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Historia

Marchena vista por los viajeros: del embajador marroquí que encontró huellas de Al-Ándalus a Somerset Maugham

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Mucho antes de que existieran las guías turísticas, Marchena ya era lugar de paso de embajadores, científicos, escritores, artistas y aventureros. Un marroquí encontró aquí en 1690 vecinos que decían descender de los musulmanes de España;

Richard Ford se fijó en las mujeres tapadas; el alemán Carl Justi durmió entre campesinos y quedó sorprendido por las casas de patio, y Somerset Maugham llegó a caballo después de perderse por la Campiña y contempló una ciudad blanca todavía rodeada de murallas. Sus relatos permiten mirar Marchena con los ojos de quienes llegaron desde fuera hace siglos.

El antiguo Camino Real y posteriormente las carreteras y el ferrocarril hicieron que viajeros procedentes de media Europa atravesaran una población que, para muchos de ellos, tenía algo que llamaba inmediatamente la atención: sus murallas, sus iglesias, sus casas organizadas alrededor de patios y una forma de vivir que consideraban distinta de la que habían dejado atrás.

El testimonio más sorprendente encontrado hasta ahora no procede, sin embargo, del Romanticismo del XIX sino de finales del XVII.

Un embajador marroquí llega a Marchena en 1690

Muhammad ibn Abd al-Wahhab al-Ghassani llegó a España en 1690 como embajador del sultán marroquí Muley Ismail ante Carlos II. Su misión tenía carácter diplomático, pero durante el recorrido fue escribiendo sus impresiones sobre las ciudades, paisajes y habitantes que encontraba. Tras pasar por Cádiz, Jerez y Utrera, llegó a Marchena.

El texto original, posteriormente traducido al francés por Henri Sauvaire en Voyage en Espagne d’un ambassadeur marocain (1690-1691), constituye una de las descripciones extranjeras más antiguas que conocemos de la localidad. Al-Ghassani añade un detalle extraordinario: afirma que algunos vecinos aseguraban proceder de los antiguos musulmanes de España.

La observación resulta especialmente interesante porque habían pasado más de dos siglos desde la conquista cristiana de la villa y ochenta años desde la expulsión general de los moriscos. Demuestra, sin embargo, que en la Marchena de 1690 existía todavía una memoria oral de ese origen, hasta el punto de que un embajador musulmán extranjero la recogió durante su paso por la localidad.

Al abandonar Marchena camino de Écija, al-Ghassani describe además un paisaje que cualquier marchenero reconocería todavía hoy. Habla de una enorme extensión de huertas y terrenos cultivados donde dominaba el olivo. Según su relato, durante unas ocho millas después de salir de Marchena el viajero encontraba olivares prácticamente de manera continua. Dentro de cada explotación existía una construcción destinada a guardar la aceituna y a alojar a quienes trabajaban en ella.

José Celestino Mutis pasó por Marchena en 1760

Décadas más tarde, en agosto de 1760, pasó por Marchena José Celestino Mutis, médico y naturalista gaditano que posteriormente alcanzaría fama internacional por dirigir la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.

Según su propio Diario de Observaciones, viajaba hacia Cádiz antes de embarcar hacia América y aprovechó su estancia en Marchena para visitar a su hermano Francisco Mutis, entonces vinculado al convento jesuita situado en la actual calle Compañía.

Marchena aparece así no sólo como lugar atravesado por viajeros, sino como pequeña escala dentro de uno de los viajes científicos más importantes de la Ilustración española.

Richard Ford encontró en Marchena a las mujeres “tapadas”

En el siglo XIX el viaje a Andalucía se convirtió casi en una obsesión para numerosos escritores y artistas europeos.  Uno de los viajeros más importantes fue el inglés Richard Ford, que recorrió Andalucía a comienzos de la década de 1830 y publicó en 1845 su célebre A Hand-Book for Travellers in Spain.

Ford dejó una observación especialmente interesante sobre Marchena.

Se fijó en la manera en que algunas mujeres se cubrían utilizando la mantilla de modo que apenas dejaban visible parte del rostro. El investigador Gregorio Garrido García, al estudiar la tradición de las mujeres “tapadas” o “cobijadas”, recoge precisamente que Ford había contemplado en Marchena y Tarifa mujeres que se cubrían dejando prácticamente sólo un ojo visible.

Para el viajero inglés aquello constituía una reminiscencia oriental y musulmana.

Esa interpretación debe manejarse con prudencia, porque cubrirse con manto y saya formó parte también de tradiciones femeninas presentes en diferentes zonas de la España cristiana. Pero el dato esencial permanece: en la primera mitad del siglo XIX la manera de vestir de algunas mujeres de Marchena era suficientemente singular como para llamar la atención de uno de los viajeros británicos más importantes de su tiempo.

Podemos imaginar aquellas calles todavía sin electricidad, atravesadas por caballerías y carros, y a las mujeres marcheneras caminando envueltas en mantos oscuros mientras un extranjero las observaba y tomaba notas para los lectores londinenses.

Cuando viajar a Marchena era una aventura

Llegar hasta aquí no resultaba sencillo.

Durante buena parte del XIX coexistieron caminos de herradura, aptos fundamentalmente para mulos y caballerías, con los denominados caminos de rueda por los que podían circular carruajes y diligencias. Desde Sevilla salían galeras hacia distintos puntos de la provincia, entre ellos Arahal y Marchena. El texto previo de Marchena Secreta recuerda incluso que los billetes para la galera de Marchena se adquirían en la Posada del Príncipe de Sevilla.

Las quejas sobre el estado de las comunicaciones eran constantes. Viajeros extranjeros describían carreteras deterioradas, averías en las monturas y el temor permanente al bandolerismo. Josephine de Brinckmann llegó a escribir en 1850 que, si fuera reina de España, castigaría severamente a los responsables de unas carreteras que consideraba abandonadas.

Parte de aquella red comenzó después a modernizarse. En 1852 ya se documentaban trabajos preparatorios de la carretera que debía comunicar Sevilla con Málaga y Granada y la instalación de dependencias para los presidiarios empleados en las obras en Osuna, Arahal, Paradas y Marchena.

