada. Aquellos artistas fueron capaces de expandir el género, multiplicar sus públicos, aprovechar los nuevos medios técnicos y convertir el flamenco en una manifestación artística conocida mucho más allá de sus ámbitos tradicionales.
Marchena fue uno de los grandes protagonistas de ese proceso.
Por eso había algo profundamente simbólico en contemplar anoche la Maestranza ocupada nuevamente por el flamenco. Cien años después, el género regresaba a uno de aquellos grandes espacios para mirar hacia el momento en que artistas como Pepe Marchena contribuyeron decisivamente a convertirlo en fenómeno popular.
La gala terminó en ambiente de fiesta, con los fandangos y la romería final de Tó er’mundo. Pero por debajo de esa celebración permanecía una reflexión histórica mucho más profunda.
Pepe Marchena no necesitó aparecer representado sobre el escenario para estar presente.
Estaba en el flamenco que aprendió a dirigirse a miles de espectadores, en el artista que empezó a comprender el valor de la imagen, en la revolución del disco, en el auge del fandango y en aquella generación que decidió salir al mundo sin pedir permiso.
Y estaba también en el propio origen de El mundo por montera, un espectáculo nacido inicialmente de la voluntad de recordar su figura y que terminó ampliando la mirada hacia todo el universo artístico del que Marchena fue uno de sus protagonistas esenciales.
Anoche, en la Maestranza, Sevilla volvió a mirar hacia aquellos años. Y al hacerlo volvió inevitablemente a mirar también hacia Marchena.