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No vemos el mundo como es, sino como somos: lo que la neurociencia confirma

Durante siglos, esta frase ha resonado en escuelas místicas, espirituales y filosóficas. Pero hoy, la neurociencia empieza a darle forma y fundamento empírico, gracias a voces como la de Nazareth Castellanos, doctora en medicina y neurocientífica, directora de la Cátedra Extraordinaria de Mindfulness y Ciencia Cognitiva de la Universidad Complutense.

En una reciente conferencia en la Universidad Popular de Logroño, Castellanos compartió con rigor y belleza una idea que está transformando la ciencia contemporánea: el corazón, más que un mero músculo, participa activamente en la construcción de nuestra percepción. Y con ello, nos da una clave para comprender por qué nuestra mirada sobre el mundo está teñida por nuestras emociones, memorias y estado interno.

X FORO DE ESPIRITUALIDAD. Nazaret Castellanos

El corazón habla al cerebro

Uno de los hallazgos más fascinantes presentados por Castellanos es que el 80% de las fibras del nervio vago —el principal canal de comunicación entre el cuerpo y el cerebro— van del corazón al cerebro, y no al revés. Cada latido es una señal eléctrica que el cerebro recoge y traduce. No es un circuito cerrado: es un diálogo.

Esa señal eléctrica activa zonas clave del cerebro:

  • La ínsula, donde se gesta nuestra identidad: la idea de quién soy yo.

  • La amígdala, sede de las emociones.

  • La corteza cingulada, el puente entre lo inconsciente y lo consciente.

Es decir, el corazón no solo late: también informa, condiciona, participa.

La percepción no es neutra: es emocional

Según Castellanos, cuanto más responde el cerebro a los latidos del corazón, más pensamos desde nosotros mismos. Y eso es una pista reveladora: vemos el mundo según cómo somos, cómo nos sentimos, cómo está latiendo nuestro interior.

En experimentos recientes, se ha observado que:

  • Cuando el corazón está alterado, la percepción del entorno se vuelve más reactiva, defensiva o distorsionada.

  • En estados de coherencia emocional (por ejemplo, meditación), el cerebro reduce su respuesta al corazón, y la percepción se vuelve más abierta, menos centrada en el ego.

El cuerpo entero piensa

Ya no es sostenible la imagen clásica del cerebro como único órgano pensante. Hoy sabemos que la mente está distribuida: intestino, pulmones, músculos, piel y, especialmente, el corazón participan activamente en la construcción de la experiencia.

“La postura, la respiración o el ritmo cardíaco modifican lo que percibimos, recordamos o decidimos”, explica Castellanos.

En su laboratorio, ha medido incluso la sincronización de corazones entre personas: al bailar, al meditar juntos, al mirarse madre e hijo a los ojos. Nuestros cuerpos no están aislados: están en relación constante, incluso sin palabras.

Implicaciones: cultivar lo que sentimos para cambiar lo que vemos

Esta nueva ciencia, que Castellanos llama “interoceptiva”, no solo cambia la forma en que entendemos la mente. Cambia también nuestra responsabilidad:

“Si el corazón participa en lo que percibo, debo cuidar lo que cultivo en él”, dijo con fuerza.
«¿Qué semillas estoy plantando en mi corazón?», preguntó, recordando una frase de san Agustín.

La ciencia de hoy confirma lo que el saber tradicional ya intuía:
las emociones no son un añadido a la razón, sino su base.
La percepción no es objetiva, sino interpretada.
Y la clave de esa interpretación está en el estado interior del observador.

La ciencia —recordaba Castellanos— es un sistema que da datos, pero luego tiene que callar. Lo que hacemos con esos datos, cómo los integramos en una vida más consciente, más humana, es tarea del pensamiento, del arte, de la espiritualidad.

Y ahí, la frase que abre este artículo recupera su vigencia, ya no como metáfora, sino como verdad científica: No vemos el mundo como es sino como somos.