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Roma estudia un cambio de fecha para la Semana Santa para unificar la Pascua con los ortodoxos

La Iglesia católica ha abierto la puerta a modificar la fecha de la celebración de la Pascua —y, con ella, de la Semana Santa— para armonizar su calendario con el de las Iglesias ortodoxas. Así lo ha confirmado el obispo auxiliar de Sevilla y presidente de la Subcomisión para las Relaciones Interconfesionales y el Diálogo Interreligioso de la Conferencia Episcopal Española, Ramón Darío Valdivia, en un encuentro con periodistas celebrado en Madrid el 19 de noviembre de 2025, en el contexto de los actos ecuménicos por el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea. 

Valdivia explicó que la Conferencia Episcopal Española “no tendría ningún problema en poder aceptar” una fecha común para la Pascua si así se acuerda con las Iglesias ortodoxas y subrayó que el posible cambio “plantearía cuestiones difíciles, pero no hay un sentido de hostilidad hacia ese punto ni muchísimo menos”. Según el prelado, la disposición de la Iglesia católica es “estar abiertos a que nos den una fecha” que pueda ser asumida conjuntamente.

El obispo insistió en que las diferencias actuales entre católicos y ortodoxos no responden a desacuerdos doctrinales, sino a la convivencia de dos calendarios distintos: el juliano, que siguen la mayoría de Iglesias ortodoxas, y el gregoriano, adoptado por la Iglesia católica tras la reforma impulsada por Gregorio XIII en 1582 para corregir el desfase del año civil respecto al año solar.

 Esta divergencia técnica provoca que, aun aplicando la misma regla fijada en Nicea —celebrar la Pascua el primer domingo después de la primera luna llena posterior al equinoccio de primavera—, las fechas no coincidan todos los años. 

El debate se enmarca en un clima ecuménico más amplio. En enero de 2025, durante las segundas vísperas de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, el entonces papa Francisco calificó el 1.700 aniversario del Concilio de Nicea como una oportunidad para dar “un paso decisivo” hacia una fecha común de Pascua y afirmó que “la Iglesia católica está dispuesta a aceptar la fecha que todos quieren: una fecha de unidad”.

En paralelo, iniciativas como “Pasqua Together 2025” y llamamientos del Consejo Mundial de Iglesias han reclamado que 2025 —año en que, de manera excepcional, todas las tradiciones cristianas celebran la Pascua el mismo día— no se desaproveche como ocasión para avanzar hacia un acuerdo estable. 

Entre las soluciones que se barajan en los foros ecuménicos figuran dos grandes opciones: por un lado, adoptar un mismo sistema de cálculo basado en criterios astronómicos actualizados y en la hora de Jerusalén, tal como propuso el Consejo Mundial de Iglesias a finales del siglo XX; por otro, fijar una fecha móvil pero acotada, por ejemplo, en torno al segundo o tercer domingo de abril, que sería asumida por católicos, ortodoxos y otras confesiones cristianas.

Según ha indicado el propio Valdivia, dentro de la Iglesia católica se mira con cierta cautela la posibilidad de una fecha completamente fija, al entender que una Pascua variable conserva mejor el carácter “novedoso” y singular de la celebración de la Resurrección.

La apertura actual no se plantea como una corrección de un supuesto “error” histórico en el calendario romano, sino como un gesto de unidad. Las fuentes vaticanas recuerdan que tanto católicos como ortodoxos siguen, en esencia, la misma regla de Nicea, pero apoyados en calendarios distintos: el juliano, menos preciso desde el punto de vista astronómico y hoy desfasado trece días respecto al año solar, y el gregoriano, que ajustó ese desvío para mantener el equinoccio en torno al 21 de marzo.

El posible cambio de fecha de la Semana Santa, subrayan estos documentos, buscaría sobre todo que la celebración de la Pascua sea un signo visible de comunión entre las Iglesias, y no una ocasión de división litúrgica.

La pregunta de fondo que surge en muchos fieles es si esta reforma tendría que ver con “acercarse” a la fecha histórica exacta de la Pasión de Cristo. La investigación histórica y bíblica disponible no ofrece, sin embargo, un único día indiscutible. Los estudios coinciden en situar la crucifixión en un viernes, en torno a la fiesta judía de la Pascua (Nisán 14–15), durante el gobierno de Poncio Pilato (años 26–36 d.C.). La mayoría de los especialistas reduce las posibilidades a dos fechas: el 7 de abril del año 30 o el 3 de abril del año 33, ambas compatibles con los datos astronómicos, el calendario judío de la época y las indicaciones de los Evangelios.

En las últimas décadas, diversos trabajos de astronomía histórica —incluidos análisis recogidos por la NASA sobre eclipses lunares en tiempos antiguos— han prestado una atención particular al 3 de abril del año 33, día en que se produjo un eclipse de luna visible en la región de Jerusalén al anochecer, lo que algunos autores relacionan con las referencias bíblicas a un oscurecimiento de los cielos y a la “luna como de sangre”.

Otros investigadores, en cambio, consideran más plausible el 7 de abril del año 30 por razones cronológicas vinculadas a la vida de Jesús y a la datación de los primeros escritos cristianos, manteniendo el debate abierto dentro de un margen muy estrecho de posibilidades.

En cualquier caso, tanto la Comisión Teológica Internacional como los estudios litúrgicos señalan que la intención de la Iglesia antigua no fue fijar un “aniversario civil” de la Pasión semejante a las conmemoraciones históricas modernas, sino establecer una memoria anual vinculada al ciclo pascual judío, al ritmo de la luna y al domingo como día de la Resurrección.

Por ello, la posible reforma de la fecha de la Semana Santa emerge hoy como una cuestión de unidad entre calendarios y confesiones cristianas, más que como un intento de reconstruir con exactitud milimétrica el día del Viernes Santo.

De momento, ni el Vaticano ni la Conferencia Episcopal Española han anunciado una propuesta concreta de nueva fecha ni un calendario para su aplicación. Las declaraciones de Valdivia y los reiterados llamamientos de Roma apuntan a un horizonte de diálogo en el que cualquier cambio deberá ser fruto de un consenso amplio con las Iglesias ortodoxas y otras comunidades cristianas.