El tren cambió la forma de llegar a Marchena

La auténtica revolución llegó con el ferrocarril.

La documentación del Archivo Histórico Ferroviario permite precisar una fecha que a menudo aparece erróneamente adelantada: la estación de Marchena abrió al tráfico el 8 de octubre de 1868, al ponerse en servicio el tramo entre el Empalme de Morón y Marchena. Los proyectos del edificio de viajeros, depósito de locomotoras y muelle de mercancías se conservan fechados entre 1865 y 1866.

La llegada del tren transformó radicalmente la relación de Marchena con el exterior.

Una población a la que durante siglos se había llegado después de largas jornadas en carruaje o a caballo podía ahora recibir viajeros europeos con una rapidez impensable pocas décadas antes. Y uno de ellos fue Carl Justi.

Carl Justi durmió entre campesinos en la Marchena de 1873

Justi no era un turista cualquiera. Se convertiría en uno de los grandes historiadores alemanes del arte español y en un reconocido especialista en Velázquez. Durante su viaje de 1872-1873 atravesó Marchena y posteriormente recogió sus impresiones en sus Spanische Reisebriefe. Su relato nos introduce directamente dentro de una casa marchenera.

Justi explica que en Marchena tuvo que conformarse con alojarse en una pensión entre gente del campo. Lo que encontró allí le llamó poderosamente la atención.

Las habitaciones estaban distribuidas alrededor de un pequeño patio y recibían luz y aire a través de ese espacio interior. En las plantas superiores aparecían galerías, abiertas o acristaladas, mientras que las ventanas hacia el exterior eran escasas. Al alemán aquella arquitectura le parecía simultáneamente árabe, romana y pompeyana.

Comprendió perfectamente su utilidad frente a los veranos andaluces, aunque descubrió también su inconveniente en enero: las habitaciones inferiores podían resultar húmedas y poco ventiladas.

En ese mismo texto dejó un curioso dato sobre las temperaturas. Le aseguraron que el verano anterior se habían registrado en Marchena temperaturas extremas, mientras que cuando él estuvo aquí, el 12 de enero, había helado por la mañana. Aquel mismo día, sin embargo, pudo disfrutar del sol de la tarde en la plaza bajo los naranjos.

Justi regresó posteriormente por Marchena y dejó una de las escenas más humanas de cuantos viajeros pasaron por la localidad.

Le sorprendía que, en las pequeñas poblaciones españolas, el propietario de la posada o algún miembro de la familia permaneciera delante del viajero mientras comía. Cuando el hombre que lo atendía en Marchena tuvo que ausentarse, envió a su hija de once años para que continuara acompañando al extranjero.

La niña lo observaba tan atentamente que Justi terminó preguntándole si lo miraba porque era muy feo.  La pequeña rompió a reír.

British novelist and playwright W Somerset Maugham (1874 – 1965) relaxes on a sofa. Original Publication: People Disc – HH0153 (Photo by Evening Standard/Getty Images)

Somerset Maugham llegó buscando emociones y acabó perdido

Probablemente el relato literario más completo sobre la llegada a Marchena sea el de William Somerset Maugham, que años después se convertiría en uno de los grandes escritores británicos del siglo XX.

Sus impresiones andaluzas aparecieron originalmente en 1905 bajo el título The Land of the Blessed Virgin: Sketches and Impressions in Andalusia.

Maugham recorría Andalucía a caballo precisamente porque deseaba conocerla lentamente. En Écija preguntó cómo podía llegar hasta Marchena. Un vecino no terminaba de entender por qué aquel extranjero quería dar semejante rodeo cuando podía utilizar el tren.

Maugham respondió sencillamente que viajaba por placer, “en busca de emoción”.

La respuesta provocó la carcajada de su interlocutor.

La emoción apareció pronto.

El escritor se equivocó de camino y creyó que una población que veía en la distancia era Marchena. Cuando preguntó, descubrió que había llegado a Fuentes y que todavía tenía que continuar.

Cabalgó durante horas contra un viento violento atravesando una extensión inmensa de campos verdes. Hambriento y cansado, divisó finalmente una torre que sobresalía en el horizonte.

Poco después apareció Marchena.

La visión debió impresionarle: una población situada sobre una elevación, rodeada todavía por sus murallas, mientras el sol caía detrás del casco urbano.

Una Marchena completamente blanca

Maugham dejó después una descripción que tiene algo de fotografía.

Encontró una Marchena completamente blanca, silenciosa y prácticamente vacía por culpa del frío y del fuerte viento. Sólo de vez en cuando aparecía algún hombre envuelto hasta los ojos en su capa o una mujer con un mantón negro sobre la cabeza.

Se fijó también en unas estructuras de mimbre colocadas delante de algunas ventanas para dificultar la visión desde la calle hacia el interior de las casas. Como tantos viajeros románticos, interpretó aquella costumbre como supervivencia musulmana, una conclusión que hoy debe considerarse simplemente como la interpretación del escritor.

Pasó la noche en una habitación pequeña, sin ventanas y con un humilde colchón de paja.

Pero al amanecer todo cambió.

Cuando abandonó Marchena y miró hacia atrás, la encontró encantadora: levantada sobre la cresta verde de una colina, rodeada por sus antiguas fortificaciones y bañada por el sol de la mañana.

Pocas descripciones extranjeras han retratado con tanta sencillez la imagen que debió ofrecer Marchena antes de que buena parte de sus murallas y edificios históricos desaparecieran.

Aventureros a pie, periodistas y fotógrafos

A finales del siglo XIX viajar se había convertido además en una forma de aventura y espectáculo periodístico.

El material reunido por Marchena Secreta documenta cómo algunos jóvenes europeos emprendían recorridos internacionales caminando, financiándose mediante crónicas enviadas a periódicos y revistas. Edwin R. Louden, periodista inglés y fotógrafo aficionado, inició uno de aquellos viajes en la década de 1890 con una cámara Kodak y la intención de recorrer distintos continentes a pie.

En 1896 otros dos viajeros alemanes, citados por la prensa española como Guillermo Danneil y Arturo Fhielheim, recorrieron Andalucía dentro de una vuelta al mundo a pie vinculada a una apuesta.

