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Marchena vista por los viajeros: del embajador marroquí que encontró huellas de Al-Ándalus a Somerset Maugham

Mucho antes de que existieran las guías turísticas, Marchena ya era lugar de paso de embajadores, científicos, escritores, artistas y aventureros. Un marroquí encontró aquí en 1690 vecinos que decían descender de los musulmanes de España;

Richard Ford se fijó en las mujeres tapadas; el alemán Carl Justi durmió entre campesinos y quedó sorprendido por las casas de patio, y Somerset Maugham llegó a caballo después de perderse por la Campiña y contempló una ciudad blanca todavía rodeada de murallas. Sus relatos permiten mirar Marchena con los ojos de quienes llegaron desde fuera hace siglos.

El antiguo Camino Real y posteriormente las carreteras y el ferrocarril hicieron que viajeros procedentes de media Europa atravesaran una población que, para muchos de ellos, tenía algo que llamaba inmediatamente la atención: sus murallas, sus iglesias, sus casas organizadas alrededor de patios y una forma de vivir que consideraban distinta de la que habían dejado atrás.

El testimonio más sorprendente encontrado hasta ahora no procede, sin embargo, del Romanticismo del XIX sino de finales del XVII.

Un embajador marroquí llega a Marchena en 1690

Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Ghassani llegó a España en 1690 como embajador del sultán marroquí Muley Ismail ante Carlos II. Su misión tenía carácter diplomático, pero durante el recorrido fue escribiendo sus impresiones sobre las ciudades, paisajes y habitantes que encontraba. Tras pasar por Cádiz, Jerez y Utrera, llegó a Marchena.

El texto original, posteriormente traducido al francés por Henri Sauvaire en Voyage en Espagne d’un ambassadeur marocain (1690-1691), constituye una de las descripciones extranjeras más antiguas que conocemos de la localidad. Al-Ghassani añade un detalle extraordinario: afirma que algunos vecinos aseguraban proceder de los antiguos musulmanes de España.

La observación resulta especialmente interesante porque habían pasado más de dos siglos desde la conquista cristiana de la villa y ochenta años desde la expulsión general de los moriscos. Demuestra, sin embargo, que en la Marchena de 1690 existía todavía una memoria oral de ese origen, hasta el punto de que un embajador musulmán extranjero la recogió durante su paso por la localidad.

Al abandonar Marchena camino de Écija, al-Ghassani describe además un paisaje que cualquier marchenero reconocería todavía hoy. Habla de una enorme extensión de huertas y terrenos cultivados donde dominaba el olivo. Según su relato, durante unas ocho millas después de salir de Marchena el viajero encontraba olivares prácticamente de manera continua. Dentro de cada explotación existía una construcción destinada a guardar la aceituna y a alojar a quienes trabajaban en ella.

José Celestino Mutis pasó por Marchena en 1760

Décadas más tarde, en agosto de 1760, pasó por Marchena José Celestino Mutis, médico y naturalista gaditano que posteriormente alcanzaría fama internacional por dirigir la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.

Según su propio Diario de Observaciones, viajaba hacia Cádiz antes de embarcar hacia América y aprovechó su estancia en Marchena para visitar a su hermano Francisco Mutis, entonces vinculado al convento jesuita situado en la actual calle Compañía.

Marchena aparece así no sólo como lugar atravesado por viajeros, sino como pequeña escala dentro de uno de los viajes científicos más importantes de la Ilustración española.

Richard Ford encontró en Marchena a las mujeres “tapadas”

En el siglo XIX el viaje a Andalucía se convirtió casi en una obsesión para numerosos escritores y artistas europeos.  Uno de los viajeros más importantes fue el inglés Richard Ford, que recorrió Andalucía a comienzos de la década de 1830 y publicó en 1845 su célebre A Hand-Book for Travellers in Spain.

Ford dejó una observación especialmente interesante sobre Marchena.

Se fijó en la manera en que algunas mujeres se cubrían utilizando la mantilla de modo que apenas dejaban visible parte del rostro. El investigador Gregorio Garrido García, al estudiar la tradición de las mujeres “tapadas” o “cobijadas”, recoge precisamente que Ford había contemplado en Marchena y Tarifa mujeres que se cubrían dejando prácticamente sólo un ojo visible.

Para el viajero inglés aquello constituía una reminiscencia oriental y musulmana.

