La imagen de San Miguel Arcángel que conserva Marchena no es solo una excepcional obra barroca de Pedro Roldán. Documentos localizados y estudiados por Marchena Secreta permiten reconstruir alrededor de esta devoción una historia mucho más profunda: una antigua ermita rodeada de huertas, luchas entre clérigos, una hermandad ya activa en el siglo XVI, un pequeño hospital para pobres, una procesión hoy desaparecida y, finalmente, una de las primeras grandes esculturas documentadas del maestro sevillano.
Hay imágenes que necesitan pocas explicaciones para imponer su significado. San Miguel levanta el brazo armado mientras pisa al monstruo vencido. El oro de la coraza y de las alas se enfrenta a la oscuridad de la criatura que queda bajo sus pies. En la otra mano aparece el brillante atributo que hoy acompaña a la talla. La escena parece congelar un instante de una batalla que, según el relato del Apocalipsis, no sucede en la tierra sino en el cielo.
Es precisamente esa imagen de combate la que explica buena parte del poder simbólico de San Miguel. El capítulo 12 del Apocalipsis cuenta cómo “Miguel y sus ángeles” luchan contra el dragón, identificado en el propio texto con la antigua serpiente y el Diablo. La iconografía cristiana convirtió por ello al arcángel en un joven guerrero, normalmente armado y situado sobre el mal derrotado.
Uno de los hallazgos más reveladores realizados por Marchena Secreta retrocede más de un siglo antes de que Pedro Roldán tallara la imagen que conocemos actualmente.
Una carta fechada el 21 de enero de 1525, conservada en el fondo Osuna del Archivo Histórico Nacional y analizada por el filólogo e historiador Juan Gil a partir de documentación facilitada por Marchena Secreta, sitúa a San Miguel en un escenario radicalmente distinto al actual. Allí aparece una iglesia todavía modesta, una “casilla”, una huerta y unos terrenos que estaban convirtiéndose en foco de un durísimo enfrentamiento dentro del clero marchenero.
Marchena Secreta identifica la referencia documental como Archivo Histórico Nacional, Osuna, legajo 175, D.2. El protagonista era el sacerdote Francisco García. Según el análisis de Juan Gil, García estaba enfrentado a otros miembros del clero marchenero, incluido el vicario. El propio sacerdote describía el conflicto con tintes casi apocalípticos y denunciaba que sus adversarios intentaban expulsarlo de aquella pequeña instalación de San Miguel. La documentación habla expresamente de reuniones en la huerta de San Miguel y de las llaves de la iglesia.
El dato permite mirar de otra forma el actual barrio. A comienzos del XVI, San Miguel no era aún el gran espacio urbano que hoy reconocemos, sino uno de esos puntos religiosos alrededor de los cuales las poblaciones históricas iban extendiéndose fuera de su recinto amurallado.
Y ahí aparece una de las paradojas más sugerentes de esta historia: el arcángel que simboliza la lucha entre el bien y el mal presidía un lugar donde los propios hombres de Iglesia mantenían un enfrentamiento feroz entre sí.
Conviene, sin embargo, no confundir el símbolo con el hecho histórico. Las acusaciones que Francisco García lanzó contra sus enemigos, incluidas las relacionadas con su supuesta ascendencia conversa, pertenecen al discurso del propio sacerdote y deben entenderse dentro de los conflictos religiosos y sociales del siglo XVI, no como hechos demostrados.
La investigación de Marchena Secreta añadió después una pieza prácticamente desconocida de esta historia.
En el Archivo Parroquial de San Juan se conserva un documento denominado Del Hospital y Cofradía de San Miguel, fechado en 1550, localizado en el legajo 34, folio 3244. Según la documentación consultada, aquel año funcionaban conjuntamente una iglesia, una hermandad y un hospital bajo la advocación de San Miguel.
El documento recoge a Francisco Florindo, presbítero, actuando como mayordomo “del hospital e iglesia de San Miguel” y de sus hermanos. El 22 de abril de 1550 se constituyó un censo sobre un solar perteneciente a la institución, imponiéndose un tributo anual de 51 maravedíes.