Su itinerario los llevó desde Málaga y Granada hacia Antequera y después por Los Ojuelos, Marchena, Arahal, Alcalá y Sevilla, antes de dirigirse hacia Lisboa. Según las informaciones recopiladas entonces, recordaron especialmente el barro de los caminos, el bacalao, las legumbres y el gazpacho que encontraban en ventas y caseríos.

Una ciudad escrita por quienes pasaban

Por Marchena pasaron también soldados durante la Guerra de la Independencia, fotógrafos como Ludwik Tarszensky, conocido como Conde de Lipa, científicos, aristócratas y escritores. El material histórico reunido hasta ahora documenta incluso la presencia de Tarszensky y una temprana fotografía de la Virgen de la Soledad realizada en 1861.

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Actualidad

Los molinos medievales de Marchena en el Río Corbones ya existían en 1428

PARES conserva documentos de 1428, 1456 y 1490-1496 que permiten reconstruir una red de molinos medievales en Marchena, entre ellos el Molino de Vicos junto al antiguo Guadajoz, hoy Corbones.

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Los documentos medievales conservados en el Archivo Histórico de la Nobleza permiten reconstruir una parte poco conocida del paisaje de Marchena: la existencia de una red de molinos vinculada al río y a las grandes explotaciones agrícolas de la villa.

La referencia más antigua localizada hasta ahora está fechada el 29 de mayo de 1428. Se trata de una escritura de compraventa por la que Diego Ortiz vendió a Antonio Sánchez, serrador, un molino denominado “de Vicos”, situado en el río Guadajoz , hoy Corbones cerca de Marchena. El documento original, conservado en pergamino, tiene la signatura OSUNA,CP.74,D.10.

Ese Guadajoz que aparece en la documentación medieval es el antiguo nombre del actual río Corbones a su paso por Marchena. El dato permite situar el Molino de Vicos dentro del paisaje fluvial histórico de la localidad y demuestra que ya a comienzos del siglo XV existían instalaciones de molienda aprovechando o vinculadas al curso del río.

La documentación continúa pocas décadas después. En 1456 aparece un expediente relativo a “unos molinos y otras pertenencias” de María Jiménez, viuda de Antón Sánchez Ferrador. La pieza, conservada como OSUNA,C.169,D.40, confirma que no estamos ante un caso aislado: a mediados del siglo XV existían varios molinos integrados en patrimonios particulares de vecinos o familias vinculadas a Marchena.

A finales del mismo siglo vuelve a aparecer otro topónimo de enorme interés: Molino Nuevo. Entre 1490 y 1496 se documentan distintas escrituras de compraventa de las llamadas tierras del Molino Nuevo, en término de Marchena, conservadas bajo la signatura OSUNA,C.169,D.79-81.

El historiador Alfonso Franco Silva, que estudió esta documentación, explica que las tierras terminaron en manos de Beatriz Pacheco, viuda de Rodrigo Ponce de León, III conde de Arcos, tras ser adquiridas por 45.000 maravedíes a Fernando de Medina e Isabel González. El dato es especialmente valioso porque el documento permite conocer sus linderos: las tierras estaban relacionadas con las dehesas de Gamarra y Trojique y con el camino de Marchena a Fuentes.

La suma de estas referencias empieza a dibujar una geografía económica de la Marchena bajomedieval. No solo había cultivos y dehesas. Había también molinos, norias, caminos y explotaciones vinculadas al agua y a la transformación de productos agrícolas.

Otros estudios sobre la actividad agraria marchenera al final de la Edad Media señalan además la importancia de los molinos de aceite, algunos con más de una viga, en una economía en la que el olivar tenía un peso creciente. Esto obliga a distinguir entre los molinos hidráulicos relacionados con el río y los molinos aceiteros asociados a las explotaciones agrícolas.

Fuentes: Portal de Archivos Españoles (PARES), Archivo Histórico de la Nobleza, signaturas OSUNA,CP.74,D.10; OSUNA,C.169,D.40; OSUNA,C.169,D.79-81. Estudios de Alfonso Franco Silva sobre Marchena en la Baja Edad Media y de Mercedes Borrero Fernández sobre la actividad agraria marchenera.

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Actualidad

Del colegio jesuita al Real Colegio de Santa Isabel

Un plano conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite reconstruir la planta baja del antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena poco después de la expulsión de los jesuitas: aulas, claustro, bodegas, cocina, huerta, caballerizas e incluso una taberna separada del recinto.

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Un plano conservado en el Archivo Histórico de la Nobleza permite recorrer, casi habitación por habitación, el antiguo Colegio de la Encarnación de Marchena pocos años después de la expulsión de los jesuitas. El documento, trazado a tinta y aguada y firmado por fray Antonio Ramírez, no es una simple planta arquitectónica: es una radiografía de cómo funcionaba uno de los grandes complejos religiosos y educativos de la villa en el siglo XVIII.

. El propio registro lo integra en el fondo del Ducado de Arcos, dentro del Archivo de los Duques de Osuna. Ver ficha original en PARES.

Un edificio que aún conservaba la huella de los jesuitas

. La investigación de Manuel Antonio Ramos Suárez sobre el Colegio de la Encarnación identifica este plano con un encargo realizado en 1780, cuando el edificio estaba siendo reorganizado tras la marcha de la Compañía de Jesús.

Antiguo colegio jesuita de la Encarnación de Marchena, actual Santa Isabel

La imagen muestra una enorme huerta ocupando buena parte del recinto y, junto a ella, la planta del edificio. El acceso se hacía desde la calle Compañía a través de un pórtico o compás. Desde allí se llegaba a la llamada primera escuela, a la iglesia y al patio de las escuelas, desde el que se distribuían la segunda, tercera y cuarta escuela.

Uno de los detalles más llamativos aparece junto a esas dependencias docentes: una taberna con patio interior, con entrada propia desde un callejón de la calle Compañía y sin comunicación con el edificio. 

