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Marchena y la huella imperial en «Andalucía Nuestra» programa de Canal Sur que recorre la ruta de Carlos V

La periodista Inmaculada González ha analizado hoy el legado del Emperador en la región, destacando el papel clave de Marchena en la comitiva real tras la boda más importante de la historia de Sevilla.

El programa radiofónico «Andalucía Nuestra» ha dedicado su emisión de hoy a un viaje en el tiempo: la Ruta de Carlos V por Andalucía. A través de una edición especial conducida por la periodista Inmaculada González, el espacio ha profundizado en los hitos históricos, las curiosidades botánicas y el peso político de las ciudades que acogieron al Emperador y a su esposa, Isabel de Portugal, hace ahora cinco siglos.

El linaje, originario del reino de León y emparentado con la casa real a través de doña Aldonza, hija ilegítima de Alfonso IX, adoptó el león rampante como blasón, simbolizando una proximidad al poder regio que se vería recompensada en 1309 con la donación de la villa por parte de Fernando IV. No obstante, es en el siglo XVI cuando esta relación alcanza su cenit. Rodrigo Ponce de León, I duque de Arcos, representó la transición definitiva del caballero medieval al cortesano renacentista, asumiendo roles de alta relevancia como la recepción de la emperatriz Isabel de Portugal en la Puerta de la Macarena de Sevilla en marzo de 1526, previo a su enlace matrimonial con Carlos V.

La boda de Carlos V en 1526 generó una presión logística sin precedentes en Sevilla y sus alrededores. La llegada de miles de cortesanos, soldados y diplomáticos activó el derecho de «regalía de aposento», obligando a las localidades del camino, como Marchena, a preparar sus mejores casas y edificios para el alojamiento de la comitiva.

Sevilla y Granada: El eje del Imperio

Para desgranar la importancia de este periplo, el programa contó con la participación de Francisco Sánchez Montes, catedrático de Historia de la Universidad de Granada. El experto explicó que la elección de Sevilla para el enlace real en 1526 no fue casual: «Era la ciudad más importante y grande de España, poseedora del monopolio del comercio con América y estratégicamente situada cerca de la frontera de Portugal», señaló. Además, la majestuosidad de su Alcázar y su Catedral la convertían en el escenario idóneo antes de que la pareja se trasladara a Granada para vivir su luna de miel.

Por su parte, el profesor de la Universidad de Sevilla, Jaime García Bernal, aportó luz sobre el contexto social y político que rodeó este acontecimiento que marcó un antes y un después en la identidad andaluza.

Marchena: Anfitriona de Reyes y Embajadores

Uno de los puntos fuertes del programa fue la reivindicación de Marchena dentro de este itinerario. José Antonio Suárez, de «Marchena Secreta», detalló cómo la localidad se convirtió en parada obligatoria de la comitiva real. Basándose en los relatos de primera mano de Andrea Navagero, embajador de Venecia, Suárez recordó que la corte partió de Sevilla el 21 de mayo con destino a Granada, haciendo noche en el Palacio Ducal de Marchena.

El entonces señor de la villa, Rodrigo Ponce de León, Duque de Arcos y Alcaide Mayor de Sevilla, fue una figura central. No solo recibió a la Reina en la Puerta de la Macarena de Sevilla, sino que puso su poderío y sus rentas —comparables a las de la Casa de Alba— al servicio del Emperador, consolidando a Marchena como un centro de poder nobiliario fundamental en la época.

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El clavel: Un regalo imperial que se hizo símbolo

Como curiosidad histórica, el programa reveló el origen de una de las señas de identidad de Andalucía: el clavel. Según se detalló, esta flor llegó de Oriente durante este periodo para adornar las estancias reales. Fue en Granada donde el Emperador mandó plantar estas «flores persas» desconocidas hasta entonces en la península, como gesto de amor hacia Isabel de Portugal. Lo que comenzó como un adorno en conventos y palacios nobiliarios, terminó convirtiéndose, siglos después, en la flor nacional y símbolo indiscutible del sur de España.

Un viaje para la historia

La emisión concluyó recordando los detalles íntimos del enlace en el Salón de Embajadores del Alcázar y la enorme dote de 900.000 monedas que aportó la Emperatriz, esenciales para las futuras campañas de Carlos V.

Con este especial, «Andalucía Nuestra» no solo rinde homenaje a la figura del hombre más poderoso de su tiempo, sino que pone en valor la riqueza patrimonial de municipios como Marchena, que hoy mantienen viva la llama de la ruta carolina.

