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Cuando el olor se convirtió en un arma contra la homosexualidad: de la Sevilla del siglo XVI a la psiquiatría franquista

En la Sevilla de finales del siglo XVI, el jesuita Pedro de León dejó escrita una observación que hoy resulta tan reveladora como inquietante. Al referirse a los hombres acusados de sodomía que frecuentaban la zona de la Huerta del Rey, aseguraba que «se huelen y entienden los pensamientos» y que podían reconocerse por su forma de hablar, andar y moverse. No estaba describiendo una realidad biológica. Estaba dejando constancia de una manera de mirar, clasificar y perseguir a quienes se apartaban de la norma sexual de su tiempo.

Ese pasaje sevillano es uno de los muchos documentos reunidos y analizados por Francisco Vázquez García, catedrático de Filosofía de la Universidad de Cádiz y especialista en historia de la sexualidad, en el estudio El hedor de los invertidos. Biopolíticas olfativas y disidencia sexual, publicado en junio de 2026 en el número 20 de Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos.

La investigación propone una historia poco habitual: seguir durante siglos el rastro del olor como instrumento de estigmatización. El objetivo no es demostrar que existiera un olor específico asociado a la homosexualidad, sino justamente lo contrario: explicar cómo distintas sociedades construyeron esa asociación y la utilizaron para separar a los considerados normales de quienes eran presentados como desviados, pecadores, enfermos o degenerados.

Del pecado a la pestilencia

Durante la Edad Media y buena parte de la Edad Moderna, el olor formaba parte de una concepción religiosa y médica del mundo muy diferente de la actual. La peste, la corrupción del aire, la descomposición de los cuerpos y el pecado podían integrarse dentro de un mismo sistema de significados. El estudio recuerda que la tradición jurídica y teológica llegó a vincular la sodomía con calamidades colectivas como el hambre, los terremotos o las epidemias.

Vázquez García rastrea esa asociación desde las constituciones promulgadas por el emperador Justiniano en el siglo VI hasta su presencia en la legislación castellana. Las Siete Partidas de Alfonso X y la Pragmática de los Reyes Católicos de 1497 se insertaron en una cultura jurídica en la que determinados comportamientos sexuales eran interpretados no solo como faltas individuales, sino como amenazas capaces de provocar el castigo divino sobre toda la comunidad.

Dentro de esa lógica, el hedor podía convertirse en una señal moral. Textos religiosos, predicaciones, crónicas y tratados fueron acumulando imágenes que relacionaban la sodomía con la suciedad, la putrefacción, el azufre, los excrementos o la enfermedad. La asociación no era inocente: permitía convertir la diferencia sexual en algo visible —o, en este caso, olfativamente reconocible— y justificar su persecución.

La Sevilla del XVI: “se huelen” y se reconocen

El documento más cercano a Andalucía aparece en el testimonio del jesuita Pedro de León, que conoció de primera mano la Sevilla de finales del Quinientos. Al hablar de los sodomitas que merodeaban por la Huerta del Rey durante la década de 1580, afirmaba que se reconocían unos a otros como si pudieran “olerse”. El olfato funcionaba aquí como metáfora de una supuesta capacidad para identificarse en público.

El interés del pasaje está en que permite entrar en la mentalidad de la Sevilla del Siglo de Oro. No nos habla de un dato fisiológico, sino de un prejuicio social profundamente incorporado. El gesto, la ropa, la voz, el modo de caminar o de relacionarse podían convertirse en señales sospechosas. El “olor” condensaba todas esas marcas y daba al prejuicio la apariencia de una evidencia inmediata: bastaba con estar cerca del otro para creer que se sabía quién era.

Vázquez García relaciona además esta estigmatización con otros grupos marginados. Prostitutas, extranjeros, pobres, minorías religiosas y raciales o personas consideradas desviadas fueron objeto en distintas épocas de discursos que los asociaban a la suciedad y al mal olor. El olfato, precisamente porque provoca reacciones físicas muy rápidas de atracción o rechazo, podía funcionar como una poderosa frontera social.

Cuando la medicina heredó el prejuicio

A partir del siglo XVIII, el marco comenzó a cambiar. La peste dejó de explicarse mediante la intervención del demonio y el castigo divino, mientras la higiene urbana, el alcantarillado, la desinfección, el baño y el jabón adquirían un peso creciente. Sin embargo, la desaparición del viejo lenguaje religioso no acabó con el estigma. En muchos casos, simplemente cambió de vocabulario.