Claustro, rector, cocina, bodegas y caballerizas

El recorrido continúa hacia el interior del colegio. Desde el compás se accedía a la portería y al claustro principal. Alrededor de ese patio se distribuían los aposentos de la comunidad y las dependencias de gobierno. Cerca de la portería estaba el cuarto del procurador; en el lado opuesto se encontraba el aposento del rector, que comunicaba con un jardín de uso propio.

 Desde el claustro se pasaba a la sala de profundis y, desde allí, a la cocina y a las oficinas domésticas: refectorio, bodegas de tinajas, una bodeguilla pequeña, bodega de toneles, despensa, cuarto para los mozos de cocina y fregaderos. Más allá se abría la huerta, donde había dependencias para los trabajadores, caballerizas y una puerta de salida al campo. El inventario espacial llega incluso a mencionar un cuarto para recoger pájaros.

Tras la expulsión de los jesuitas de los dominios de Carlos III en 1767, sus bienes fueron reorganizados y reutilizados. El estudio sobre Santa Isabel recoge que en 1769 se fijaron nuevos destinos para muchos edificios de la Compañía y que el Cabildo de Marchena consideró el antiguo colegio adecuado para escuelas de primeras letras, clases de gramática y habitaciones para maestros.

La cronología documentada en esa misma investigación señala un paso decisivo en abril de 1779, cuando una Real Cédula entregó el edificio a las Educandas. En abril de 1780 se aprobaron las Constituciones del Real Colegio de Santa Isabel y al mes siguiente el templo pasó a funcionar como oratorio público. 

El origen del colegio se remonta al siglo XVI entre 1556 y 1588 por el II duque de Arcos, Luis Cristóbal Ponce de León, y a María de Toledo. 

Fuente documental exacta

Archivo Histórico de la Nobleza, fondo Ducado de Osuna, sección Señorío de Marchena. Signatura OSUNA,CP.18,D.2. Título: Plano del colegio, iglesia y huerta de los ex-jesuitas de Marchena (Sevilla) para su futura reforma. Autor: fray Antonio Ramírez. Tinta y aguada a color. Escala en varas castellanas. Digitalizado en PARES.

Para ampliar: PARES; Manuel Antonio Ramos Suárez, El Colegio de la Encarnación de Marchena; Turismo de la Provincia de Sevilla; Junta de Andalucía, delimitación del Conjunto Histórico de Marchena.

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Actualidad

Antonio Baena, el panadero de Marchena que murió a bordo del navío Matamoros en el siglo XVIII

Un expediente de 1767 conservado en el Archivo General de Indias rescata la historia de Antonio Baena, natural de Marchena y panadero del navío San Francisco de Paula, alias Matamoros, que murió a bordo dejando esposa y dos hijos.

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Recreación artística de un navío español del siglo XVIII, imagen de contexto para la historia de Antonio Baena; no representa de forma documentada al San Francisco de Paula alias Matamoros

Hay vidas que no entraron en los grandes libros de historia, pero quedaron atrapadas en un expediente. No fueron almirantes, virreyes ni comerciantes enriquecidos con el tráfico de Indias. Fueron hombres que trabajaron en las entrañas de los barcos, cruzaron océanos y, a veces, murieron lejos de casa. Uno de ellos se llamaba Antonio Baena. Era natural de Marchena y ejercía como panadero del navío San Francisco de Paula, conocido también por el inquietante alias de Matamoros.

Once hojas para devolver un nombre a la historia

La ficha de PARES es precisa. El documento lleva por título Bienes de difuntos: Antonio Baena, tiene la signatura CONTRATACION,5655,N.5 y pertenece al fondo de la Casa de la Contratación de las Indias. Son once hojas en tamaño folio y el expediente está digitalizado completamente.

En apenas unas líneas aparece reconstruida una familia. Antonio Baena era hijo de Sebastián Baena y de Isabel Tristana. Estaba casado con Ana Tristana. Tras su muerte quedaron como herederos su esposa y sus dos hijos, Juan Diego y María Gertrudis. El documento lo identifica expresamente como natural de Marchena y como panadero del navío San Francisco de Paula, alias Matamoros, y añade una frase escueta que abre toda la historia: “difunto a bordo”.

El hombre que hacía el pan en un navío de la Carrera de Indias

 Antonio Baena no aparece como capitán ni como maestre, sino como panadero del barco. Es una de esas profesiones que permiten mirar la navegación atlántica desde abajo, desde el trabajo cotidiano de quienes hacían posible la vida a bordo.

¿Qué barco era el Matamoros?

El nombre del buque también ha podido contrastarse en otras fuentes. El historiador Carlos Alberto González Sánchez, en su estudio La organización del tráfico comercial con las Indias en la Real Compañía de San Fernando de Sevilla, incluye entre los barcos de aquella compañía al San Francisco de Paula, “Matamoros”. Lo define como navío de fábrica genovesa y le atribuye un tonelaje de 531 5/8 toneladas. Según el mismo trabajo, era la única embarcación de fabricación extranjera entre las seis que llegó a poseer la compañía.

La documentación conservada al otro lado del Atlántico ayuda a seguir su rastro. El Archivo General de la Nación del Perú conserva una solicitud fechada entre el 27 y el 30 de septiembre de 1766 en la que Manuel Pascual de Herasso pedía autorización para remitir a Arequipa mercancías de Castilla que habían llegado desde Cádiz en el San Francisco de Paula, alias Matamoros. Entre aquellos efectos había mercancías destinadas a la priora del monasterio de Santa Rosa de Arequipa y marquetas de cera de Guayaquil.

Una década después, en 1777, los registros del Archivo General de Indias vuelven a mencionar un San Francisco de Paula, alias El Matamoros, entre las embarcaciones llegadas de Veracruz y San Juan de Ulúa. Figura entonces como maestre Manuel Antonio de Estayola. Es otra pieza del recorrido documental de un nombre de barco que aparece reiteradamente en los papeles de la navegación atlántica del siglo XVIII.

Una esposa y dos hijos esperando detrás del expediente

Pero el centro de esta historia no es el barco. Es la familia que queda escrita en el expediente. Ana Tristana, Juan Diego y María Gertrudis aparecen porque la muerte de Antonio Baena obligó a determinar quién tenía derecho a sus bienes. Esa enumeración administrativa permite, más de dos siglos y medio después, imaginar el reverso de tantos viajes a Indias: las familias que esperaban noticias y los patrimonios que tenían que regresar cuando el viajero no lo hacía.