Esa interpretación debe manejarse con prudencia, porque cubrirse con manto y saya formó parte también de tradiciones femeninas presentes en diferentes zonas de la España cristiana. Pero el dato esencial permanece: en la primera mitad del siglo XIX la manera de vestir de algunas mujeres de Marchena era suficientemente singular como para llamar la atención de uno de los viajeros británicos más importantes de su tiempo.

Podemos imaginar aquellas calles todavía sin electricidad, atravesadas por caballerías y carros, y a las mujeres marcheneras caminando envueltas en mantos oscuros mientras un extranjero las observaba y tomaba notas para los lectores londinenses.

Cuando viajar a Marchena era una aventura

Llegar hasta aquí no resultaba sencillo.

Durante buena parte del XIX coexistieron caminos de herradura, aptos fundamentalmente para mulos y caballerías, con los denominados caminos de rueda por los que podían circular carruajes y diligencias. Desde Sevilla salían galeras hacia distintos puntos de la provincia, entre ellos Arahal y Marchena. El texto previo de Marchena Secreta recuerda incluso que los billetes para la galera de Marchena se adquirían en la Posada del Príncipe de Sevilla.

Las quejas sobre el estado de las comunicaciones eran constantes. Viajeros extranjeros describían carreteras deterioradas, averías en las monturas y el temor permanente al bandolerismo. Josephine de Brinckmann llegó a escribir en 1850 que, si fuera reina de España, castigaría severamente a los responsables de unas carreteras que consideraba abandonadas.

Parte de aquella red comenzó después a modernizarse. En 1852 ya se documentaban trabajos preparatorios de la carretera que debía comunicar Sevilla con Málaga y Granada y la instalación de dependencias para los presidiarios empleados en las obras en Osuna, Arahal, Paradas y Marchena.

El tren cambió la forma de llegar a Marchena

La auténtica revolución llegó con el ferrocarril.

La documentación del Archivo Histórico Ferroviario permite precisar una fecha que a menudo aparece erróneamente adelantada: la estación de Marchena abrió al tráfico el 8 de octubre de 1868, al ponerse en servicio el tramo entre el Empalme de Morón y Marchena. Los proyectos del edificio de viajeros, depósito de locomotoras y muelle de mercancías se conservan fechados entre 1865 y 1866.

La llegada del tren transformó radicalmente la relación de Marchena con el exterior.

Una población a la que durante siglos se había llegado después de largas jornadas en carruaje o a caballo podía ahora recibir viajeros europeos con una rapidez impensable pocas décadas antes. Y uno de ellos fue Carl Justi.

Carl Justi durmió entre campesinos en la Marchena de 1873

Justi no era un turista cualquiera. Se convertiría en uno de los grandes historiadores alemanes del arte español y en un reconocido especialista en Velázquez. Durante su viaje de 1872-1873 atravesó Marchena y posteriormente recogió sus impresiones en sus Spanische Reisebriefe. Su relato nos introduce directamente dentro de una casa marchenera.

Justi explica que en Marchena tuvo que conformarse con alojarse en una pensión entre gente del campo. Lo que encontró allí le llamó poderosamente la atención.

Las habitaciones estaban distribuidas alrededor de un pequeño patio y recibían luz y aire a través de ese espacio interior. En las plantas superiores aparecían galerías, abiertas o acristaladas, mientras que las ventanas hacia el exterior eran escasas. Al alemán aquella arquitectura le parecía simultáneamente árabe, romana y pompeyana.

Comprendió perfectamente su utilidad frente a los veranos andaluces, aunque descubrió también su inconveniente en enero: las habitaciones inferiores podían resultar húmedas y poco ventiladas.

En ese mismo texto dejó un curioso dato sobre las temperaturas. Le aseguraron que el verano anterior se habían registrado en Marchena temperaturas extremas, mientras que cuando él estuvo aquí, el 12 de enero, había helado por la mañana. Aquel mismo día, sin embargo, pudo disfrutar del sol de la tarde en la plaza bajo los naranjos.

Justi regresó posteriormente por Marchena y dejó una de las escenas más humanas de cuantos viajeros pasaron por la localidad.

Le sorprendía que, en las pequeñas poblaciones españolas, el propietario de la posada o algún miembro de la familia permaneciera delante del viajero mientras comía. Cuando el hombre que lo atendía en Marchena tuvo que ausentarse, envió a su hija de once años para que continuara acompañando al extranjero.

La niña lo observaba tan atentamente que Justi terminó preguntándole si lo miraba porque era muy feo.  La pequeña rompió a reír.

