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La Divina Pastora iluminó la noche del barrio viejo: un rebaño de almas bajo su cayado

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La procesión de Gloria estrenó relicario de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús y nueva vestimenta del Buen Pastor Soberano, con un exorno floral que transformó las calles en monte sagrado.

El barrio mas viejo de Marchena vivió una de sus citas más esperadas con la procesión triunfal de la Divina Pastora de las Almas, que recorrió desde las 19:30 horas las principales calles del centro histórico. Bajo la claridad aún del día y hasta la llegada de la noche, la imagen avanzó entre plegarias y música, acompañada por su redil que la reconoció como guía y protectora de su pueblo.

La procesión tuvo como principal novedad la incorporación, en la delantera del paso, del relicario de la Beata Madre Carmen del Niño Jesús, donado a la Asociación el pasado 30 de mayo por la Congregación de Hermanas Franciscanas de los Sagrados Corazones.

Además, el Buen Pastor Soberano estrenó vestimenta diseñada y donada por Ana Pérez Fraile: camisa de batista cruda con botones de nácar, zamarrita de borrego con croché plateado y pantalón de seda azul bordado en cristal, ceñido con cinturón trenzado en hilo plateado.

El exorno floral, a cargo de De Acanto Floristas, convirtió el paso en un monte simbólico con rosas, lirios, craspedias, lentisco y flores de talco entre otros verdes ornamentales, evocando la zarza ardiente del Monte Arjo donde Dios se reveló a Moisés. La iconografía completó un auténtico catecismo visual: el Cordero del Apocalipsis, las ovejas que simbolizan el rebaño de la Iglesia en sus tres estados —militante, triunfante y purgante—, y San Miguel Arcángel como mayoral que defiende a las almas frente a la serpiente.

El cortejo contó con la música de la Banda Municipal de Arahal, que aportó un repertorio de marchas procesionales y subrayó los momentos más solemnes del itinerario, desde la salida en la calle Doctor Diego Sánchez hasta la recogida en el templo parroquial, pasando por enclaves como la Plaza Ducal, Carreras y San Francisco.

La Asociación de la Divina Pastora agradeció la colaboración de Fran, de Cantillana, por el rosal que cobijó la imagen; de la familia López Olmedo en la logística; y de las hermandades del Dulce Nombre, Vera+Cruz y Soledad por la cesión de enseres.

En la noche marchenera, la luz de los candelabros y la devoción de los fieles hicieron de la procesión de 2025 un acto de fe y belleza. La Divina Pastora de las Almas volvió a reunir a su rebaño bajo el cayado, recordando que la corona que no porta en su frente la llevan sus ovejas al balar, tejiendo con sus Ave Marías un rosario de plata que ilumina el corazón de la ciudad.

Historia de la devoción a la Divina Pastora en Marchena

La devoción a la Divina Pastora tiene su origen en Sevilla a comienzos del siglo XVIII, cuando el capuchino Fray Isidoro de Sevilla difundió la iconografía de la Virgen como pastora de almas, inspirada en una revelación mística en 1703. La Virgen se presentaba ataviada con sombrero campestre y cayado, rodeada de ovejas que simbolizan a los fieles, y con el Niño Jesús como Buen Pastor.

Marchena acogió con fervor esta advocación, vinculada al espíritu franciscano de la villa y a la espiritualidad popular que veía en la Pastora un modelo de cercanía y ternura. Con el paso de los siglos, la procesión de la Divina Pastora de las Almas se consolidó como una cita central del calendario religioso local, reuniendo a cofradías, hermandades y a todo el pueblo en torno a una iconografía profundamente simbólica.

La imagen que hoy procesiona fue enriquecida con símbolos como el Cordero del Apocalipsis, las ovejas que representan a la Iglesia en sus tres estados —militante en la tierra, triunfante en el cielo y purgante en tránsito—, y la figura del arcángel San Miguel como mayoral del rebaño, defensor de la Iglesia. En su conjunto, el paso resume un catecismo visual que ha sabido transmitir la teología pastoral a través de los siglos.

En Marchena, la Pastora ha sido siempre invocada como protectora de las familias y del pueblo. Su procesión de gloria, en septiembre, une tradición, arte y teología popular, convirtiéndose en una de las expresiones más singulares de la religiosidad andaluza.