Fuentes documentales

La fuente principal es el expediente Bienes de difuntos: Antonio Baena, Archivo General de Indias, Casa de la Contratación, signatura CONTRATACION,5655,N.5, fechado en 1767 y accesible en PARES: consultar ficha documental.

Para identificar y contextualizar el navío se ha utilizado el estudio de Carlos Alberto González Sánchez, La organización del tráfico comercial con las Indias en la Real Compañía de San Fernando de Sevilla, conservado en repositorios de la Universidad Internacional de Andalucía y de la Universidad de Sevilla; el Repositorio Histórico Digital del Archivo General de la Nación del Perú, colección Miscelánea Lima, unidad PE AGN 06.2-G4-CO-MI-14-971; y los registros de venida de Veracruz y San Juan de Ulúa de 1777 conservados en el Archivo General de Indias.

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Actualidad

Gilena vive este fin de semana su gran Odisea con 140 recreadores y un Caballo de Troya de seis metros

Castra Legionis convierte este fin de semana la Colección Museográfica de Gilena en un escenario de la Odisea: 140 recreadores de once países, un Caballo de Troya de 6,05 metros y un intenso programa hasta el domingo.

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Castra Legionis 2026 en Gilena, Festival Internacional de Historia Viva dedicado a la Odisea

Gilena vuelve a mirar este fin de semana hacia el Mediterráneo antiguo. La Colección Museográfica y el Arqueódromo Campo de Marte son escenario, del 4 al 6 de septiembre, de la novena edición de Castra Legionis, el Festival Internacional de Historia Viva que en 2026 ha elegido como hilo conductor “Odisea. Un relato mediterráneo”. Alrededor de 140 recreadores procedentes de once países participan en una edición que une historia, arqueología experimental, teatro y divulgación.

La cita, de carácter bienal, está organizada por el Ayuntamiento de Gilena a través de sus áreas de Cultura, Patrimonio, Turismo y Educación y convierte durante tres días este pequeño municipio de la Sierra Sur sevillana en un gran escenario dedicado a los relatos homéricos. La guerra de Troya, el regreso de Odiseo a Ítaca, Penélope, Circe, las sirenas o Polifemo salen de los libros para ocupar los distintos espacios del complejo museográfico.

Un Caballo de Troya de 6,05 metros como gran símbolo

La imagen más espectacular de esta edición es el Caballo de Troya de 6,05 metros de altura, construido para Castra Legionis por el equipo y el voluntariado vinculado a la Colección Museográfica. El proyecto partió de diseños y modelos realizados expresamente para el festival y se ha convertido en una pieza central de las recreaciones de este año.

La dificultad estaba en imaginar un objeto del que no existe un modelo arqueológico que pueda copiarse directamente. La construcción se ha apoyado en el estudio de las referencias del mundo griego geométrico y en representaciones antiguas de caballos, un trabajo que resume bien el espíritu de Castra Legionis: utilizar el espectáculo como puerta de entrada, pero sostenerlo sobre investigación histórica y arqueología experimental.

El festival reúne grupos especializados llegados de Grecia, Italia, Estados Unidos, Canadá y distintos países europeos, además de formaciones españolas. Entre ellos figura el grupo italiano Ruva Leu Leoni di Nemea, junto a colectivos dedicados a recrear diferentes aspectos de las sociedades del Mediterráneo antiguo.

La noche del sábado: el Caballo de Troya, música y sirenas

La tarde y la noche de este sábado 5 de septiembre concentran algunos de los momentos más esperados. A las 21:30 horas está prevista la recreación dedicada al Caballo de Troya en el Arqueódromo Campo de Marte. Después llegarán un simposio recreado, un funeral homérico ambientado en la Creta de la Edad del Hierro y, a las 23:45 horas, el concierto Épicas del cine histórico de la Agrupación Musical de Gilena. La jornada concluirá a las 00:30 horas con una recreación dedicada a las sirenas.

El domingo, regreso a Ítaca y clausura

Castra Legionis continuará el domingo 6 de septiembre. La programación recorrerá de nuevo distintos episodios del universo homérico: a las 10:15 llegará la recreación de Circe; a las 11:00, una escena sobre la piratería en el Egeo del siglo XI a. C.; y a las 12:30 se representará el regreso a Ítaca y el juicio del arco. A las 13:45 tendrá lugar una batalla con participación de los grupos recreadores y a las 14:30 está previsto El canto maldito, teatralización que servirá como acto de clausura.

Junto a las grandes recreaciones, el festival incorpora conferencias, música, propuestas infantiles y exposiciones. Entre ellas se encuentra Echoes. La imagen de antiguos guerreros, de la fotógrafa italiana Rachele Lori, especializada en el mundo de la recreación histórica.

Una forma distinta de divulgar la Antigüedad desde la Sierra Sur

Castra Legionis no plantea la Antigüedad como una sucesión de fechas detrás de una vitrina. Su propuesta consiste en devolver movimiento a los objetos, los relatos y las formas de vida del pasado. En el Arqueódromo se mezclan indumentaria reconstruida, armamento, rituales, música y narración para que el visitante pueda comprender cómo la arqueología y los textos clásicos permiten reconstruir una época de la que nos separan casi tres mil años.

La propia Colección Museográfica de Gilena señala que su Arqueódromo fue concebido precisamente para contextualizar actividades de recreación histórica y arqueología experimental. Castra Legionis es la expresión más ambiciosa de ese modelo y, en esta novena edición, convierte la Odisea en un relato que se puede recorrer físicamente desde Troya hasta Ítaca sin salir de la provincia de Sevilla.

Quienes quieran consultar todos los horarios pueden acceder al programa completo de Castra Legionis publicado por Marchena Secreta y a la agenda oficial de la Colección Museográfica de Gilena. La información sobre la dimensión internacional y la organización del festival puede consultarse también en Turismo de la Provincia de Sevilla.