No estamos hablando de un hospital en el sentido contemporáneo. Aquellas instituciones eran pequeños establecimientos asistenciales ligados con frecuencia a hermandades religiosas: acogían pobres, enfermos, ancianos o personas próximas a la muerte y ayudaban también en los enterramientos.
La documentación estudiada por Marchena Secreta sitúa aquel hospital entre la iglesia de San Miguel y un molino de viento. Un censo de 1563 vuelve a utilizar ese molino como referencia espacial.
La imagen resulta extraordinaria. En la Marchena del XVI habría que imaginar, en aquella zona todavía periférica, una pequeña iglesia, sus tierras, casas, viñas, una cofradía, pobres atendidos por un pequeño hospital y, no demasiado lejos, un molino de viento cuyo perfil terminaría formando parte del paisaje de la villa.
Es decir, San Miguel no fue únicamente una advocación religiosa: se convirtió en un núcleo de organización social del arrabal.
Aquí el simbolismo del arcángel y la documentación marchenera parecen encontrarse.
Desde la Edad Media, San Miguel no fue representado únicamente como guerrero. También aparece como psicopompo, acompañante y defensor de las almas en el tránsito hacia la otra vida. Por eso una de sus iconografías más conocidas muestra al arcángel sosteniendo una balanza en el Juicio Final.
Esa dimensión ayuda a comprender por qué numerosas instituciones asistenciales y funerarias estuvieron históricamente vinculadas a su advocación.
En Marchena la conexión adquiere además un eco especialmente sugerente. Los escritos atribuidos a la mística Sor María de la Antigua, estrechamente ligada a la historia religiosa local, contienen un episodio recogido por Marchena Secreta en el que unas almas son figuradas como corderos que se encaminan hacia la iglesia de San Miguel.
No debemos leer aquella visión como una crónica histórica literal, sino como literatura mística. Pero culturalmente resulta muy significativa: demuestra hasta qué punto San Miguel estaba asociado en el imaginario marchenero a la muerte, las almas y su destino.
Más de un siglo después de aquellos documentos, la devoción había alcanzado suficiente importancia como para encargar una imagen monumental a uno de los escultores que estaban renovando el barroco sevillano.
El profesor de la Universidad de Sevilla José Roda Peña localizó en el Archivo Histórico Provincial de Sevilla el contrato original firmado por Pedro Roldán el 2 de marzo de 1657. El estudio fue publicado en Laboratorio de Arte, revista del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Sevilla.
Roldán debía ejecutar un San Miguel de madera de cedro, de siete cuartas desde los pies a la cabeza, sin contar la peana, acompañado de un demonio, con alas, escudo y espada. El resultado final alcanza aproximadamente 172 centímetros al incorporar el conjunto completo. El demonio debía aparecer vencido a sus pies y adoptó la forma de un dragón con las fauces abiertas.
Es exactamente la composición esencial que vemos en la imagen.
El oro no es un simple elemento decorativo. La brillante coraza convierte a Miguel en soldado celestial; las alas revelan su naturaleza angélica; la espada representa la batalla; y el monstruo bajo sus pies visualiza literalmente la derrota del mal relatada por el Apocalipsis. La pregunta que encierra su propio nombre —Miguel procede del hebreo y tradicionalmente se interpreta como “¿Quién como Dios?”— funciona casi como la respuesta del arcángel frente a la soberbia del adversario.
Quizá el dato más evocador recuperado por Roda Peña sea otro.
La imagen no fue concebida exclusivamente para permanecer sobre un altar. Pedro Roldán se comprometió a realizar también las andas, sus tornillos y todo lo necesario para colocar la escultura sobre ellas. El contrato incluía incluso una caja de madera de pino para trasladarla desde Sevilla hasta Marchena.
Es decir, San Miguel salía en procesión por Marchena.
