Abril abrir. Aunque el calendario aún diga marzo, Marchena ya sabe que la primavera no entra por los almanaques, sino por una puerta de iglesia que se abre a las cinco de la tarde. San Agustín, con su mole conventual, con su peso de piedra y su respiración antigua, contiene durante un segundo toda la penumbra del invierno. Y entonces la suelta. La Borriquita sale y no sale solo una hermandad: sale la primera afirmación visible de que la luz ha vuelto.
Nota de la redacción: Vuelve mañana para ver mas fotos de la entrada y del paso por centro. Nuestro agradecimiento a la Hermanadad por las facilidades dadas para la realización de este reportaje.
Marchena abrió este Domingo de Ramos la puerta grande de su Semana Santa con la salida de la Hermandad de la Borriquita desde la iglesia de San Agustín, en una tarde en la que la luz, las palmas y el pulso del barrio volvieron a acompasarse por el centro histórico. La cofradía inició su estación a las 17:00 y recorrió calle Sevilla, Cruz, Madre de Dios, Méndez, San Pedro, Cantillos, San Sebastián, Orgaz y Santa Clara, hasta regresar de nuevo hacia su templo en torno a las 21:30.
Todo comienza abajo, como comienzan las cosas verdaderas. Los costaleros se doblan, el cuerpo aprende de nuevo la obediencia del espacio, y la tarde se hace pulso. Jesús de la Paz inaugura el movimiento, pero detrás viene algo más hondo: la respiración de un pueblo que vuelve a acompasarse con su estación natural, con el viejo rito de las palmas, con esa alegría seria que sólo conoce San Agustin cuando la fe se mezcla con la calle.
Hay tardes en Marchena que no parecen comenzar, sino abrirse. Este Domingo de Ramos fue una de ellas. Como si el calendario, de pronto, dejara de ser una sucesión de fechas y se convirtiera en una evidencia sensible, la salida de la Borriquita desde San Agustín volvió a materializar esa vieja certeza andaluza de que la primavera no entra por decreto, sino por una puerta de iglesia, por una banda que echa a andar, por un barrio que despierta cuando el primer paso pisa la calle.
La primavera no llega en Marchena cuando dice el reloj, ni el tío del tiempo, sino cuando el sol de la calle Sevilla besa el oro del palio de la Virgen de la Palma.
Y llega calle Sevilla. Aquí la metáfora se vuelve cuerpo. Abril abrir. La inmensa espalda de San Agustín queda atrás y el sol encuentra al fin, de frente, el palio de la Virgen de la Palma. No hay mejor imagen para decir lo que pasa en Marchena cada Domingo de Ramos: la sombra del convento cede, la luz toca la plata, las flores despiertan, la tarde estrena su propia claridad. La primavera deja de ser promesa y se convierte en materia.
Y fue precisamente ahí, en ese tránsito entre la sombra del interior y la claridad de fuera, donde empezó a desplegarse la metáfora mayor de la jornada. Abril, aunque aún no hubiera llegado al almanaque, ya estaba abriéndose en la calle. La luz regresaba. La ciudad florecía. Y esa vuelta de la claridad encontraba su forma visible en la procesión del primer día grande
Después viene la calle Cruz, donde este año la hermandad había previsto incluso un espacio sensorial, buscando que la fiesta no fuese estruendo para todos, sino también cuidado. Y eso también es primavera: abrirse sin herir, florecer sin atropellar, comprender que la alegría puede tener medida. La cofradía pasa y la palabra exacta no es bullicio, sino delicadeza. Una hermandad que sabe entrar en la tarde como quien entra en una casa ajena: con respeto
Madre de Dios y Méndez hacen luego de cauce. A esa hora, alrededor de las seis y de las siete, la procesión ya no es una irrupción, sino un río. Abril abrir. Se abren los balcones, se abren los ojos de los niños, se abren las conversaciones detenidas durante meses, se abre la memoria del barrio. La primavera no se explica aquí con jardines botánicos ni con calendarios escolares, sino con una cruz de guía que avanza y con una Virgen que va sembrando claridad por las esquinas
El cambio de recorrido, ya consolidado, se entiende de verdad cuando la hermandad se adentra por Pasaje y San Pedro y deja atrás la vieja postal de Plaza Alvarado. La cofradía busca ahora otra intimidad, otra respiración, un pulso más recogido. No es una pérdida de belleza, sino un desplazamiento de la belleza. La primavera, como la música, también cambia de tono sin dejar de ser la misma.