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Historia

De Ceuta a Marchena: 30.000 reales, un médico militar y una historia olvidada

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En 1818 un oficial de la guarnición de Ceuta llegó hasta Marchena para reclamar ayuda económica destinada a sostener una plaza militar exhausta. Apenas dos años después, un cirujano formado en Ceuta era elegido médico titular de la villa. Los documentos municipales permiten reconstruir un pequeño puente histórico entre el Estrecho y la campiña sevillana.

En 1818 no había tren entre Sevilla y Marchena, ni carretera como hoy la entendemos, ni mucho menos una línea directa que uniera la campiña con Ceuta. Sin embargo, un día apareció ante las autoridades marcheneras un hombre que venía de aquella ciudad al otro lado del Estrecho. Se llamaba Josef Denis y no traía buenas noticias.

Era oficial relacionado con la administración de las tropas de Ceuta y llevaba consigo una orden de la Intendencia General de la Provincia. La misión que lo había conducido hasta Marchena se resumía en una cifra difícil de digerir para cualquier ayuntamiento de comienzos del siglo XIX: 30.000 reales.

La historia aparece recogida por José Alcaide Villalobos en Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo, obra editada por el Ayuntamiento de Marchena y construida a partir de la documentación histórica municipal. El capítulo dedicado a 1818 contiene incluso un apartado inequívoco: «La guarnición de Ceuta solicita ayuda económica».

Aquella petición convierte a Ceuta y Marchena en protagonistas de una misma escena histórica. Una plaza fortificada situada frente a Marruecos necesitaba dinero. Una villa agrícola de la campiña sevillana debía proporcionárselo. Y entre ambas viajaba un funcionario con una carta en la cartera.

«Grandes apuros» en Ceuta

El documento, tal como lo reproduce Alcaide, explica que las fuerzas militares y los empleados de Ceuta se encontraban en «tan grandes apuros y triste situación» que sus mandos habían enviado a los oficiales Josef Denis y Francisco Noguerol hasta la Intendencia de Sevilla para solicitar auxilio.

El problema era que la propia Tesorería del Ejército de Sevilla tampoco disponía de fondos suficientes.

La solución administrativa consistió en trasladar parte de aquella necesidad a los municipios. A Marchena le correspondieron esos 30.000 reales como contribución extraordinaria de guerra. El dinero debía ser entregado al comisionado Josef Denis para ayudar al sostenimiento de Ceuta.

La respuesta marchenera fue mucho menos épica y bastante más comprensible: el Ayuntamiento declaró que no podía pagar aquella cantidad.

No cuesta imaginar la escena. Denis atravesando caminos andaluces con una orden que hablaba de soldados, empleados, tesorerías vacías y urgencias militares; y, al final del viaje, los regidores de Marchena explicándole que por allí tampoco sobraban precisamente los reales.

No era una excusa improvisada.

Las investigaciones de Alcaide muestran una Marchena sometida durante aquellos años a continuas demandas fiscales, atrasos, suministros militares y contribuciones. En 1817, por ejemplo, al municipio todavía se le reclamaban 63.600 reales relacionados con el acopio de sal que se arrastraban desde 1810.

La Guerra de la Independencia había terminado en 1814, pero sus facturas seguían llegando.

¿Por qué era tan importante Ceuta?

La frase utilizada en la comunicación enviada a Marchena resulta reveladora: había que conseguir recursos para mantener «una plaza tan interesante al Rey nuestro Señor».

Durante siglos, Ceuta había sido fundamental para el control del Estrecho y para la política defensiva española en el norte de África. Los estudios históricos sobre sus fortificaciones destacan precisamente el enorme valor político y militar de aquella plaza, todavía más acusado después de que Gibraltar pasara a manos británicas a comienzos del siglo XVIII. El sostenimiento de Ceuta exigía tropas, fortificaciones, hospitales, suministros y una compleja administración militar.

La historiografía sobre la ciudad describe además el siglo XIX como el periodo durante el cual Ceuta fue transformándose lentamente de presidio y plaza fuerte cerrada en una ciudad cada vez más abierta, portuaria y mercantil. En 1818, sin embargo, aquella evolución apenas comenzaba: su condición militar seguía dominando la vida urbana.

Precisamente por eso resulta significativa la orden llegada a Marchena. Mantener Ceuta no era considerado un asunto exclusivamente ceutí. El coste de aquella frontera podía terminar repercutiendo sobre pueblos situados a cientos de kilómetros del Estrecho.

Y uno de ellos fue Marchena.

Ese mismo año Marchena también miraba hacia África

Hay otro detalle que da a 1818 un extraño aire de actualidad. Justo antes de relatar la petición económica de Ceuta, la documentación estudiada por Alcaide recoge la alarma provocada por una epidemia de peste en Tánger.

Llegaron comunicaciones a Marchena avisando de la expansión de la enfermedad por el norte de África. Se hablaba de Tánger y Fez y del peligro de contagio para Tarifa. La Junta de Sanidad Marchenera llegó a plantear medidas preventivas y patrullas de vigilancia.

Durante unos meses, por tanto, África dejó de ser algo lejano para los habitantes de una villa situada en plena campiña sevillana. Primero llegó una amenaza invisible desde Tánger: la enfermedad. Después apareció un funcionario procedente de Ceuta: la crisis económica de la guarnición. El Estrecho estaba bastante más cerca de Marchena de lo que sugieren los kilómetros del mapa.

Y después llegó Ramón Díaz

Pero existe una segunda conexión Ceuta-Marchena todavía más humana.

Dos años después de aquella petición de dinero, el Ayuntamiento marchenero necesitaba cubrir la plaza de médico-cirujano titular.

Había tres aspirantes. Uno de ellos se llamaba Ramón Díaz. Su solicitud tenía una particularidad: procedía de Ceuta. Según la documentación recopilada por Alcaide, Díaz ejercía como médico militar vinculado al Regimiento de Infantería de Irlanda, de guarnición en Ceuta, y trabajaba también en el hospital militar de la plaza y en el hospital de mujeres.

El 14 de junio de 1820, después de examinar los méritos de los candidatos, el cabildo de Marchena decidió nombrarlo cirujano titular de la villa. La conexión ya no consistía en una carta, una contribución o una necesidad militar. Ahora era una persona.

