En la penumbra del convento de Santa Isabel de Marchena, la mirada serena de San Luis Rey de Francia dialoga con el espectador. No está solo: a su lado, el retrato de San Rodrigo de Córdoba, un imponente lienzo de La Anunciación y la escena de “La Sagrada Parentela” completan el conjunto. Cuatro cuadros firmados por Juan de Roelas, el pintor flamenco que revolucionó la pintura sevillana en los albores del Barroco, duermen aquí, casi en silencio, lejos del bullicio de los museos.
Roelas empezó a transformar la pintura sacra en algo más cercano, más humano, más nuestro.
Furon encargados a Juan de Roelas, tras la marcha a México del pintor Alonso Vázquez que ya habia pintado los cuadros del inferior del retablo, a quien se le encargó inicialmente el trabajo fechadas en torno a 1607 y encargadas por el Duque Luis Cristóbal Ponce de León.
El cuadro de San Luis rey de Francia sirve como homenaje al duque Luis Cristóbal Ponce de León o a su pariente, también llamado Luis, fallecido un 25 de agosto, festividad de San Luis. Se colocó en el cuerpo alto del retablo como recuerdo de los miembros fallecidos de la casa ducal. Ubicado simétricamente al otro lado del retablo, representa a San Rodrigo, encarnación del abuelo del III Duque de Arcos, también fallecido.
En uno de los altares laterales del templo de Santa Isabel de Marchena, la mirada se detiene en una escena de gran dulzura y simbolismo: San Joaquín y Santa Ana con la Virgen y el Niño. La pintura, atribuida a Juan de Roelas.
Olivares, la localidad sevillana donde Roelas murió en 1625, prepara un “Año Roelas” para conmemorar los 400 años de su fallecimiento. Pero Marchena también tiene mucho que decir. Pocas localidades pueden presumir de conservar, en un solo enclave, cuatro obras auténticas de este pionero del Barroco andaluz. Recuperar su figura desde la Campiña, poner en valor sus cuadros y abrirlos al público sería una forma no solo de reivindicar su genio, sino de reforzar el papel de Marchena como faro patrimonial de primer nivel.
De Flandes a Marchena: un arte que cruza fronteras
Juan de Roelas nació en torno a 1570, probablemente en Flandes, y su vida discurrió entre Valladolid, Olivares y Sevilla. Documentos notariales sitúan a Roelas y a su padre, también pintor, en Valladolid desde 1594, firmando encargos y tasaciones para la nobleza castellana. Su estilo, a medio camino entre la escuela veneciana y el alma popular andaluza, rompe con la rigidez de la pintura contrarreformista y abre las puertas a un naturalismo vibrante, lleno de luz, gestos cotidianos y emoción religiosa.
En 1603 aparece como capellán en la Colegiata de Olivares (Sevilla) y al año siguiente se instala como pintor en la capital hispalense, donde alcanzó un gran prestigio artístico. Compaginó su carrera sacerdotal con una intensa producción de grandes lienzos religiosos, destacándose por introducir un naturalismo vibrante, pincelada suelta y colorido cálido. Su obra acercaba lo divino al pueblo, mostrando a santos con rostros cotidianos y escenas llenas de emoción humana.
Entre sus obras más destacadas están los retablos para los jesuitas en Sevilla y Marchena (donde trabajó por encargo del Duque Luis Cristóbal Ponce de León), «El triunfo de San Gregorio», «Santiago en la batalla de Clavijo», «El tránsito de San Isidoro» o «El martirio de San Andrés», realizado para la comunidad flamenca sevillana.
En 1616 viajó a Madrid con la esperanza de ser nombrado pintor del rey, sin éxito. Sin ese reconocimiento, regresó desilusionado en 1621 a su capellanía en Olivares, donde murió en 1625. Sus últimas obras incluyen encargos para la iglesia de la Merced de Sanlúcar de Barrameda, al servicio del duque de Medina Sidonia.
Juan de Roelas pintaba a los santos con rostros de labriegos porque su estilo, profundamente naturalista y humanizado, rompía con la idealización rígida que predominaba en la pintura religiosa de su tiempo. Frente al modelo hierático y elevado de santos etéreos, Roelas optaba por dotarlos de carne, tierra y alma popular.
Influido por la pintura veneciana —en particular por Tintoretto y Jacopo Bassano—, Roelas introdujo en Andalucía una estética novedosa: representaba escenas sagradas impregnadas de humanidad cotidiana. Los santos de Roelas tienen arrugas, miradas cansadas, gestos campesinos. Sus manos son de quien ha trabajado el campo. ¿Por qué? Porque buscaba acercar lo divino al pueblo.
Era una elección estética, pero también teológica y social. En plena Contrarreforma, la Iglesia quería emocionar, conmover, tocar al creyente. Y Roelas, adelantado a su tiempo, comprendió que no hay nada más poderoso que ver lo celestial reflejado en el rostro de uno mismo. Si un labriego podía ser santo, entonces todos podíamos aspirar a la gracia. Así, lo divino se hizo carne en el sur, y la pintura se volvió espejo.
El vínculo marchenero
Marchena no solo conserva obra de Roelas: la respira. En Santa Isabel, los cuatro cuadros mencionados —»La Sagrada Parentela», «Dios Padre», «San Luis Rey de Francia» y «San Rodrigo de Córdoba»— son testigos vivos de una conexión que muchos historiadores han pasado por alto. Estas piezas no son copias ni obras de taller: llevan la impronta directa de un maestro en plenitud.
“La Sagrada Parentela”, por ejemplo, es un tema raro en la iconografía andaluza, y Roelas lo representa con una humanidad y cercanía que anticipa ya la ternura barroca de Murillo. El Dios Padre, con su gesto majestuoso y sereno, corona un lenguaje pictórico de profundo contenido teológico. Y los retratos de los santos reyes son ejercicios de dignidad contenida y fuerza interior, propios de quien conocía los secretos de la retratística cortesana.