Cantillos y San Sebastián suenan a barrio antiguo, a corazón descubierto. Aquí la hermandad deja de ser sólo estampa y vuelve a ser vecindad. Todo late más cerca. El Domingo de Ramos de Marchena tiene esa virtud extraña: hace que la belleza no parezca distante. La acerca. La vuelve conversación, saludo, reencuentro. Como si la luz, además de iluminar, reconociera.
Por Orgaz, hacia las ocho, la tarde empieza a inclinarse. No decae: madura. Abril abrir. Ahora ya no es el sol franco del principio, sino una luz más honda, más dorada, más pensativa. Santa Clara espera como esperan los lugares que conocen el paso de los siglos: sin sobresalto. Y la cofradía, al llegar allí, parece haber cruzado no sólo media Marchena, sino también una pequeña geografía del alma: del júbilo inicial a la dulzura serena de la tarde cumplida
La profecía del Domingo de Ramos no está en Jerusalén, sino en esta certeza humilde: toda sombra termina abriéndose. Por eso, cuando la hermandad vuelve a calle Sevilla en torno a las nueve, ya no lleva la luz frontal de la salida, sino otra más secreta, la del día que se despide habiendo cumplido su promesa. Lo que al principio era anuncio, ahora es confirmación. Abril abrir. La primavera ya está aquí porque ya ha pasado por las calles.
Pasaje Sergio Rodríguez es ya umbral de regreso. La procesión se recoge, pero no se apaga. Entra en el templo sobre las nueve y media, sí, pero deja fuera una estela: el rumor de la música, la vibración de la cera, la certidumbre de haber asistido a algo que todos conocían y que, sin embargo, vuelve a parecer nuevo. Eso hace la verdadera belleza: repite sin repetirse.
Entonces uno entiende que el Domingo de Ramos no es sólo una conmemoración religiosa ni sólo un desfile procesional. Es una forma de ordenar el mundo. La piedra, la palma, la flor, la plata, la música y la tarde encuentran por unas horas su sitio exacto. Nada sobra. Nada falta. Todo suena.
Al otro lado queda el invierno. Queda la estación de la clausura, de las habitaciones cerradas, del árbol sin argumento. Marchena, en cambio, ya ha cruzado. La Borriquita no abre solo la Semana Santa. Abre una manera de estar en la luz. Y esa es quizá la razón de que este día tenga una alegría distinta: no ignora el dolor que vendrá, pero tampoco renuncia a anunciar la vida.
La Virgen de la Palma, bajo su palio, no parece entonces una imagen detenida, sino una forma delicadísima de ascensión. No sube al cielo. Hace algo más difícil: trae un poco de cielo a ras de calle. Bajo la tarde de marzo que ya quiere ser abril, su paso enseña que la belleza, cuando es verdadera, no huye del mundo. Lo transfigura.
Y así termina todo, no con estrépito sino con una expansión. Marzo abre abril. Abril abre la flor. La flor abre la calle. La calle abre el corazón. Y Marchena comprende, una vez más, que la vuelta de la luz no es una metáfora vacía, sino una evidencia que se puede ver, tocar y casi oír cuando el palio de la Virgen de la Palma deja atrás San Agustín y la tarde empieza, por fin, a florecer.
Mañana más fotos de la hermandad por el centro y del regreso a su templo.