Un ceutí que echó raíces en Marchena

La biografía de Ramón Díaz puede reconstruirse con bastante mayor precisión gracias al estudio de Ramón Ramos Alfonso sobre la escritora Antonia Díaz, publicado dentro de las Jornadas sobre Historia de Marchena.

Ramón Díaz y Giráldez había nacido en Ceuta el 11 de abril de 1792. Se formó en el Real Colegio de Medicina y Cirugía de Cádiz y fue revalidado como cirujano en diciembre de 1815. Ese mismo estudio señala que fue nombrado cirujano del Segundo Batallón Fijo de Ceuta y que trabajó también en el Real Hospital de la ciudad.

Aquí encontramos una pequeña cuestión todavía abierta para la investigación: Alcaide lo vincula en 1820 al Regimiento de Irlanda, mientras Ramos documenta su anterior nombramiento en el Segundo Batallón Fijo de Ceuta. Las dos fuentes coinciden en lo esencial —su actividad médica y militar en Ceuta—, pero con los datos disponibles no conviene asegurar si se trató de destinos sucesivos sin consultar su expediente militar.

El dato resulta especialmente interesante porque el Archivo Histórico Nacional conserva documentación sobre los regimientos irlandeses al servicio de la Monarquía española. PARES recuerda que existieron tres grandes unidades de tradición irlandesa —Irlanda, Hibernia y Ultonia— y que el Regimiento de Irlanda estuvo activo hasta 1818, circunstancia que aconseja estudiar con detalle las fechas concretas del expediente de Díaz.

Ahí queda una pequeña puerta entreabierta para otro día de archivo.

De médico de Ceuta a médico de los marcheneros

Lo cierto es que Ramón Díaz terminó integrándose en la vida de Marchena. En 1821 se casó en la parroquia de San Sebastián con María de los Dolores Fernández Vázquez, natural de la localidad.

Y pocos años después nació una niña en la calle San Pedro que terminaría ocupando su propio espacio en la historia cultural andaluza. Era Antonia Díaz Fernández, nacida en Marchena el 31 de octubre de 1827, futura poeta y escritora del siglo XIX. La Real Academia de la Historia la incluye hoy en su repertorio biográfico y confirma que era hija de Ramón Díaz y Giráldez y María de los Dolores Fernández.

Así que uno de los vínculos más curiosos entre Ceuta y Marchena terminó escribiéndose, literalmente, en versos. Un cirujano ceutí llegó desde el mundo militar del Estrecho a la campiña sevillana, formó allí una familia y fue padre de una de las escritoras marcheneras más destacadas del XIX.

También dejó su huella en la salud pública

Ramón Díaz no fue únicamente un nombre en la nómina municipal.

Durante sus años en Marchena aparece interviniendo en problemas sanitarios de la localidad. En una crisis epidémica posterior fue encargado de coordinar el trabajo de los facultativos en el interior de la población.

Incluso encontramos su nombre relacionado con un asunto que puede parecer menor pero habla de la medicina del momento: las aguas medicinales de Marchena.

Una investigación académica de la Universidad de Sevilla recuerda que Pascual Madoz atribuyó a Ramón Díaz un análisis realizado en 1831 de las aguas de los antiguos baños marcheneros, consideradas entonces útiles para determinadas dolencias.

El médico llegado desde Ceuta terminó, por tanto, examinando hasta las aguas que brotaban del subsuelo de Marchena.

Saber más

La principal fuente marchenera es Marchena siglo XIX. Absolutismo versus Constitucionalismo, de José Alcaide Villalobos, editado por el Ayuntamiento de Marchena. La obra recoge la petición de 30.000 reales realizada en 1818 para la guarnición de Ceuta y el nombramiento posterior de Ramón Díaz. El autor documenta entre sus fuentes los Libros de Actas Capitulares del Archivo Municipal de Marchena, con la signatura 22 para 1815-1818 y la 23 para 1819-1825, además de registros de órdenes y correspondencia municipal.

Marchena siglo XIX: Absolutismo versus Constitucionalismo — Biblioteca Pública Municipal de Marchena

Para la biografía del médico ceutí resulta fundamental el trabajo de Ramón Ramos Alfonso, “Mujer y creatividad en la segunda mitad del siglo XIX. La poetisa Antonia Díaz”, publicado en las Jornadas sobre Historia de Marchena y conservado por la Biblioteca Pública Municipal.

Estudio de Ramón Ramos Alfonso sobre Antonia Díaz y la familia Díaz Giráldez

Para contextualizar el papel histórico de Ceuta como plaza fuerte puede consultarse el trabajo de Juan Aranda Doncel, publicado en Aldaba, revista académica del Centro Asociado de la UNED, sobre el sostenimiento de la plaza ceutí y su valor estratégico.

Finalmente, PARES, Portal de Archivos Españoles del Ministerio de Cultura, conserva información y documentación sobre los regimientos irlandeses que sirvieron en el Ejército español, una línea especialmente interesante para comprobar el expediente militar de Ramón Díaz.

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Actualidad

La gran alberca que dio vida al Palacio Ducal de Marchena sobrevive entre maleza, agua estancada y escombros

La gran alberca de El Parque, vinculada al sistema hidráulico del antiguo alcázar islámico y después a las huertas del Palacio Ducal, sobrevive hoy entre agua estancada, maleza y escombros.

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La investigación arqueológica relaciona este depósito con la infraestructura hidráulica del antiguo alcázar islámico. Tras abastecer durante siglos al recinto palaciego y sus huertas, perdió su función y quedó relegado a un rincón casi olvidado de El Parque.

A los pies de la antigua alcazaba de Marchena permanece una enorme alberca que todavía retiene el agua, aunque ya no alimenta jardines ni conduce su caudal hacia las dependencias de un palacio. En su superficie oscura se reflejan ahora árboles secos, muros descarnados y una vegetación que avanza sin orden. Entre las ramas caídas aparecen restos de obra y desperdicios. Es la imagen actual de una infraestructura histórica que, durante siglos, formó parte del sistema que hizo habitable uno de los conjuntos palaciegos más importantes de la Andalucía señorial.

