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Una familia almeriense recorre 600 kilómetros para vivir las Cruces de Mayo de Marchena

CRUCES DE MAYO 26

El ambiente cofrade de Marchena ha traspasado fronteras este fin de semana, atrayendo a devotos desde lugares tan lejanos como Almería. Es el caso de la familia Fernández, quienes no han dudado en recorrer más de 300 kilómetros con su pequeño Hugo, de cuatro años, para participar en el reconocido concurso de cruces de mayo del municipio.

La céntrica calle San Francisco volvió a convertirse este sábado en uno de los rincones más vistosos de la primavera marchenera con la celebración del XLIII Concurso de Cruces de Mayo de la Hermandad de la Santa Vera-Cruz, una cita que desde hace más de cuatro décadas abre simbólicamente el mes floral en torno a la antigua devoción de la Cruz. La convocatoria, organizada por el grupo joven de la corporación, arrancó a las siete de la tarde junto a la capilla veracrucista. 

La iniciativa, impulsada por el pequeño Hugo, surgió tras visualizar en YouTube videos de ediciones anteriores del certamen. «Fue casualidad o la Providencia», comenta Guillermo Fernández, padre del niño, explicando cómo su hijo, al ver la tradición marchenera, insistió en participar.

La familia, profundamente vinculada al mundo del mar —Guillermo es pescador y hermano de la Hermandad del Rosario del Mar en Almería—, ha trabajado minuciosamente en los detalles del paso. Aunque la imagen de la Virgen fue adquirida en una feria cofrade hace años, tanto Guillermo como su mujer, Carmen, han confeccionado artesanalmente todo el ajuar, contando con la colaboración del pequeño Hugo.

La sorpresa más entrañable del XLIII Concurso de Cruces de Mayo de la Hermandad de la Vera Cruz llegó este viernes desde mucho más lejos de lo habitual. Entre los pequeños participantes que llenaron de ilusión y color la calle San Francisco apareció un altarito infantil llegado expresamente desde Almería tras más de 300 kilómetros de carretera, fruto de la devoción doméstica de una familia cofrade que quiso cumplir el sueño de su hijo de apenas cuatro años.

Su padre, también cofrade y marinero, relataba emocionado cómo todo nació de una casualidad que, según confesaba entre sonrisas, quizá no lo fuera tanto. “De chiquitillo veía vídeos en YouTube y, después de Semana Santa, mi hijo me pidió que le regalara un llamador. Yo le dije: Hugo, ¿quieres que te haga un paso? Empezamos a jugar en casa, vimos vídeos del concurso de Marchena de años atrás y él insistió: papá, quiero ir, papá, quiero ir”.

Aquella petición infantil terminó convirtiéndose en un auténtico proyecto familiar. El padre, perteneciente a la Hermandad del Rosario del Mar de Almería, recuperó una imagen mariana adquirida hace años en una feria cofrade almeriense y, junto a su mujer y su pequeño Hugo Fernández, confeccionó en casa todo el ajuar, el montaje y la estética del paso que este viernes llamó poderosamente la atención entre los participantes.

La expedición salió de madrugada desde Almería. “A las siete de la mañana emprendimos viaje, hemos pasado la mañana en Sevilla, hemos comido allí y después hemos venido para Marchena. Y cuando termine nos volvemos para Almería”, explicaba aún sorprendido por la acogida y por la singularidad del certamen marchenero.

Porque precisamente eso fue lo que los trajo hasta la localidad sevillana: no un concurso cualquiera de cruces florales, sino la particular tradición de los altaritos infantiles y pasos en miniatura que cada año organiza la Vera Cruz. “Concurso de cruces de mayo hay en muchos pueblos, pero de altaritos infantiles yo no lo he visto más que aquí”, reconocía.

La familia desconocía incluso hasta qué punto Marchena vive con intensidad su universo cofrade. Durante la conversación descubrieron con asombro que la Virgen del Rosario, cuyo nombre ellos portaban desde Almería en su propia hermandad, es también patrona de la localidad. Una coincidencia que dio aún más simbolismo a una visita marcada por esa mezcla de fe, ingenuidad y entusiasmo que solo los niños saben contagiar.

Hugo, con solo cuatro años, se convirtió así en uno de los participantes más pequeños y a la vez más comentados de una tarde en la que la calle San Francisco volvió a llenarse de costaleros diminutos, capataces improvisados y pasos hechos con cartón, telas y mucha imaginación.

Su padre no ocultaba la impresión que le había causado la cita. “Me ha encantado. Ver a todos los niños ilusionados y emocionados es algo muy bonito. La experiencia ha sido muy chula”.