British novelist and playwright W Somerset Maugham (1874 – 1965) relaxes on a sofa. Original Publication: People Disc – HH0153 (Photo by Evening Standard/Getty Images)

Somerset Maugham llegó buscando emociones y acabó perdido

Probablemente el relato literario más completo sobre la llegada a Marchena sea el de William Somerset Maugham, que años después se convertiría en uno de los grandes escritores británicos del siglo XX.

Sus impresiones andaluzas aparecieron originalmente en 1905 bajo el título The Land of the Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia.

Maugham recorría Andalucía a caballo precisamente porque deseaba conocerla lentamente. En Écija preguntó cómo podía llegar hasta Marchena. Un vecino no terminaba de entender por qué aquel extranjero quería dar semejante rodeo cuando podía utilizar el tren.

Maugham respondió sencillamente que viajaba por placer, “en busca de emoción”.

La respuesta provocó la carcajada de su interlocutor.

La emoción apareció pronto.

El escritor se equivocó de camino y creyó que una población que veía en la distancia era Marchena. Cuando preguntó, descubrió que había llegado a Fuentes y que todavía tenía que continuar.

Cabalgó durante horas contra un viento violento atravesando una extensión inmensa de campos verdes. Hambriento y cansado, divisó finalmente una torre que sobresalía en el horizonte.

Poco después apareció Marchena.

La visión debió impresionarle: una población situada sobre una elevación, rodeada todavía por sus murallas, mientras el sol caía detrás del casco urbano.

Una Marchena completamente blanca

Maugham dejó después una descripción que tiene algo de fotografía.

Encontró una Marchena completamente blanca, silenciosa y prácticamente vacía por culpa del frío y del fuerte viento. Sólo de vez en cuando aparecía algún hombre envuelto hasta los ojos en su capa o una mujer con un mantón negro sobre la cabeza.

Se fijó también en unas estructuras de mimbre colocadas delante de algunas ventanas para dificultar la visión desde la calle hacia el interior de las casas. Como tantos viajeros románticos, interpretó aquella costumbre como supervivencia musulmana, una conclusión que hoy debe considerarse simplemente como la interpretación del escritor.

Pasó la noche en una habitación pequeña, sin ventanas y con un humilde colchón de paja.

Pero al amanecer todo cambió.

Cuando abandonó Marchena y miró hacia atrás, la encontró encantadora: levantada sobre la cresta verde de una colina, rodeada por sus antiguas fortificaciones y bañada por el sol de la mañana.

Pocas descripciones extranjeras han retratado con tanta sencillez la imagen que debió ofrecer Marchena antes de que buena parte de sus murallas y edificios históricos desaparecieran.

Aventureros a pie, periodistas y fotógrafos

A finales del siglo XIX viajar se había convertido además en una forma de aventura y espectáculo periodístico.

El material reunido por Marchena Secreta documenta cómo algunos jóvenes europeos emprendían recorridos internacionales caminando, financiándose mediante crónicas enviadas a periódicos y revistas. Edwin R. Louden, periodista inglés y fotógrafo aficionado, inició uno de aquellos viajes en la década de 1890 con una cámara Kodak y la intención de recorrer distintos continentes a pie.

En 1896 otros dos viajeros alemanes, citados por la prensa española como Guillermo Danneil y Arturo Fhielheim, recorrieron Andalucía dentro de una vuelta al mundo a pie vinculada a una apuesta.

Su itinerario los llevó desde Málaga y Granada hacia Antequera y después por Los Ojuelos, Marchena, Arahal, Alcalá y Sevilla, antes de dirigirse hacia Lisboa. Según las informaciones recopiladas entonces, recordaron especialmente el barro de los caminos, el bacalao, las legumbres y el gazpacho que encontraban en ventas y caseríos.

Una ciudad escrita por quienes pasaban

Por Marchena pasaron también soldados durante la Guerra de la Independencia, fotógrafos como Ludwik Tarszensky, conocido como Conde de Lipa, científicos, aristócratas y escritores. El material histórico reunido hasta ahora documenta incluso la presencia de Tarszensky y una temprana fotografía de la Virgen de la Soledad realizada en 1861.

José Antonio Suárez López

José Antonio Suárez López es Periodista y Comunicador Cultural | Conectando cultura y turismo a través de experiencias únicas. Periodiso de raices. Grado en Comunicación, Potgrado en difusión del Patrimonio, www.creacomunica.com.es mncomcomunicacion@gmail.com https://x.com/MarchenaSecreta

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