 

Su historia debe entenderse dentro del recinto fortificado de la Mota, donde se levantó el alcázar de la Marchena andalusí y, después de la conquista cristiana, el castillo y Palacio Ducal de los Ponce de León.

La intervención arqueológica desarrollada en el Palacio Ducal en 2003 por los arqueólogos Rocío López Serena y Manuel Vera Reina localizó una ocupación continuada del lugar desde época almohade hasta la Edad Contemporánea. El estudio describe el alcázar musulmán como un espacio dotado de una importante infraestructura hidráulica, con dos grandes aljibes, posibles baños o depósitos, conducciones subterráneas y la gran alberca de El Parque, capaz de mantener una considerable reserva de agua.

Este dato permite relacionar la alberca con la organización hidráulica del alcázar islámico. No obstante, conviene mantener la precisión: la investigación publicada estudia el conjunto y su evolución, pero no ofrece una datación individual y definitiva de todos los revestimientos y recrecidos que hoy contemplamos. Una construcción utilizada durante tantos siglos tuvo necesariamente reparaciones, transformaciones y añadidos.

El agua que ascendía hasta la Mota

La ubicación del palacio, sobre la parte más elevada y mejor defendida de Marchena, convertía el abastecimiento de agua en una necesidad esencial. Aljibes, depósitos, canales y albercas no eran elementos decorativos: garantizaban el consumo cotidiano, el mantenimiento de los animales, el riego de los árboles y la supervivencia de las huertas.

Juan de Morales y Sastre dejó escrito en su Descripción topográfica de Marchena, redactada hacia 1826, que existía un pozo denominado de la Mina, elevado precisamente para poder dar salida a sus aguas hacia distintos puntos. La obra moderna que reproduce su información señala que esas aguas abastecían al antiguo colegio de la Compañía de Jesús, El Parque y el Palacio, y que desde 1775 también se llevaron al convento de Capuchinos. La referencia bibliográfica remite al manuscrito de Morales y Sastre conservado en la Biblioteca del Instituto de Historia del CSIC.

La antigua infraestructura hidráulica no perdió entonces su utilidad. El agua siguió siendo el corazón silencioso del recinto. La alberca almacenaba una reserva desde la que podía atenderse el espacio productivo situado en El Parque: una zona de huertas, árboles frutales y terrenos vinculados al abastecimiento del palacio.

Donde hoy vemos tierra seca, vegetación descontrolada y restos quemados debió existir un paisaje trabajado diariamente. El agua pasaba de un depósito a otro, recorría canales y regaba las parcelas. Hortelanos, criados y trabajadores cuidaban una tierra que era al mismo tiempo despensa, jardín y espacio de representación del poder ducal.

Una medición de El Parque realizada en 1777 por Ignacio de Rueda describe una finca de unas 26 fanegas y hace referencia a terrenos reservados para producir forraje destinado a “las mulas de la Mina”, desde donde se conducía el agua al Palacio Ducal por las rampas de la muralla de la barbacana. El documento también menciona arroyos en la parte alta del Parque. Además, se conservan restos de una muralla que rodeaba el recinto del parque y que protegía la fuente de agua. 

En El Parque se conserva además noticia de un pozo de noria, junto a la zona de Los Barreros. Testimonios contemporáneos señalan que mantiene agua incluso durante periodos secos, aunque esto último procede de observación y tradición oral y no de un estudio hidrogeológico publicado.

Del esplendor al desmantelamiento

La desaparición del Palacio Ducal no se produjo de una sola vez. Fue un proceso lento, especialmente intenso durante el siglo XIX y los primeros años del XX. La ausencia de la casa ducal, la pérdida de uso del edificio, las dificultades económicas y la venta o reutilización de sus materiales fueron descomponiendo el conjunto.

El depósito no desapareció físicamente, pero sí perdió su función. Sin huerta que regar y sin palacio que abastecer, quedó convertido en una enorme cavidad sin uso. La naturaleza empezó a ocupar sus bordes, los revestimientos se degradaron y el espacio fue alejándose de la vida cotidiana de Marchena.

Cuando los arqueólogos publicaron los resultados de la intervención de 2003 todavía destacaron que la gran alberca de El Parque había permanecido en pie. Más de dos décadas después, las fotografías tomadas el 27 de agosto de 2026 muestran que sigue existiendo, pero también revelan su preocupante estado: agua estancada, ramas, escombros, basura, pérdida de revestimientos, vegetación adherida a los paramentos y un entorno castigado por la falta de mantenimiento.

Un patrimonio que todavía puede recuperarse

La alberca es uno de los pocos elementos que permiten explicar de manera visible cómo funcionaba el territorio situado alrededor del desaparecido Palacio Ducal. Su interés no reside únicamente en su antigüedad, sino en la historia que conecta: la ingeniería hidráulica andalusí, el alcázar medieval, la transformación cristiana del recinto, las huertas ducales y la posterior desaparición del palacio.

Antes de plantear cualquier intervención sería necesario realizar un estudio arqueológico y constructivo específico que diferenciara sus distintas fases, documentara los revestimientos, investigara las entradas y salidas de agua y determinara qué partes pueden proceder del periodo andalusí y cuáles corresponden a reformas posteriores.

Limpiar no significa borrar sus huellas. Recuperar la alberca debería implicar documentarla, consolidar sus muros, retirar los residuos bajo control técnico, garantizar la seguridad y hacer comprensible su historia mediante un proyecto de interpretación patrimonial.

Marchena no conserva intacto su antiguo palacio, pero aún mantiene fragmentos capaces de devolverle una parte de su memoria. La gran alberca de El Parque es uno de ellos. Durante siglos guardó el agua que sostenía la vida al pie de la Mota. Hoy guarda otra cosa: el reflejo de un patrimonio que continúa esperando ser reconocido, estudiado y protegido.

Fuentes consultadas

Nota de rigor histórico: la adscripción de la alberca al sistema hidráulico del alcázar islámico se apoya en el estudio arqueológico publicado por la Junta de Andalucía. La datación exacta de todos los muros, revestimientos y reformas actualmente visibles requeriría una investigación arqueológica específica.

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