El esplendor de la Marchena señorial

Durante el siglo XVI, Marchena no solo funcionó como el corazón administrativo y residencial de la poderosa Casa de Arcos, sino que se erigió como una suerte de corte paralela a la imperial, atrayendo a las mentes más brillantes de la música europea, reformando su fisonomía arquitectónica bajo los cánones estéticos de la Italia del Cinquecento y consolidando rituales de identidad que, como el traje de manto y saya, han perdurado hasta la contemporaneidad.

La relación entre la villa y la figura del Emperador Carlos V se halla íntimamente ligada al ascenso de los Ponce de León, quienes supieron capitalizar su lealtad a la corona para convertir su estado señorial en un referente de sofisticación política y artística.

La visita del Emperador a Marchena el 22 de mayo de 1526, en su tránsito hacia Granada tras la boda sevillana, marcó un hito en la relevancia geopolítica de la villa. Marchena era para entonces el pueblo principal del duque de Arcos, generando rentas anuales de 12.000 ducados y destacando por su producción caballar, elementos que fascinaron a la comitiva imperial. Este vínculo se estrecharía aún más bajo el mandato de Luis Cristóbal Ponce de León, II duque de Arcos, quien se convirtió en hombre de confianza de Felipe II y desempeñó misiones diplomáticas en Flandes y Francia. La nobleza de Marchena no era, por tanto, una élite periférica, sino un estamento central en la red de poder de la monarquía hispánica, lo que explica el nivel de inversión en obras públicas, artes y música que experimentó la localidad durante este periodo.

Francisco I de Francia y Carlos V fueron grandes rivales políticos y militares en la Europa del siglo XVI, y esa tensión acabó simbolizada primero por episodios como Pavía y después por acuerdos de paz. En ese marco, Cristóbal de Morales compuso su motete Jubilate Deo omnis terra para celebrar la paz entre Carlos V y Francisco I, por encargo del papa Paulo III.

La Marchena de Carlos V resonaba con la polifonía más avanzada de Europa gracias al mecenazgo de Luis Cristóbal Ponce de León sobre Cristóbal de Morales, indiscutible maestro de la música religiosa renacentista. Morales, nacido en Sevilla hacia 1500, regresó a España tras alcanzar la cima en la Capilla Sixtina en Roma y servir en la Catedral de Toledo. Fue en Marchena donde encontró un refugio creativo entre mayo de 1548 y febrero de 1551, asumiendo la dirección de las capillas musicales del Palacio Ducal y de la Iglesia de San Juan. Su estancia en la villa representa uno de los momentos de mayor esplendor cultural de la localidad, situándola en el mapa de la vanguardia musical internacional.

La música de Morales, caracterizada por una técnica depurada de cantus firmus y parodia, no solo elevaba el prestigio de los oficios religiosos en Marchena, sino que conectaba estéticamente la villa con los gustos personales del Emperador, cuya obra favorita, Mille Regretz, sirvió de base para una de las misas más célebres del compositor sevillano.

El ambiente musical de Marchena se completaba con otros talentos locales y regionales. Juan Navarro, maestro de capilla nacido en la villa, y Alonso Lobo de Osuna, quien aprendió de las enseñanzas de Morales, formaron una estirpe de músicos que aseguraron la continuidad de la excelencia polifónica en el Estado de Arcos. La capilla del Palacio Ducal no era meramente un ornamento litúrgico, sino un centro de producción artística donde se ensayaban las nuevas tendencias del Renacimiento.

La transformación del antiguo Alcázar islámico en el Palacio Ducal de Marchena constituye uno de los proyectos arquitectónicos más ambiciosos del siglo XVI andaluz. Bajo el impulso de Luis Cristóbal Ponce de León y su esposa, doña María de Toledo, se iniciaron reformas que buscaban borrar la imagen defensiva del Castillo de la Mota para proyectar una residencia de lujo humanista. A partir de 1542, se documenta la participación de maestros como Martín de Gaínza, quien suministró columnas de mármol para el patio principal, y Francisco Fernández, responsable de la creación de jardines renacentistas decorados con bustos de emperadores romanos, una clara alusión a la genealogía imperial que la casa pretendía emular.

Las excavaciones realizadas en 2003 sacaron a la luz un gran patio central de 19 por 16 metros, donde convivían restos de yeserías mudéjares con innovaciones espaciales propias del Renacimiento. Destaca la construcción del «Mirador de la Duquesa», un espacio diseñado para la contemplación del paisaje y el recreo, que ejemplifica la nueva mentalidad nobiliaria orientada al disfrute del ocio culto. Además, el Duque ordenó traer desde Holanda, a través de Pedro Jausel, un molino de viento de tecnología avanzada que se instaló en el barrio de San Miguel en 1550, siendo Marchena uno de los poquísimos lugares que disponía de tal ingenio en esa fecha.