Eso transforma nuestra percepción de la talla. El movimiento de la capa, el gesto elevado del brazo, el demonio retorciéndose y las alas abiertas no fueron creados solo para ser contemplados inmóviles en la penumbra de una iglesia. También estaban destinados a entrar en contacto con la calle, la luz y la multitud.
El escultor se obligó a entregar la obra completamente terminada —tallada, dorada, estofada y encarnada— para el 8 de mayo de 1657, y recibió por ella 2.000 reales de vellón.
La fecha tampoco carece de interés. El 8 de mayo fue durante siglos la festividad de la Aparición de San Miguel, ligada a la tradición del santuario del Monte Gargano. Investigaciones publicadas por Marchena Secreta documentan que esa celebración también tuvo presencia en la localidad y que en 1723 aparecen indulgencias vinculadas a la iglesia marchenera bajo el título de la Aparición de San Miguel Arcángel.
La investigación reciente permite incluso corregir lo que nuestros ojos creen ver.
El contrato exigía espada y escudo, pero los atributos metálicos que hoy acompañan a la talla no son los originales del siglo XVII.
Roda Peña recoge las investigaciones de Manuel Antonio Ramos Suárez: la espada actual presenta el punzón del contraste cordobés Diego de la Vega y está fechada en 1816, mientras que la pieza circular que ejerce la función de escudo es en realidad un medallón de pertiguero del siglo XVIII reutilizado posteriormente.
Es un detalle extraordinario porque convierte a la propia escultura en un pequeño archivo de tres siglos distintos: el cuerpo barroco de Roldán, un elemento del XVIII y una espada del XIX.
La imagen no ha llegado intacta desde 1657. Ha vivido.
Si unimos todos esos documentos, aparece una historia que va mucho más allá de una escultura.
Primero hubo un paisaje periférico. Después una ermita y un huerto. En 1525 ya encontramos allí tensiones religiosas y sociales; posteriormente aparecen una hermandad y un pequeño hospital; las propiedades de la institución se extienden por el entorno; el barrio crece; y en 1657 llega una imagen monumental concebida incluso para procesionar.
San Miguel termina dando nombre no solo a una iglesia sino a una parte reconocible de Marchena.
Esa evolución explica quizá mejor que ninguna otra cosa la fuerza que conserva el arcángel en la memoria local. San Miguel es el guerrero que vence al dragón, pero en Marchena fue además el nombre alrededor del que se organizaron culto, asistencia social, territorio, hermandad y vecindad.
Y por eso la fotografía que encabeza este reportaje puede leerse de una manera distinta.
No estamos viendo únicamente un joven celestial vestido de oro que aplasta al demonio. Estamos viendo la imagen que acabó representando un espacio de Marchena cuyo origen documental conduce hasta una pequeña ermita extramuros, un huerto conflictivo, un hospital para necesitados y una hermandad olvidada.
Bajo el oro de Pedro Roldán hay, en realidad, cinco siglos de historia marchenera.
Investigación propia de Marchena Secreta sobre documentación del Archivo Parroquial de San Juan y la carta de 1525 estudiada por Juan Gil; José Roda Peña, “El contrato de Pedro Roldán para la realización de la escultura del San Miguel de Marchena”, Laboratorio de Arte, nº 36, Universidad de Sevilla, 2024; Archivo Histórico Provincial de Sevilla, Protocolos Notariales, leg. 12949, f. 524r-v; Biblia, Apocalipsis 12, 7-9.
Más información en Marchena Secreta:
Pie de foto: San Miguel Arcángel de Marchena, obra de Pedro Roldán contratada en 1657. La composición presenta al arcángel armado y vencedor sobre el dragón. Imagen tratada digitalmente a partir de la fotografía original para mejorar su lectura visual.
José Antonio Suárez López es Periodista y Comunicador Cultural | Conectando cultura y turismo a través de experiencias únicas. Periodiso de raices. Grado en Comunicación, Potgrado en difusión del Patrimonio, www.creacomunica.com.es mncomcomunicacion@gmail.com https://x.com/MarchenaSecreta
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