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La muralla de Marchena y su integración en el caserío: de fortificación medieval a soporte urbano

La muralla medieval de Marchena no puede entenderse únicamente como una obra defensiva. Su historia posterior muestra un proceso lento de transformación en el que el recinto fortificado fue perdiendo su función militar y quedó progresivamente incorporado al crecimiento de la ciudad. Casas, construcciones auxiliares, calles y parcelas terminaron adosándose a sus lienzos o aprovechando algunos de sus espacios.

A ese proceso hay que añadir una cuestión menos estudiada: la diferencia de cota existente en diversos puntos entre los terrenos situados a ambos lados de la muralla: el suelo en el barrio de San Juan está mucho más alto, por ejemplo, que la Plaza de la Constitución. La arqueología ha demostrado que esta relación con el relieve estaba presente desde la propia construcción medieval, aunque las cotas actuales son también resultado de siglos de rellenos, excavaciones y modificaciones urbanas.

Siglo XIII: una muralla adaptada al relieve

Tania Bellido Márquez sitúa la construcción del sistema defensivo de Marchena en época tardoalmohade, durante el primer cuarto del siglo XIII. El recinto principal rodeaba la medina, correspondiente aproximadamente al actual barrio de San Juan, mientras que la Alcazaba ocupaba la zona elevada de La Mota.

Las excavaciones realizadas en el sector nororiental de la Alcazaba son especialmente relevantes para comprender la relación entre muralla y topografía.

Bellido señala que los constructores aprovecharon expresamente el desnivel del cerro de La Mota. En la parte superior levantaron la muralla y, en una posición inferior, una estructura ataludada que inicialmente servía como refuerzo o contrafuerte y que posteriormente adquirió función de antemuro o barbacana. Entre ambas estructuras se fueron colocando rellenos de tierra separados por tongadas de cal hasta conformar la liza, documentada a una cota de 133,48 metros sobre el nivel del mar.

Está arqueológicamente demostrado que, al menos en el recinto de la Alcazaba, la construcción defensiva aprovechó la pendiente y modificó deliberadamente el perfil del terreno mediante estructuras de refuerzo y rellenos.

Por tanto, la diferencia actual de niveles entre determinadas zonas interiores y exteriores del recinto tiene un antecedente medieval, aunque no todo el desnivel que vemos hoy tiene necesariamente ese origen.

Siglos XIV-XVI: reparaciones y modificaciones del sistema defensivo

La muralla continuó siendo una infraestructura militar durante la Baja Edad Media. Después de las destrucciones sufridas en el siglo XIV, se acometió una importante reconstrucción hacia 1430 bajo Pedro Ponce de León, con autorización pontificia de Martín V. Bellido atribuye a esta fase la rehabilitación de lienzos deteriorados, la construcción de torres semicirculares y la configuración de la actual Puerta de Sevilla o Arco de la Rosa.

Durante el siglo XVI siguieron produciéndose intervenciones. En el sector nororiental de la Alcazaba se documentaron contrafuertes de mampostería destinados a reforzar zonas debilitadas. La excavación identificó allí un nivel de ocupación moderno situado a 134,68 metros sobre el nivel del mar. Sobre estas estructuras se habían acumulado posteriormente importantes rellenos, algunos de los cuales llegaron prácticamente hasta la altura conservada del lienzo.

Este fenómeno resulta importante para cualquier estudio actual de cotas. El terreno que hoy encontramos junto a la muralla es el resultado de varias fases históricas, no de una única topografía original.

El siglo XVII: la muralla todavía conserva su función pública

El trabajo de Juan Antonio Arenillas sobre el urbanismo marchenero del siglo XVII muestra que el Ayuntamiento realizaba reparaciones periódicas de puertas, torres y lienzos. En 1655, por ejemplo, el arco de la Puerta de la Carne presentaba riesgo de desplome y fue reconstruido, junto con parte del lienzo de muralla, por un importe de 544 reales y tres maravedíes. En abril de 1657 se ordenó también reparar la denominada «murada que sale a la calle nueva» o calle Carreras. Entre 1674 y 1677 volvieron a realizarse obras en torres y murallas. Arenillas remite para estos trabajos a los Libros de Actas Capitulares del Archivo Histórico Municipal de Marchena.

La Puerta de la carne comunicaba el recinto de las carnicerías y al abastecimiento de carne situada en el entorno de la antigua Plaza Vieja o Plaza de Abajo, actual plaza de la Constitución, junto a la antigua calle de la Carnicería Vieja y muy cerca del trazado de la muralla. Esta zona concentraba durante los siglos XV y XVI el mercado público, las carnicerías y probablemente el matadero.

Todavía en 1648 y 1649 la muralla podía utilizarse para controlar los accesos durante las epidemias. El Cabildo ordenó cerrar determinadas puertas y postigos y mantener únicamente algunos accesos para el tráfico de vecinos. En 1649 se construyó además un pequeño «tejado y abrigo» junto a la Puerta de las Carnicerías, adosada a la Puerta de Sevilla, para las personas encargadas de vigilar el acceso.