Uno de los elementos más enigmáticos y representativos del patrimonio cultural de Marchena es el traje de manto y saya, una vestimenta que ha sobrevivido como un fósil de la moda de los siglos XVI y XVII en el seno de la Hermandad de la Soledad. Aunque su origen es objeto de debate historiográfico, con teorías que oscilan entre la herencia árabe y la adaptación castellana, su uso en Marchena está documentado como el atavío cotidiano de la mujer para la calle y los actos religiosos hasta bien entrado el siglo XIX. En el contexto procesional del Sábado Santo, el traje recuperado por la hermandad se diferencia de otras versiones regionales, como la de Vejer, por ser un manto separado que cubre la cabeza sin ocultar el rostro, proyectando valores de respeto, humildad y decoro.
La imagen de la Virgen de la Soledad, tallada por Gaspar del Águila en 1570, es vestida en ocasiones especiales con este atuendo histórico, vinculando la identidad marchenera con la estética de la corte madrileña del siglo XVI. Esta persistencia del traje de manto y saya no es solo un acto de nostalgia, sino una reafirmación de la singularidad cultural de una villa que supo adaptar las modas imperiales a su propio código de conducta y religiosidad popular.

La tauromaquia en la Marchena del siglo XVI era un espectáculo de exhibición nobiliaria que combinaba la destreza física con la demostración de valor ante la comunidad. Pedro Ponce de León, apodado «el Toreador», destacó en la década de 1530 como uno de los más célebres caballeros en el arte de alancear toros, participando frecuentemente en fiestas y circos organizados en tiempos de Carlos V. El alanceo, precedente directo del rejoneo moderno, era una actividad reservada a la aristocracia, donde el jinete demostraba su dominio del caballo y la lanza frente a la bravura del toro, en un entorno cargado de simbolismo guerrero.

A Pedro Ponce de León se le atribuye una innovación técnica que cambiaría la forma de enfrentar al ganado bravo: la idea de tapar los ojos a los caballos para evitar que se espantaran ante la embestida, permitiendo así una lidia más controlada y segura para el caballero.

Las fiestas taurinas se celebraban habitualmente en la Plaza Ducal, que servía como coso improvisado y donde aún se conserva el recuerdo de la «Puerta del Toril», por donde entraban las reses directamente desde el campo. Documentos de la Casa Ducal de 1540 y 1549 registran pagos por garrochas y los daños ocasionados por los toros lidiados, lo que confirma la regularidad y la importancia de estos eventos para el entretenimiento y la cohesión social de la villa.

La cocina del Palacio Ducal

La gastronomía del palacio ducal de Marchena era mucho más que comida: funcionaba como una exhibición de poder, riqueza y prestigio de los Ponce de León. Aunque no se conservan menús completos, los documentos sí revelan trigo, vino selecto, vajilla de plata y una despensa muy bien abastecida. La cocina estaba cuidadosamente organizada, con cocinero mayor, despensero, botiller, trinchante, panaderas, pastelero e incluso limpiador de dientes. En 1509 aparecen citadas por su nombre la Portoguesa y Juana de la Barrera, encargadas del pan, junto a maestre Juan, que preparaba la harina para los pasteles.

Infraestructura y obras públicas: la cárcel y el contexto de 1526

El desarrollo de las infraestructuras en Marchena durante el siglo XVI respondió a la necesidad de fortalecer la administración de justicia y adecuar la villa a las exigencias de una corte itinerante. Un ejemplo destacado es la Cárcel Pública de Marchena, cuya construcción original se sitúa a finales de esta centuria o principios de la siguiente. Este edificio, de fisonomía austera y funcional, presenta una portada mudéjar de ladrillo y una disposición interior que incluía una capilla, reflejando cómo el poder punitivo y el espiritual se entrelazaban en la gestión del estado señorial.

La mención contenida en las ordenanzas de la villa de Marchena de 1526 a la casa consistorial situada en la Plaza Nueva, o plaza ducal, permite afirmar que a comienzos del siglo XVI ese espacio ya funcionaba como nuevo centro del poder urbano y señorial. La propia expresión Plaza Nueva sugiere además una transformación relativamente reciente del trazado de la villa, ligada al proceso de expansión extramuros y a la reorganización del entorno del palacio ducal bajo la Casa de Arcos. En ese contexto encajaría la apertura de la calle Nueva, luego conocida como calle Carreras, como gran eje de salida y comunicación entre el núcleo palaciego y el exterior, en una Marchena que a finales del siglo XV y comienzos del XVI estaba desbordando ya su marco medieval.

Gracias a la ruta Carlos V numerosos visitantes se están acercando ya a Marchena desde distintas ciudades.