La iglesia y convento de San Agustín de Marchena, concebidos a finales del siglo XVII como panteón dinástico de la Casa de Arcos, esconden tras su monumentalidad un prolongado conflicto técnico que hoy puede reconstruirse gracias a la documentación conservada en el Archivo Histórico Nacional, sección Osuna, legajo 172. Los informes, fechados entre 1692 y 1694, revelan los problemas derivados del uso de pizarra y plomo en las cubiertas del templo, una solución propia de la arquitectura cortesana que encontró serias dificultades al implantarse en Andalucía.
Manuel Ponce de León, VI duque de Arcos, vivió en órbita cortesana y madrileña: su entorno familiar se movía en la capital y el matrimonio llegó a instalarse en un palacio de la calle Arenal, a dos pasos de Iglesia de San Ginés. En ese contexto se entiende el trasfondo: la gran obra-panteón de Marchena se deseaba cerrar desde lejos, desde la Corte, mientras la realidad material de la construcción avanzaba a trompicones.
El VI duque de Arcos, promovió la iglesia de San Agustín de Marchena como panteón familiar, pero residía ya en Madrid, desde donde intentó culminar la obra. En su testamento, otorgado en la Corte en 1693, dispuso que su cuerpo fuese depositado primero en la parroquia de San Ginés y trasladado después a Marchena cuando el panteón estuviera en condiciones.
Sus restos llegaron a la villa en 1696, pero la inhumación definitiva en San Agustín no se produjo hasta el 14 de enero de 1766. Entre la muerte del duque y su enterramiento final transcurrieron 73 años, un retraso que evidencia las dificultades técnicas y constructivas del templo y la distancia entre el proyecto cortesano y la realidad material de la obra en Andalucía.
Lo decisivo es que el propio duque dejó fijado en su testamento (otorgado el 22 de noviembre de 1693) un itinerario funerario que pasa por Madrid antes de volver a Marchena: quería ser depositado en la capilla de Nuestra Señora de los Remedios de la parroquia de San Ginés —de cuya congregación era protector— y después trasladar sus restos “de forma definitiva” a Marchena. Esa cláusula explica por qué, aun siendo San Agustín su proyecto simbólico en la villa, la primera estación fue Madrid.
El cuerpo estuvo en San Ginés desde 1693 y fue trasladado a Marchena el 29 de agosto de 1696, quedando depositado provisionalmente (no enterrado de forma definitiva). La inhumación final, ya en la “sacristía nueva” del templo que quiso ver concluido, se fija el 14 de enero de 1766.
El primer aviso documentado lo firma el maestro pizarrero Andrés Hurtado, en una declaración fechada en Marchena el 26 de agosto de 1692. En ella describe un deterioro constante de las cubiertas, con roturas reiteradas y desprendimientos, y deja una afirmación contundente que resume la situación: “la pizarra se quiebra y al tiempo de aderezarlas quedan dichas algunas o dado quebrado”. Hurtado subraya además que las reparaciones no solucionan el problema de fondo, llegando a afirmar que “no hay quien las aderece”, una expresión que apunta a la ineficacia estructural del sistema empleado.
La pizarra funciona de forma excelente en climas fríos y húmedos, con lluvias frecuentes, nieve y heladas, como el de la Meseta norte y central. En Madrid, la pizarra evacúa bien el agua, soporta el hielo y no sufre dilataciones extremas. Andalucía es justo lo contrario: calor intenso, grandes oscilaciones térmicas, sol directo y episodios de lluvias torrenciales. Ahí la pizarra se recalienta, dilata, se fisura y acaba fallando antes de lo previsto.
Informe de Andres Hurtado sobre la iglesia de San Agustin de Marchena
El documento insiste en que el daño no es puntual ni fruto de una mala colocación aislada, sino consecuencia directa del propio material y de su comportamiento en el edificio. Hurtado advierte que el plomo se desplaza, que las juntas fallan y que el mantenimiento se vuelve constante, con un coste creciente y sin garantía de estabilidad a largo plazo.
A esta declaración responde el maestro Alonso Moreno, encargado de evaluar el estado del edificio y proponer soluciones. Sus memorias, redactadas entre 1692 y 1694, no niegan el diagnóstico inicial, sino que lo asumen desde una perspectiva correctiva. Moreno reconoce la necesidad de “reformar y asegurar las cubiertas” mediante refuerzos, incremento del plomo y reajuste de superficies, detallando minuciosamente los pies superficiales afectados, las libras de material necesarias y el coste de cada intervención.
Infiorme Alonso Moreno sobre San Agustin
En uno de sus informes, Moreno admite que la pizarra exige un esfuerzo técnico continuo, señalando que es preciso “reformar cada día lo que se va descomponiendo”, lo que implica un mantenimiento permanente y un gasto elevado. La solución propuesta no pasa por sustituir el sistema, sino por reforzarlo una y otra vez, asumiendo que el problema no desaparecerá del todo.
La lectura conjunta de ambos testimonios permite identificar el verdadero origen del conflicto. La pizarra era un material habitual en la arquitectura de la corte madrileña y del norte peninsular, pero su uso era excepcional en Andalucía, donde predominaban cubiertas de teja, cal y ladrillo, adaptadas al clima, a las cargas y a la tradición constructiva local. San Agustín se convirtió así en un ejemplo claro de arquitectura importada, trasplantada desde modelos cortesanos sin una adaptación plena al contexto andaluz.
Informe de Alonso Moreno sobre San Agustin
El intercambio entre Hurtado y Moreno no refleja una disputa personal, sino un diálogo técnico real sobre los límites de un sistema constructivo. Mientras el primero alerta de que la pizarra “no se deja aderezar”, el segundo intenta hacerla viable a base de refuerzos y gasto continuado. Ambos coinciden, implícitamente, en el mismo punto: el material no responde bien en Marchena.
Este conflicto técnico ayuda a explicar por qué el proyecto del panteón ducal quedó inacabado y por qué las obras se prolongaron durante décadas. Más allá de las cuestiones económicas o dinásticas, los documentos muestran que San Agustín fue también un espacio de ensayo y error, donde un modelo arquitectónico ajeno al territorio reveló sus límites.
La separación entre Manuel Ponce de León, VI duque de Arcos, y María de Guadalupe de Lencastre, VI duquesa de Aveiro, fue un conflicto de alta política nobiliaria con consecuencias directas sobre sus fundaciones. El matrimonio, celebrado en 1665, unía dos casas de enorme peso.
La ruptura legal, formalizada en la década de 1680, estuvo motivada principalmente por el pleito de la duquesa para recuperar el ducado portugués de Aveiro, que exigía residir en Portugal y rendir vasallaje al rey luso, algo a lo que el duque de Arcos se opuso frontalmente. Esta discrepancia estratégica provocó una separación “no amistosa”, reconocida incluso por el propio duque en su testamento de 1693, donde admite el grave perjuicio que la ruptura causó a su casa.
Desde ese momento, San Agustín quedó como un proyecto ducal incompleto y gestionado a distancia, sin la implicación de la duquesa, que canalizó su mecenazgo hacia otras fundaciones religiosas y culturales.