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El sueño de la filial en el alma de un rociero marchenero que llenó el pregón de la Blanca Paloma

José Joaquín Ayora Caballo, «Chico», ofreció un pregón cargado de fe, emoción y arraigo popular en el que la hermandad, la familia y el sueño de ser filial de la Matriz fueron los grandes protagonistas

Abrió el acto el rezo del Ángelus, presidido por el director espiritual de la hermandad, don Manuel Chapar Rovera, párroco de San Juan y San Sebastián, junto al vicario parroquial padre Fidel y el rector del convento de San Agustín de las Mercedarias de Calzadas, padre Carlos San José. La oración marcó desde el principio el tono litúrgico de una velada que quería ser, más que un pregón, una plegaria colectiva.

Una hermana toma la palabra

Fue Maite Ayora quien ejerció de presentadora, y lo hizo desde la intimidad más absoluta. Su voz, a veces quebrada, dibujó ante el público el retrato de su hermano José Joaquín, «Chico», con trazos de cariño y gratitud que emocionaron a los presentes antes incluso de que el pregonero abriera la boca. Le agradeció haberla llevado al Rocío cuando sus pasos no podían estar allí, haberla hecho sentir parte del peregrinar desde la distancia. Habló también del momento en el puente de la Jolí, ese instante de reencuentro familiar que lleva siempre la sombra de su hermano Manuel, ausente en el camino pero presente en cada rezo.

Antes de presentarle, Maite ofreció un poema a la Virgen del Rocío en nombre de Marchena —«tierra de fe y de cantares, de rezos que son semillas»— que arrancó los primeros aplausos de la noche. Cuando por fin nombró al pregonero, la sala ya estaba rendida.

«Chico» entra despacio, como quien pisa un sueño

José Joaquín Ayora Caballo nació el 26 de noviembre de 1980. Es jefe de línea en el Metro de Sevilla, padre de Alejandra, hermano de la Macarena, de Nuestro Padre Jesús Nazareno y de la Hermandad del Rocío de Marchena. Ha sido costalero y miembro de la centuria romana. Pero su gran devoción, la que «lo llena por completo», es la Virgen del Rocío.

Antes de dirigirse al público, «Chico» se dirigió a la Virgen. Entró en la tribuna como se entra en una ermita: con el alma rendida y la emoción a flor de piel. «He venido sin prisa, he entrado despacio», dijo, y pidió que sus palabras no fueran un pregón sino «una oración echada».

Marchena no es un pueblo cualquiera

Uno de los pasajes más celebrados de la noche llegó cuando el pregonero salió al paso de quienes alguna vez han ignorado la importancia de su tierra. Con sorna y orgullo, «Chico» desgranó las razones por las que Marchena no es «un pueblo cualquiera»: la Inmaculada de Zurbarán, los cantaores flamencos, Pepe Palanca, el Niño de Marchena, el padre Alvarado, el obispo Salvador Barrera, o la vinculación de Colón con la villa a través del franciscano fray Antonio de Marchena. «Marchena cofrada y rosiera», remató, que en mayo se quita la túnica de nazarena y se viste de rociera.

La sevillana es el evangelio que se canta

«Chico» dedicó un largo y sentido pasaje a defender la espiritualidad del camino frente a quienes acusan al Rocío de ser más fiesta que devoción. «Hasta San Agustín dijo que el que canta reza dos veces», argumentó. «La sevillana para los rocieros es el evangelio que se canta, catequesis en compás de tres por cuatro». Denunció a los que solo vienen «a la juerga» y reivindicó al rociero que «reza cantando», al que llora agarrado a la reja de la Virgen, al que hace de cada día un lunes de Pentecostés.

Este fragmento, en el que el pregonero alternó reflexiones propias con letras de sevillanas rocieras enhebradas con maestría, fue uno de los momentos de mayor conexión con el público.

Tres hermandades, tres caminos, tres huellas

El pregonero recorrió su historia personal como peregrino. Comenzó con la Hermandad de Pilas, su «madrina bendita», donde de niño entendió que el Rocío es destino. Recordó el camino con Córdoba, que tuvo que abandonar a causa de una salmonela —«eso también es el Rocío, aceptar lo que la Virgen dispone»—. Y siguió con Mairena del Aljarafe. «Pilas, Córdoba, Mairena: tres hermandades, tres caminos, tres huellas en mis pies y en mi alma».

Reservó un capítulo aparte para la Hermandad de Osuna, con quien ha caminado en años recientes. Sus palabras hacia los oseños fueron de una gratitud desbordante: «Llegué sin nombre ni bandera, sin más equipaje que mi fe, y en Osuna encontré refugio, una casa y un porqué». Anunció que sus caminos se separarán —en el futuro marchará con Marchena—, y se despidió de cada uno de sus amigos oseños por su nombre, con una emoción que silenció la sala.

El sueño de la filial

El pasaje más esperanzador del pregón llegó cuando «Chico» habló del sueño compartido por toda la hermandad: que Marchena pueda ser un día filial de la Hermandad Matriz del Rocío en Almonte, escuchar su nombre anunciado en la presentación junto a las más de ciento veinte hermandades del rosario. Recordó cómo siendo niño, Roberto Narváez alzó la voz para añadir el nombre de Marchena al de Pilas y Chucena, y desde entonces ese niño —hoy pregonero— vive con ese sueño encendido.

Los bienaventurados del camino

Hacia el final del pregón, «Chico» desplegó una letanía de agradecimientos en clave rociera —«bienaventurados»— que arrancó risas y aplausos a partes iguales: la Policía Local que escolta, la Guardia Civil que corta la carretera, el camión del agua, el guarda de la Ardea, los tractoristas, el fotógrafo «nuestro querido hermano César», el tamborilero que despierta con el alba, la junta de gobierno, el grupo joven, las camareras, los priostos, los amigos de Osuna, de Estepa, de Paradas, de Arahal y La Puebla.

La familia, el corazón del pregón

El tramo más íntimo llegó con la dedicatoria a su hija Alejandra —«si los ángeles vivieran en la tierra, a ti solo te faltarían las alas»—, a su madre —«nueve lunas en tu vientre y me regalaste la vida»—, y a su padre, de quien aprendió la fe: «Cuando un hombre tiene fe, nunca está sola su casa. Eso lo aprendí de ti». También recordó emocionado a los hermanos fallecidos, cuya nómina recitó uno a uno, con la certeza de que «nuestra hermandad hace dos caminos: uno en el cielo y otro aquí en la tierra».

El final: una plegaria y los vivas de siempre

El pregón cerró con una oración extensa a la Virgen del Rocío, en la que «Chico» le pidió que cuide a su hija, que no olvide a Marchena en su sueño de ser filial, y que cuando llegue su hora le lleve «caminando a tu vera». Los últimos versos, que imaginaron su muerte como una llegada definitiva a los pies de la Blanca Paloma, dejaron la sala en silencio antes de que estallaran los aplausos.

Los vivas finales —a la Virgen del Rocío, a la Blanca Paloma, a la Reina de las Marismas, al Pastorcito Divino y a la Hermandad de Marchena— cerraron una noche en la que, como dijo el propio pregonero, «lo que se escuchó no fue un pregón, sino una oración».


La Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Marchena inicia ahora la recta final de su preparación para el camino de Pentecostés, con el sueño de la filialidad como horizonte y el alma encendida por las palabras de uno de los suyos.