La llegada de Felipe V al trono inauguró una serie de reformas que incluían la adopción de la moda francesa. Esta nueva estética se caracterizaba por su colorido, el uso de sedas y encajes, y unas siluetas que realzaban la figura femenina. Este estilo chocaba frontalmente con la indumentaria española de los Austrias, sobria, rígida y oscura, que los Borbones consideraban atrasada y provinciana.
Sin embargo, la nobleza española no aceptó pasivamente este cambio. Se aferraron a su «rancio vestuario oscuro y rígido,» considerando la moda borbónica «afectada y ridícula. Esta resistencia no era una simple cuestión de gusto, sino un acto político de lealtad a la antigua dinastía de los Austrias y a los valores que esta representaba.
La «guerra de la moda» tuvo una consecuencia fundamental: el traje de manto y saya dejó de ser una prenda de la élite y fue relegado al ámbito rural y a las zonas menos comunicadas del país. La indumentaria ya no representaba la pompa imperial, sino una identidad local y, a menudo, una resistencia cultural a la influencia francesa.
El proceso de relegación del manto y saya de la corte al ámbito popular no significó su desaparición, sino su transformación en una tradición arraigada y un símbolo cultural perdurable.

Benito Más y Prats escritor y periodista nacido en Écija (1846-1892) lamentaba en 1887 la pérdida de los trajes tradicionales de Andalucía como el de manto y Saya.
En La Ilustración Española y americana del 22 de abril de 1887 decía: «la joven de alta sociedad andaluza usa el sombrero con delicia y se suele hacer los trajes en Francia. aquellas faldas, aquellas mantillas negras o blancas que eran llevadas con una gracia casi sui generis que las hacía imposibles fuera de España van desapareciendo poco a poco como desapareció el manto negro en el siglo XVII que hoy conservan solo las mujeres de Marchena para las fiestas de Semana Santa».
Vejer, Marchena y Canarias: La Fortaleza del Aislamiento
Históricamente se ha vinculado el manto y saya con la presencia musulmana en la Península. La Revista de Folklore del CSIC recuerda que en la cultura árabe se practicaba el tapado de medio ojo: las mujeres cubrían su rostro con el manto dejando solo un ojo visible. Este tapado fue adoptado por algunas castellanas y siguió practicándose incluso tras la Reconquista. Los orígenes, sin embargo, no se limitan a la influencia árabe; ya en el mundo prerromano las mujeres se cubrían con mantos, y durante el Renacimiento la prenda evolucionó de blanco a negro, posiblemente influida por la moda cortesana.
La tradición del manto y saya sobrevivió con especial fuerza en áreas geográficamente aisladas o culturalmente conservadoras, donde se preservó como un traje tradicional. El caso más conocido es el de la cobijada de Vejer de la Frontera, una tradición de origen castellano que se mantuvo hasta principios del siglo XX y fue recuperada oficialmente en 1976 para las fiestas patronales. De manera similar, en Marchena, el manto y saya era el traje tradicional de la mujer castellana que se mantuvo hasta finales del siglo XIX.
En las Islas Canarias, la pervivencia del manto y saya se explica directamente por el «aislamiento y el bajo poder adquisitivo» de sus pobladores. El traje, que también pertenecía a la tradición de las «tapadas» , persistió como indumentaria cotidiana hasta mediados del siglo XIX, mucho después de que hubiera desaparecido en otras partes de España
La sobriedad del vestir castellano, que tanto chocaba a los visitantes extranjeros fue una característica que se consolidó y se elevó a su máxima expresión bajo el reinado de la Casa de Austria. El luto, en particular, se convirtió en una herramienta de comunicación del poder y la piedad.
La figura de Catalina de Lancaster, reina de Castilla, es mencionada por varios cronistas como la introductora del traje de tocas largas tras la muerte de su esposo Enrique III en 1406. Sin embargo, otras fuentes afirman que el traje no fue «inventado» por una sola persona, sino que fue una costumbre preexistente que un personaje de la realeza validó y elevó al estatus de moda cortesana. La efigie funeraria de Catalina en la Catedral de Toledo, que la muestra con una toca cubriendo su cabeza, sugiere que ella se adhirió y formalizó una tradición ya existente.
La sobriedad de la indumentaria se convirtió en un pilar del poder y la identidad de los Austrias. El predominio del color negro, que se consolidó bajo el reinado de Carlos V y Felipe II, se asociaba con la seriedad, la autoridad y una profunda religiosidad. Este estilo se exportó por toda Europa como la moda española.
La indumentaria de luto de reinas como Mariana de Austria, pintada por Carreño de Miranda, era un conjunto de extrema formalidad, un vestuario ritual que proyectaba el poder de la dinastía a través de la piedad y el autocontrol. Era un claro reflejo de la Pietas Austriaca, el ideal de piedad y devoción que la dinastía quería proyectar.
El Papel del «Tapadismo» en la Resistencia Femenina
La aparente opresión de las prendas que cubrían el cuerpo resultó ser un instrumento de empoderamiento femenino. La anonimidad que proporcionaba el manto y saya era una herramienta de subversión. Las autoridades intentaron prohibirlo alegando que «se podían enmascarar delitos, hurtos o llevar armas escondidas». Sin embargo, la razón más profunda era que el ocultamiento del rostro y la figura otorgaba a las mujeres una libertad sin precedentes para interactuar en la esfera pública sin ser juzgadas o controladas por los hombres.
El traje de tocas largas: el luto de la viuda noble
El traje de tocas largas es una indumentaria diferente, aunque comparte con el manto y la saya la idea de cubrir el cuerpo. Nace en la corte de Felipe II a mediados del siglo XVI. Las viudas nobles castellanas, fieles a la gravedad castellana, utilizaban un monjil (una especie de hábito amplio y oscuro), una toca de papos o cofia que enmarcaba la cara y se prolongaba en una toca larga que podía llegar hasta el suelo, y sobre todo ello un manto negro-
El traje de tocas largas es el atuendo formal del luto, un uniforme de ritualización del dolor y la castidad. Su elemento principal es la toca, que, como señalan las fuentes, es una tela fina que se coloca o envuelve sobre la cabeza. A lo largo del tiempo, su uso se generalizó para diferenciar a las mujeres casadas de las solteras.
La relevancia de este traje en la España de los Austrias se evidencia en su mención en obras como El Quijote, donde el personaje de doña Rodríguez lamenta el uso del «negro monjil» o en el testamento de Rodrigo Gil, que lega a varias mujeres «un monjil con sus tocas».
El traje de tocas largas era el atuendo ceremonial del luto formal, codificado por la realeza de la Casa de Austria y utilizado por viudas y dueñas para expresar una piedad severa y un compromiso con la castidad. Por otro lado, el traje de manto y saya era una indumentaria más versátil para el uso diario, que también se adoptaba en momentos de luto, y que destacaba por su capacidad de ocultar la identidad, sirviendo como una herramienta de anonimato y, en muchos casos, de rebelión social femenina.

