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Marchena rompió con la Constitución de Cádiz el 14 de mayo de 1814

Marchena vivió el 14 de mayo de 1814 uno de los episodios políticos más simbólicos de su historia contemporánea: la ruptura pública con la Constitución de 1812 y la adhesión al absolutismo de Fernando VII.

Aquel día se reunió una junta extraordinaria formada por los alcaldes Vicente Rodríguez y Juan Fernández, varios regidores, síndicos, el vicario eclesiástico, representantes religiosos y vecinos principales de la villa. El acuerdo fue claro: colocar en la puerta principal del Ayuntamiento una nueva lápida con la inscripción: “La única soberanía reside en la cabeza del monarca don Fernando Séptimo”.

El gesto tenía una enorme carga política. La Constitución de Cádiz había proclamado la soberanía nacional; Marchena, siguiendo el clima contrarrevolucionario iniciado en Sevilla días antes, devolvía simbólicamente esa soberanía al rey. Según el acta recogida por José Alcaide Villalobos, la lápida constitucional fue hecha pedazos en las puertas del Ayuntamiento y después se quemó en la Plaza Mayor un ejemplar de la Constitución.

El contexto explica la escena. Fernando VII había regresado a España tras la Guerra de la Independencia y, lejos de aceptar el régimen constitucional nacido en Cádiz, impulsó la vuelta al absolutismo. En Marchena, ese giro se tradujo en una rápida adaptación de las élites locales al nuevo poder. La plaza de la Constitución pasó a llamarse plaza de Fernando Séptimo.

La adhesión al monarca tuvo además una intención local: el Ayuntamiento pidió que Marchena fuese reconocida como villa de realengo, es decir, dependiente directamente del rey y no del señorío ducal. La villa quería ser fiel a Fernando VII, pero también liberarse del peso histórico de la Casa de Arcos.

Seis años después, en 1820, Marchena volvería a celebrar la Constitución tras el triunfo liberal. Las campanas repicaron de nuevo, esta vez en sentido contrario. La piedra rota de 1814 resume así una época de cambios bruscos, lealtades mudables y política escrita a golpe de lápida.

Los meses anteriores fueron de transición: fin de la guerra, esperanza, celebraciones religiosas y patrióticas, pero con una élite local ya dividida. Los meses posteriores fueron de restauración pura y dura: censura, persecución de liberales, borrado de actas constitucionales, regreso de instituciones antiguas y devolución de derechos a los poderes señoriales. Marchena no fue una excepción: fue un espejo pequeño, de piedra y papel quemado, de lo que estaba pasando en toda España.

El año empezó todavía dentro del marco constitucional. El Ayuntamiento electo siguió funcionando, con Vicente Rodríguez como alcalde primero y Juan Fernández Vázquez como alcalde segundo. El 30 de marzo incluso se presentó un presupuesto municipal, señal de que el cabildo seguía trabajando con cierta normalidad administrativa. Pero debajo de esa normalidad crujía la política: a comienzos de año un grupo de notables intentó impedir el nombramiento del juez Lorenzo Casans, al que acusaban de parcialidad, conspiración y cercanía a quienes habían jurado fidelidad al gobierno intruso francés. El propio autor señala que ya se veía que la corporación constitucional estaba muy cuestionada por sectores influyentes contrarios a la Constitución.

La guerra parecía acabarse. Fernando VII entró en España el 22 de marzo de 1814, y en Marchena llegaron noticias de victorias aliadas y del regreso del “Deseado”. El 3 de abril se recibió la noticia de que el rey había quedado libre de su cautiverio; se acordaron misa solemne, sermón, Te Deum, repiques, iluminación de calles y colgaduras. Aquello coincidió con Semana Santa, así que la política y la religión salieron juntas a la calle.

2 de mayo: todavía se habla de libertad.
Pocos días antes de romper con la Constitución, el Ayuntamiento acordó conmemorar a los caídos del Dos de Mayo como “primeros mártires por la libertad española”. Hubo misa, sermón, Te Deum y hasta corridas de novillos para celebrar la caída de Napoleón, el regreso del rey y el fin de las desgracias de la guerra. Es decir: Marchena aún celebraba al rey dentro de un lenguaje patriótico que sonaba constitucional.

El 4 de mayo, desde Valencia, Fernando VII decretó el cese de las Cortes y se negó a jurar la Constitución de 1812. El 6 de mayo, Sevilla derribó la lápida constitucional y la sustituyó por otra dedicada a Fernando VII. Y el 14 de mayo, Marchena siguió el camino de la capital: junta extraordinaria, autoridades civiles y religiosas, vecinos principales, lápida nueva proclamando que la soberanía residía solo en Fernando VII, lápida constitucional rota y ejemplar de la Constitución quemado en la Plaza Mayor.

El 19 de mayo, el cabildo elevó una representación al rey declarando su fidelidad absoluta y pidiendo incluso que Marchena fuese nombrada villa de realengo, “no de señorío”, porque no quería otro señor que Fernando VII. La plaza de la Constitución pasó a llamarse plaza de Fernando Séptimo. El 15 de junio llegó la respuesta de Pedro Macanaz comunicando el agradecimiento del rey, y el Ayuntamiento decidió publicar y fijar el decreto, además de trasladarlo a una tabla para perpetuarlo en la sala capitular.

Julio-agosto: adiós al Ayuntamiento constitucional.
La fidelidad de Marchena no salvó a sus autoridades. Fernando VII ordenó disolver los ayuntamientos constitucionales, cesar a los alcaldes constitucionales y volver a la planta municipal de 1808. Además, las actas de elecciones constitucionales debían borrarse de los libros del Ayuntamiento. En los cabildos del 8 y 12 de agosto se acordó cumplir la orden, y el 13 de agosto tomó posesión la corporación restaurada.

El 25 de julio se comunicó la derogación de la Contribución Directa y el regreso de las rentas provinciales y fiscales como estaban en 1808. El 19 de agosto se restablecieron antiguos arbitrios municipales; el 14 de septiembre, la Contaduría General de Pósitos; y el 19 de octubre, los señores jurisdiccionales recuperaron rentas, frutos, prestaciones y derechos. Dicho claro: no solo cambió la placa de la plaza; cambió el sistema entero.

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Fuente principal: José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Decadencia, guerra y revolución. Marchena 1800-1833. Tomo I.