Primeras décadas del siglo XIX: comienza una ocupación urbana claramente documentada

El cambio resulta mucho más evidente a partir del siglo XIX. José Alcaide Villalobos documenta para 1817 un aumento de solicitudes de permisos para construir en los «arquillos del Arco de la Rosa». Ese mismo año Rafael Gómez, alguacil ordinario y portero del Ayuntamiento, ocupaba el torreón de la Puerta Real o de Osuna porque no podía costear el alquiler de una vivienda.

Estamos ya ante una transformación funcional clara: estructuras concebidas originalmente para la defensa empiezan a incorporarse al uso residencial.

El caso más significativo aparece en 1818. El Ayuntamiento concedió a Antonio García Pergañeda una rinconera situada en los arquillos del Arco de la Rosa. Según Alcaide, los síndicos municipales consideraban que «construir sobre aquella muralla mejorará el aspecto de la población», además de proporcionar ingresos al caudal públicoYa entonces la construcción sobre la muralla estaba autorizada por el propio Ayuntamiento.

1820: el adosamiento ya aparece como una práctica continuada

En 1820 Alcaide señala que «se continúa cediendo parcelas urbanas próximas o adosadas al recinto amurallado para que puedan construirse». Las cesiones afectaban principalmente a los arquillos del Arco de la Rosa y a las garitas próximas a la Puerta Real o de Osuna. No estamos ante una actuación aislada, sino ante un proceso habitual.

Las construcciones se consideraban una forma de evitar el deterioro de aquellos espacios, mejorar su aspecto y aumentar la concurrencia en zonas poco transitadas. La muralla estaba dejando de percibirse exclusivamente como fortificación para convertirse en parte del suelo urbano disponible.

1828: viviendas expresamente adosadas a la muralla

La documentación de 1828 confirma que José Cantero solicitó permiso para adosar una vivienda en los Arquillos de la Rosa. Francisco Díaz pidió construir en una rinconada formada por la «muralla redonda» de la Plaza de los Hortelanos. Antonio García Pargañeda recibió cuatro varas en los Arquillos de la Rosa con obligación de edificar en quince días. Pedro del Campillo solicitó intervenir sobre un «terraplén intermedio entre las murallas».

El siglo XIX transforma definitivamente la relación entre muralla y ciudad

El proceso de ocupación fue acompañado por otro fenómeno: la demolición de los tramos que dificultaban la circulación y la expansión urbana.

Bellido señala que durante el siglo XIX se produjeron importantes destrucciones: desapareció buena parte de la Puerta de Osuna, se abrió la calle San Francisco cortando el recinto, la apertura de la calle Zurbarán afectó al lienzo que comunicaba el recinto principal con la Alcazaba y también desapareció lo poco que quedaba de la Puerta de Écija que ya habia sido demolida junto a la barriada del mismo nombre en 1650 por orden del virrey de Napoles.

 Mientras unos sectores eran demolidos por considerarse obstáculos para el desarrollo urbano, otros quedaban incorporados a las nuevas construcciones.

Precisamente esa incorporación parece haber contribuido a la conservación de algunos tramos. Bellido considera que buena parte del recinto ha sobrevivido porque quedó integrado en el urbanismo posterior.

Una cuestión pendiente: medir las diferencias de cota

El estudio arqueológico de Bellido confirma que la topografía desempeñó un papel importante desde la construcción inicial de la fortificación. También demuestra la existencia de rellenos, niveles de ocupación y modificaciones posteriores. Sin embargo, no existe en los trabajos consultados una medición sistemática de la diferencia de cota entre ambos lados de todo el recinto amurallado. Ese sería un campo de investigación especialmente útil.

Durante el siglo XIX se documenta un proceso de ocupación de terrenos próximos y adosados a la muralla de Marchena. En determinados sectores el recinto defensivo terminó integrado físicamente en las construcciones posteriores. El aprovechamiento del lienzo como cerramiento o elemento estructural es plausible y está documentado arqueológicamente en fases posteriores, pero debe comprobarse edificio por edificio antes de generalizarlo al conjunto del caserío decimonónico.

Un proceso urbano de larga duración

Los datos disponibles permiten proponer una evolución bastante clara.

La muralla nació en el siglo XIII adaptada a la orografía de La Mota. Durante los siglos XIV al XVII fue reparada y conservó funciones defensivas y de control de accesos. A comienzos del XIX aparecen ya documentadas ocupaciones y construcciones junto a sus lienzos y torreones. Entre 1817 y 1828 el Ayuntamiento autorizó expresamente varias actuaciones en terrenos próximos, adosados o incluso situados «sobre» la muralla. Durante el resto del XIX algunos tramos fueron demolidos para abrir calles, mientras otros quedaron absorbidos por las viviendas.

Saber más

Las dos referencias académicas fundamentales para esta cuestión son Tania Bellido Márquez, “La muralla medieval de Marchena. Análisis arqueológico”, Romula, 7, 2008, pp. 299-330, que aporta la secuencia arqueológica y el análisis topográfico del sector de La Mota, y Juan Antonio Arenillas, “Aproximación al estudio de la arquitectura y urbanismo del siglo XVII en Marchena”, que utiliza documentación de las Actas Capitulares del Archivo Histórico Municipal para reconstruir las obras y reparaciones de la muralla durante el Seiscientos.

Para las primeras décadas del XIX resulta esencial José Alcaide Villalobos, Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo, especialmente las noticias de 1817, 1818, 1820 y 1828 relativas a solares, arquillos, torreones y viviendas adosadas.