Durante el siglo XIX, la medicina legal española comenzó a describir al llamado “pederasta” como un tipo humano reconocible. Tratados forenses de la época hablaban de maquillaje, perfumes intensos, determinadas formas de vestir y supuestos signos físicos o corporales. El olor dejó de ser principalmente una señal del pecado para convertirse en un presunto indicio clínico.

Hoy sabemos que aquellas descripciones estaban atravesadas por prejuicios y no constituían una ciencia neutral. Pero precisamente por eso son históricamente importantes. Muestran cómo la autoridad médica podía convertir estereotipos sociales en categorías aparentemente objetivas. El homosexual ya no era solo un pecador: podía ser presentado como un cuerpo anormal que debía ser inspeccionado, clasificado y explicado.

El cambio es fundamental. En la Edad Moderna, la persecución se justificaba por una amenaza al orden religioso y a la comunidad. En la sociedad liberal, la mirada se desplazó hacia la anatomía, la higiene, la sexualidad y la conducta individual. La medicina y la psiquiatría fueron ocupando espacios que antes pertenecían a teólogos, confesores y jueces.

De la anatomía a la idea de “degeneración”

Entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX apareció otro giro. Las teorías evolucionistas y sexológicas comenzaron a interpretar la homosexualidad como una detención del desarrollo o una supervivencia de estadios considerados primitivos. También el olfato quedó atrapado en ese esquema.

Autores como Wilhelm Fliess y posteriormente Sigmund Freud relacionaron el olfato con determinadas fases del desarrollo sexual. En España, médicos, criminólogos y divulgadores incorporaron estas ideas a una literatura que describía al homosexual mediante perfumes, preferencias olfativas, supuesta hipersensibilidad o afinidad con olores corporales fuertes. El artículo de Vázquez García muestra cómo ese lenguaje participó en una clasificación biológica de la población que separaba lo sano de lo anormal, lo civilizado de lo primitivo.

La investigación presta especial atención a la persistencia de estas teorías en España. Gregorio Marañón y otros autores de comienzos del siglo XX aparecen en este recorrido, pero el prejuicio no desapareció con la Guerra Civil. En 1959, el catedrático de Psiquiatría y Medicina Legal Valentín Pérez Argilés todavía reproducía explicaciones que vinculaban la homosexualidad con una supuesta “perversión olfativa”.

Un prejuicio que sobrevivió a sus propias teorías

La tesis final del estudio es quizá la más incómoda. Las teorías médicas y religiosas que durante siglos justificaron estas asociaciones han perdido legitimidad, pero ciertas imágenes sobreviven. El mal olor continúa apareciendo de manera ocasional como recurso para deshumanizar o degradar a grupos sociales.

Vázquez García abre su trabajo recordando dos episodios de 2019. En España, un argumentario político sobre la celebración del Orgullo en Madrid utilizó la expresión “hedor insalubre e insoportable” para describir el efecto de la fiesta sobre el centro de la ciudad. Ese mismo verano, un obispo ortodoxo de Chipre afirmó que las personas gays “apestan”. Para el investigador, estos ejemplos muestran que bajo lenguajes contemporáneos pueden reaparecer restos de formas muy antiguas de estigmatización.

La historia del olor es, por tanto, mucho más que una curiosidad. Permite comprender cómo se construye socialmente al diferente y cómo sensaciones aparentemente privadas —asco, repulsión, incomodidad— pueden transformarse en argumentos políticos, jurídicos o médicos. El olor no habla por sí solo. Son las sociedades las que deciden a quién atribuírselo, qué significado darle y qué consecuencias extraer de esa atribución.

Y ahí reside el valor del trabajo de Francisco Vázquez García: mostrar que incluso algo tan íntimo y difícil de fijar como un olor puede convertirse en una tecnología de poder. Desde la Sevilla de Pedro de León hasta la psiquiatría franquista, el estigma fue cambiando de lenguaje, pero mantuvo una misma función: señalar al otro, marcarlo y colocarlo fuera de la normalidad.


Fuente principal: Francisco Vázquez García, El hedor de los invertidos. Biopolíticas olfativas y disidencia sexual, Dorsal. Revista de Estudios Foucaultianos, nº 20, junio de 2026, pp. 11-54. DOI: 10.5281/zenodo.20591009.

José Antonio Suárez López

José Antonio Suárez López es Periodista y Comunicador Cultural | Conectando cultura y turismo a través de experiencias únicas. Periodiso de raices. Grado en Comunicación, Potgrado en difusión del Patrimonio, www.creacomunica.com.es mncomcomunicacion@gmail.com https://x.com/MarchenaSecreta

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